Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año IV Número XXXVII Noviembre 2015

 

Relato corto intentando sentir con la piel de ella
Mario Bravo

Una mañana ella despertó como casi todos los días, con los sueños aún colgando de la sien y el tirante derecho de la blusa resbalando por su hombro.

Acaso abrió un poco los ojos, para cerrarlos de inmediato, puesto que los primeros rayos del sol, esos que a diario se colaban por un resquicio de las cortinas entreabiertas, alumbraron su pálido rostro.
Sintió que odiaba al despertador y a esa horrible puntualidad que solía tener cada mañana, tal vez sólo deseaba dormir un rato más, tal vez no quería despertar, tal vez no moría por ver de nuevo a quien a su lado compartía la cama con ella desde hace ya algunos años.

Hoy no es necesario ir al trabajo, y sin embargo, hábito se le ha hecho el despertarse muy de mañana; y en este día, su cuerpo no sabe de domingos familiares o días de descanso, así que ella se despertó sin mayor alternativa, para quedarse sentada al borde de la cama, viendo su uniforme blanco en el perchero, y el saco y la camisa de él, si acaso sobrepuestos en la silla de la esquina, junto al tocador, allí donde él atinó a colocar la ropa hace unas horas, cuando llegó del trabajo a plena madrugada, para sólo darle un beso gris a ella y apagar la lámpara de la mesita de noche.

Ella sentada, sintiendo que el techo se le viene encima, con la cabeza llena de preguntas, intentando recordar en qué momento naufragó en esa cama, para convertirla en una isla desierta, en la cual sólo habitan ella y él, casados desde hace cuatro años, más los dos años en que se conocieron antes en el trabajo... Muchas noches han oscurecido sus ojos de luciérnaga, muchas lluvias han transcurrido desde entonces, muchas fotografías en donde ella sonríe por contrato, obligada. Mal se vería, piensa ella, que siendo la esposa de un sujeto que sonríe ante la menor provocación, que muestra una dentadura de elote ante la lente de la cámara, mal se vería, vuelve a pensar, que ella solamente presentara su cara de melancolía, de funeral, de la niña más triste de la ciudad.

Ella sentada, voltea de repente hacia atrás, y mientras lo ve dormido, siente una profunda tristeza, ganas de llorar, pero si va hacia el lavabo sabe que él puede escuchar sus llantos; si se queda ahí sentada, sentirá que muere de a poco, como si le crecieran raíces que la ataran a esa cama, en donde está ese hombre con sentido del humor, simpático y risueño, pero que no es el hombre que ella ama.

Realmente ella no ama a ningún hombre, y ese no es el problema, sino que siente el pesado deber de sentirse feliz por ser la Señora de fulano de tal, y el fulano de tal rebosa de alegría por ser el marido de ella, pero la señora del fulano de tal no precisamente está vuelta loca de alegría, más bien se halla adormecida por la mansa rutina.

Mal y malo que se mezclen las melancolías y los días de descanso, porque entonces ella sólo piensa en tener alas para volar de ahí, no sabe bien adónde, pero ya en el camino eso se definirá, piensa ella.
Como quien planea la huida, abre las cortinas y la ventana, procurando que la luz no moleste al hombre que yace dormido...

No tanto por interrumpirle la paz del sueño, sino porque si se despierta, él comenzará a dispararle una descarga de palabras dulces, casi melosas, que a ella sólo la atraviesan, dejándole un sinfín de orificios por donde se escapan las lágrimas que ella no llora cuando está en compañía.
Ella decidió estar al lado de él, con boda y fiesta, con familiares enternecidos por la belleza de quien se vistió de blanco y juró ante un altar una sarta de mentiras. Ella conoce cómo él bebe café, cómo baila y cómo gusta de cocinar comida japonesa. Ella conoce casi todo de él, sabe que no es un gran lector, que no tiene mayor posicionamiento político y que si acaso es doctor, fue porque su abuela murió justo en el cumpleaños número quince de él, y de ahí la obsesión de curar a los demás.

Sí, conoce todo de él, pero ¿por qué una lágrima rueda justo ahora hacia el precipicio de su mejilla izquierda? Y entonces cuando esa lágrima arriva a su boca, recuerda el sabor amargo de los adioses de hace tiempo, de las despedidas sin abrazos, de alguna tarde de café en que el pasado se vistió con las ropas del presente. Justo entonces recordó que hubo un día en que la sonrisa se le dibujaba en plena cara sin mayor aviso, en que algo sentía en la boca del estómago cuando iba a encontrarse con él, y no precisamente con ese hombre que ahora ha dado la vuelta en la cama como queriendo esquivar la luz que, más decidida, invade toda la recámara.
Mira al cielo e imagina que vuela. Mira hacia abajo y encuentra su vientre, que asoma un embarazo de tres meses. Cuando comienza a sentir que le han salido alas para volar y escapar por la ventana de ese sexto piso, escucha que él le dice al oído:

–¡Buenos días, corazón!
A lo que ella sólo atina a responder:

– ¡Buenos días, amor…!

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