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Ciudad de México Año IV Número XXXVII Noviembre 2015

 

Centenario de “La Metamorfosis” de Kafka
Luciano Pérez

Llega un momento en la vida en que, cuando amanece, resulta que estamos convertidos en un insecto. De un día para otro nuestra vida cambió, y nadie nos reconoce nunca más, ni los que nos quieren ni los que no. Un insecto es abominable en todas partes, lo mismo da si es un padre el que nos ve con disgusto, arrepentido de habernos procreado, o si se trata de un jefe que se ha dado cuenta que hizo bien en despedirnos, de puro asco que tuvo al observarnos. El insecto que somos deja de pertenecer a la vida común y corriente, así que para uno aferrarse a ésta ya no tiene sentido pues sólo se causa repulsión.

Quienes hemos sufrido, como le ocurrió a Gregorio Samsa, esta metamorfosis tan inesperada como inmerecida, no podemos por menos que sentir admiración hacia el hombre que, hace cien años, publicó un relato cuya conclusión es dolorosa y directa: nuestro porvenir consiste en ser aborrecidos, rechazados y objeto de horror. Ese cuento largo, “Die Verwandlung” o “La metamorfosis”, fue escrito por Franz Kafka en 1912 y publicado en la editorial de Kurt Wolff en Leipzig, Alemania, en noviembre de 1915 (la portada da como año 1916, por ser el de su distribución). Nadie en ese momento se enteró de que acababa de aparecer una lectura fundamental para todos cuantos nos hemos reconocido en ese devastador cuadro de la vida real.

El autor supo pues entender que, él mismo, había llegado a ser insecto, condición de la cual no había escapatoria posible. Por eso todo cuanto Kafka escribió, en su mayor parte fragmentario, constituye una parábola y a la vez una paradoja. Como las de Jesús, las parábolas kafkianas dicen más de lo que pretenden decir; pero a diferencia de las de aquél, ello es porque son en realidad paradojas, pues lo dicho se anula a sí mismo, dado que lo que se quiso decir suena inverosímil de tan inesperado. Así, convertirnos en insecto como Samsa es una parábola de lo que hemos llegado a ser; pero lo cierto es que se trata más bien de la paradoja de que insecto es lo que siempre hemos sido, y es más, es la paradoja de lo que no había otra alternativa que ser.

Ha habido en la literatura universal otros dos libros con el título de “Metamorfosis”, ya muy alejados en el tiempo pero no por ello menos cercanos a nuestra sensibilidad. El primero, obra del poeta romano Ovidio, es un intenso e inmenso catálogo en verso de los personajes tan amados de la mitología griega, con todos sus amores y sufrimientos, transformaciones y deificaciones, que se convirtió en nuestro libro de cabecera, que constantemente consultamos y anotamos para enriquecernos más. El otro, también escrito en latín pero en prosa, obra del norafricano Apuleyo, en lo que quizá fue la primera novela que se escribió, va más a fondo; conocido también como “El asno de oro”, este libro trata, como en el libro de Kafka, de una desesperante metamorfosis de hombre en animal, en este caso en asno, sólo que con redención posible luego de largos años de padecimientos. En “La metamorfosis” de Kafka no hay redención.
Y no la hay porque el hombre moderno, ese que a partir de la Primera Guerra Mundial se dio a conocer como tal, no puede salvarse, atrapado como está entre sus afanes tecnológicos y destructivos, en una lucha por acabar consigo mismo que continúa en este siglo XXI con tanto encono como en las trincheras de 1914-1918. El asno de Apuleyo quiso salvarse y lo logró. El insecto de Kafka, aunque quiera, sabe que no se salvará. Gregorio Samsa es repudiado tanto por sus padres y hermana como por su jefe, ya no pertenece al mundo familiar y al laboral, ya no le es útil ni a la sociedad ni a sí mismo, pues ya no tiene con qué sostenerse en una época que exige dinero lo mismo para nacer que para morir, ya no se diga para vivir. Y no que Samsa no haya intentado hasta lo imposible por levantarse del suelo, ir al trabajo, explicarle a su jefe que sólo se trató de una enfermedad temporal, que pronto estará bien y que se encuentra dispuesto a cumplir con las actividades para las que fue contratado. Sólo que sus palabras ya sólo son chirridos, y por más que se esfuerce en pronunciar bien, nadie entenderá lo que dice porque ya dejó de ser humano.

