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Ciudad de México Año V Número LVII Julio 2017

 

El historiador Tito Livio: dos mil años
Luciano Pérez

Nada está más lejos de la sensibilidad actual, reducida ésta al mínimo a un objeto de ciencia ficción llamado teléfono celular, que la Antigüedad; mucho menos si ésta es aquella que durante siglos fue considerada ejemplo y modelo de perfección y belleza, como la grecorromana. Por lo tanto, ya no parece importante tener en cuenta a los grandes autores de una cultura en la que el cultivo de uno mismo era necesario si uno quería ser lo que se tenía que ser, para llegar a ser el que uno era. En este 2017 no sólo conmemoramos los dos mil años del poeta romano Ovidio, sino también los del historiador Tito Livio, igualmente perteneciente a la latinidad de la ciudad eterna.

Tito Livio, como Virgilio, se dedicó a evocar la grandeza de Roma, en una época en la que ésta ya había logrado supremacía sobre todo el mundo entonces conocido, la época del emperador Octavio César Augusto. ¿Cómo lograron los romanos, no obstante sus humildes orígenes, llegar a ser el máximo poder político, militar y cultural en los años en que se cruzan los tiempos de antes y los de después de Cristo? Esa fue la tarea que se impuso Tito Livio, la de contar la crónica de lo que había sido Roma antes de que fuera grande, describir con detalle las luchas, sufrimientos y esfuerzos de los romanos, desde que habitaban en modestas chozas hasta que erigieron una marmórea y esplendente urbe.

Nacido en Padua, al norte de Italia, en el año 59 antes de Cristo (695 de la fundación de Roma), Livio estudió en Roma retórica y filosofía. No hay más datos biográficos sobre él, que tantos informes y anécdotas dio en lo que fue la obra de toda su vida: la “Historia de Roma”, escrita en 142 libros, distribuidos éstos en grupos de diez, llamados décadas. Sin embargo, sólo una parte de la “Historia” sobrevivió: de los 142 libros, sólo quedan 35. Tenemos completas la primera década, la tercera y la cuarta, así como la mitad de la quinta; quedan fragmentos y resúmenes de lo demás.
Los historiadores modernos, a partir del siglo XIX, se quejan de que los historiadores griegos y romanos (Herodoto, Tucídides, Polibio, Tito Livio, Tácito, etc.) no hayan trabajado sus textos como, a su decir, lo requiere una verdadera ciencia, como se supone que es la historia. Es decir, se les reprocha el no ser modernos, el que no luzcan bibliografías y abundantes notas al pie; se supone que los antiguos no hacían una exhaustiva revisión de sus fuentes, que abusaban de artificios retóricos en sus descripciones, y sobre todo de tener un excesivo apego a lo que “se dice” o “se cree”. En suma, los historiadores modernos culpan a los antiguos de ser chismosos, de apoyarse demasiado en habladurías y en sucesos legendarios. Y sin embargo, así es como nació la historia, con interés en los chismes, y así lo sigue siendo. Precisamente por eso es tan sabrosa la lectura de esos historiadores de antaño, porque para ellos leyenda y realidad se confunden y llegan a ser lo mismo.

La “Historia de Roma” de Livio es, aunque hoy incompleta, un libro que merece todos los elogios. Es, para nosotros, la primera fuente de información de lo que fue Roma, sobre todo esa prodigiosa primera década, que abarca desde la mítica llegada del troyano Eneas a Italia, hasta la guerra contra Pirro (293 a.C.) Ahí vemos cómo los intentos de Eneas por establecerse se dificultan por la oposición de muchos de los pueblos latinos originarios; y aunque finalmente lo logra, a lo largo de lo que vamos leyendo de años posteriores persiste el conflicto, sobre todo contra los etruscos, que eran quienes dominaban el centro de Italia antes de que los romanos lograran imponerse. Rememoramos la vieja leyenda de la fundación de la urbe, de cómo nacieron Rómulo y Remo, hijos de una sacerdotisa; se supone que fueron hijos del dios Marte, pero un tío envidioso los abandonó para que se murieran, y una loba los rescató y amamantó. Más tarde Rómulo sería el fundador de la ciudad de Roma, en el 753 antes de Cristo.

Mientras que Julio César, Salustio y Cornelio Nepote narraron partes de la historia de Roma, ninguno de ellos se avocó a lo que hizo Livio, contar la historia completa. De manera amena, nos cuenta todos aquellos hechos que deleitaron a generaciones enteras (y hoy nos deleitan a los apasionados de las letras grecolatinas), esas anécdotas que hemos llevado siempre en la mente y el corazón: los siete reyes de Roma, la violación de Lucrecia que propició la caída de la monarquía y la llegada de la República, la lucha de los Horacios contra los Curiacios, la hazaña de Horacio Cocles, la traición de Coriolano, la ley agraria que tantos trastornos trajo, el viejo y honesto Cincinato, el fiasco de los decenviros, el conflicto permanente de los patricios contra el pueblo, las leyes de las doce tablas que originaron el derecho romano, Camilo y su lucha contra los galos, la salvación de Roma por los gansos; y, más adelante, la guerra contra Aníbal, quizá lo más glorioso de las gestas romanas, no obstante sufrir el ejército de Roma en Cannas frente a los cartagineses su más sangrienta derrota. Hay que leer todo paso a paso, cónsul por cónsul. La narración de Livio concluía en el año 9 a.C., y es una lástima no contar con todo completo, pero con lo que hay podemos sentir el impulso de aquel pueblo al que sentimos tan nuestro.

Roma es una historia, y es una tradición. Pero es, ante todo, una lengua, y por lo tanto, una literatura. En otro tiempo (“in illo tempore”), saber latín era la llave que abría la puerta a todo tipo de conocimientos, lo mismo religiosos que seculares. Fue el idioma de la Iglesia, pero asimismo de toda la cultura, y quien no supiera latín nunca podría tener un buen fin. Y conocer esa lengua era conocer, por supuesto, a sus mejores autores. Se aprendía con Horacio, con Virgilio, y, claro está, con Tito Livio. Y se entendía mejor la propia lengua de uno, en especial los que hablaban alguna de las lenguas neolatinas. Nunca es el español mejor entendido que cuando se sabe latín. No es el inglés ni la computación quienes nos enseñarán a manejar mejor nuestro idioma, pese a lo que digan las autoridades educativas.

Hoy el latín es sólo un conocimiento especializado para unos pocos. En cambio, antes se le requería para descubrir nuevos continentes, idear nuevos inventos, explorar los cielos, integrar nuevas literaturas y filosofías. Y en suma, saber latín era conocer la historia del pueblo que lo habló, y aquí la lectura de Tito Livio fue insustituible para evocar la gloria y la fama de lo que fue Roma. El gran historiador falleció en el año 17 de nuestra era. Que los dos mil años que han transcurrido sean un buen aliciente para volver a sus hermosas páginas.

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