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Ciudad de México Año IV Terror IV Octubre 2016

 

La mesa
Elsie Otero Lastra

Hace ya muchos años, en una pequeña población española, vivía un anciano, casi ciego, propietario de una tienda de antigüedades. Entre sus numerosos y polvorientos tesoros había en un rincón obscuro y muy poco visible para los compradores y curiosos, una singular mesa de madera preciosa color vino, de superficie pulida, cubierta ésta con un viejo paño, y tallada artísticamente en sus bordes con infinidad de animales mitológicos en relieve: unicornios, minotauros, caballos con alas, dragones y un león con dos cabezas. La mesa era bellísima. Tenía cinco hermosas patas terminadas en garras. Éstas estaban colocadas como en todas las mesas, exceptuando la quinta, que se hallaba exactamente en el centro, lo que le daba a la mesa un extraño aspecto.

Un día llegó a la tienda de cachivaches un comprador muy rico y exigente, que se entretuvo en revisar y husmear por todos lados, con tanta minuciosidad que dio con la mesa. Al verla quedó extasiado con la belleza, y en el acto decidió comprarla, costara lo que costara. No tuvo ninguna dificultad para cerrar el trato. El anticuario se la vendió en seguida, satisfecho de haber hecho un buen negocio.

El comprador regresó con dos hombres que se encargaron de transportarla hasta su casa y, una vez en ésta, ordenó a su criada que la limpiara cuidadosamente y la pusiera en el comedor.

La mujer cumplió el mandato, pero se entretuvo mirando a los animales grabados en las orillas, contándolos y oprimiéndolos uno por uno. En eso estaba cuando, sin que ella se percatara, la mesa se rascó, con una de sus patas, la del centro.

Cuando los seis hijos del señor rico y exigente llegaron en tropel a merendar, quedaron encantados con la nueva mesa, y después de haber comido, se entretuvieron examinándola, y jugaron con los animales tallados en los bordes hasta muy tarde. Pero a los pocos días había dejado de ser una novedad, y entonces se dedicaron a hacer lo que siempre han hecho con las mesas todos los niños del mundo: rayarla, patearla y derramarle leche caliente. Pero hubo un día en especial en que fueron más crueles que de costumbre: uno de los niños le cercenó un pedazo de su hermosa y pulida superficie con su cortaplumas. La pobre mesa desesperada, y ante el terror y los gritos infantiles, arremetió contra ellos y con sus cinco patas se dedicó a devolverles los golpes, arañazos y cortadas que le habían dado, y sacudiéndose violentamente lo que tenía encima, salió huyendo hacia la calle, aprovechando que la puerta se encontraba abierta.

Toda la vajilla con la que merendaban: platos, tazas, vasos, jarras, azucareras, y cubiertos, cayó con gran estrépito y sus pedazos quedaron desparramados por el suelo.

Era ya de noche y nadie la vio llegar. La tienda del anciano anticuario estaba sola. La mesa empujó la puerta, que nunca quedaba atrancada, y se colocó en el rincón oscuro donde siempre había estado y se cubrió con el viejo paño y, con un suspiro de alivio, se quedó profundamente dormida.

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