Esa es otra característica moderna, la de que nadie entienda a nadie, y menos se es entendido cuando uno se encuentra en situación de sometimiento. Como ocurre en nuestro cotidiano choque contra la burocracia, esa bestia de mil cabezas que procura echarnos a perder la existencia nada más que por puro gusto; gusto completamente legal, eso sí. Kafka describió en otros de sus relatos ese enfrentamiento nuestro contra la máquina que nos domina desde un escritorio. ¡Cuántos de nosotros, sobre todo en México, nos hemos visto desvalidos ante ella! Como (perdón, querido lector, por la intromisión), el caso mío, que durante largos años he sostenido una heroica, kafkiana y de antemano perdida lucha contra la Secretaría de Hacienda, contra su Sistema de Administración Tributaria. Un burócrata con su computadora es una amenaza pública.

Durante años estuve dado de alta, siempre hostigado una y otra vez por requerimientos de la oficina hacendaria, que nunca venían al caso pues siempre estaba yo al corriente, aunque la autoridad insistía en que no era así. De repente, con gusto, me pude dar de baja; y así estuve un largo tiempo, hasta que tuve la necesidad de reanudar actividades con el fisco, y ya todo era electrónico. Tuve que pasar por una engorrosa serie de trámites para adecuarme a la nueva modalidad, y fui cumpliendo penosamente con uno tras de otro; hasta que llegó el momento del último paso, que parecía el más fácil, el de dar a saber cuál era mi domicilio, el cual seguía siendo el de siempre, el mismo de cuando mi anterior alta en Hacienda. Y he aquí que ocurrió el horror: la pantalla del burócrata que me atendía señaló que mi domicilio no sólo no existía, SINO QUE NUNCA HABÍA EXISTIDO. De nada sirvió mostrarle al servidor público recibo de luz, de teléfono, incluso los documentos fiscales del pasado; NADA, el empleado fue firme y severo: la pantalla de su computadora no podía mentir. ¿O sí? Me la mostró para que yo quedase convencido, y en efecto, no había tal domicilio mío. Nunca sufrí mayor humillación y desgarramiento que en ese instante ante el burócrata del SAT y su computadora. Adiós pues al dinero que me debían en la editorial donde me habían exigido todo lo que el fisco requiere para que uno pueda cobrar. Adiós a mi vida, pues si la computadora dice que yo no vivo donde vivo, ¿qué me quedaba por hacer ya?

Sin embargo, el empleado, después de esperar unos momentos para disfrutar a fondo el espanto en que me había metido, dándome a saber lo irreversible de la decisión electrónica, vino, como si fuese una varita mágica, con la solución, ya que me dijo: “Mire, pase a la oficina que está en la segunda puerta a la derecha, les entrega este papel, y ahí sabrán qué hacer”. Quién sabe qué decía el papel que me dio, no quise verlo de tan afligido que me encontraba, así que me dirigí derrotado de antemano hacia la oficina que me señaló, para enfrentar mi total aniquilamiento. En esa oficina una mujer leyó el papel que le di, y luego se puso a consultar algo en su computadora; me hizo luego una serie de preguntas tontas (qué iglesia quedaba donde yo SUPUESTAMENTE vivía, qué parque, qué mercado, etc.), e iba capturando mis respuestas, y al final me entregó un documento asombroso, mediante el cual quedaba resuelto el GRAVE problema en el que yo estaba hundido sin remedio. Ese documento oficial decía, citando artículos tales y tales de la ley tal, con sus respectivos incisos, esto: “El señor Luciano Pérez vivía antes en la calle de Pintores 77-15. Como se cambió de domicilio, a partir de hoy vive en la calle de Pintores 77-15”. ¡Así que lo que ocurrió fue que cambié de domicilio, y por eso fue que la computadora no me hallaba por ningún lado!

Un mundo donde el absurdo y la confusión, avalados ésta y aquél por medios tecnológicos avanzados, son leyes para ser irremediablemente cumplidas, es el mismo en el que el agrimensor K., protagonista de la novela “El castillo”, se vio atrapado sin poder salir nunca; el mismo donde el emigrante a Amerika Karl Rossmann sufre indignidades sin fin; el mismo, pues, donde el procesado Josef K. muere al final como un perro, sin tener la menor idea de por qué. Franz Kafka supo que el mundo está hecho de crueldad hacia quien carece de poder, de ahí que el insecto que ya somos no pueda volver a integrarse a ese mundo al que fuimos arrojados sin opción siquiera a no aceptar. El pecado mayor de haber nacido tiene que ser pagado hasta las últimas consecuencias, o de otro modo la pantalla proclamará que no sólo no existimos, SINO QUE NO HEMOS EXISTIDO NUNCA. ¡Felices cien años, Franz Kafka y Gregorio Samsa!

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