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Ciudad de México Año V Número LVIII Agosto 2017

 

150 años de la muerte de Maximiliano
Luciano Pérez

El 28 de agosto de 1864 la fragata “Novara”, orgullo de la armada austriaca, llegó al puerto de Veracruz. Descendieron de ella los emperadores de México, Maximiliano de Habsburgo y Carlota Amalia Leopoldina de Bélgica, quienes ese día iniciaban su reinado sobre un país que no conocían. Reinado que concluyó tres años después, el 19 de junio de 1867, con el fusilamiento del emperador en Querétaro. Se cumplen pues ciento cincuenta años del fin del segundo imperio, y del fin de los sueños de Maximiliano y Carlota de hacer de México su país predilecto.

Si, cuando llegaron a Veracruz, emperador y emperatriz hubieran entendido el evidente signo de mal agüero con el que se encontraron, se hubieran subido al barco para regresar al lugar de donde vinieron. El puerto jarocho estaba lleno de zopilotes, esa ave de rapiña que, más que el águila, es, junto con el cacomixtle, el verdadero símbolo representativo de la nación mexicana. Los antiguos romanos solían escrutar en el cielo los movimientos de las aves, para definir la buena o la mala fortuna que llegarían. Los zopilotes que vieron Maximiliano y Carlota se lanzaban en picada hacia las playas veracruzanas para comerse la carroña de los miles y miles de peces muertos abandonados. La mala suerte del imperio se había decidido. Pero a pesar de estos augurios, o tal vez ni siquiera se percató de ellos, Maximiliano decidió continuar.

En el transcurso de nuestra historia, dos alemanes, y ambos de la misma familia de la dinastía de los Habsburgo, han sido nuestros gobernantes: el primero a distancia, Carlos V, quien no obstante que de México sacaba todo el oro y la plata que requería para pagar sus muchas deudas con los banqueros de Francfort y de Nuremberg, nunca quiso conocer lo que llamaban la Nueva España; el otro sí quiso venir, Maximiliano, pero más le hubiera valido aceptar la corona de Grecia que le ofrecían, en vez de tomar la de México.

Si hubiera sido un romántico como Hölderlin o Lord Byron, Maximiliano, cual nuevo Hiperión, habría acudido cuanto antes a la Hélade, para rescatarla del estado semibárbaro en que había caído por el dominio turco. ¿Quién no hubiera querido hacerlo, y además llegar ahí como rey? Pero el archiduque austriaco no era romántico, sino todo un espíritu científico, muy interesado y además un experto en biología, mineralogía, botánica, zoología y otras ciencias.
Su hermano mayor, Francisco José, era el emperador de Austria, a cargo de un vasto conglomerado de pueblos (alemanes, checos, húngaros, polacos, etc.). Y Maximiliano, nacido en Viena en 1832, era el heredero al trono (es decir, archiduque) por si su hermano llegase a enfermar de gravedad o morir; pero el propio Francisco José, envidioso siempre del encanto personal que caracterizaba a Maximiliano, no lo quería como segundo, así que lo hizo renunciar a sus derechos al trono austriaco a cambio de tener la corona de México.

Se ha especulado en que Maximiliano era en realidad hijo del hijo alemán de Napoleón, es decir, del duque de Reichstadt, que el gran francés tuvo con la hermana del entonces emperador austriaco Francisco I, María Luisa. Por lo tanto, Napoleón resultaría ser abuelo de Maximiliano. Es imposible demostrar esta sospecha, que sólo se basa en que la madre del archiduque, Sofía, sufrió mucho al enterarse de la muerte del duque. Los restos de éste descansaban en la cripta donde están los restos de todos los Habsburgos, pero en 1940 Adolfo Hitler dio la orden de que fuesen sacados y llevados solemnemente a París para que se sepultasen en la tumba de Napoleón, y así estuviesen juntos en la muerte padre e hijo.

Volviendo a Maximiliano, éste se casó en 1857 con la princesa Carlota de Bélgica, en el mismo año en que fue nombrado gobernador de Lombardía y Venecia, en ese entonces ocupadas estas provincias italianas por los austriacos. El verdadero amor en la vida del archiduque no fue Carlota, sino la princesa portuguesa María Amelia, fallecida prematuramente. Carlota se la pasó bien como esposa del gobernador , pero era ambiciosa y se le hacía ese puesto de poca relevancia; ella sí era romántica, y quería a como diera lugar ser reina. Pero no en un país, por más ilustre y bello que fuese, como Grecia, sino en un país exótico como México, donde incluso su rango sería mayor: no una reina, sino una emperatriz.

Maximiliano, aunque incómodo por haber tenido que renunciar al trono de Austria, asumió con entusiasmo la tarea de gobernar México, para la cual Carlota sería esencial. No nos ocuparemos de los detalles de esto, que hemos tratado en otro número de Ave Lamia en el 2014 (http://www.avelamia.com/201412_el_im-perio.htm) . Nos enfocaremos en lo que queda de este texto al fin. Una vez retirados los franceses, el emperador tuvo que apoyarse en los conservadores mexicanos, así que los generales Leonardo Márquez y Miguel Miramón, que habían sido enviados lejos, estarían a cargo del ejército imperial. Pero esto no fue suficiente para enfrentar a las tropas juaristas, que contaban con un eficaz comandante: el general Mariano Escobedo.

Era ya febrero de 1867, y los estrategas imperiales decidieron que Querétaro sería un buen punto para derrotar a Escobedo. No lo fue, y más bien la ciudad quedó bajo cerco. Y aquí un recuerdo familiar. En las tradiciones de mi familia materna siempre se habló de Mamá Concha, mi tatarabuela, quien de joven molió pólvora dentro de la pequeña urbe queretana, para que el emperador no se quedase sin algo con que dispararles a los juaristas. Se trató de algo así como un Stalingrado, y los cercados se fueron quedando sin municiones y sin alimentos. Maximiliano dio la orden de rendición, y se entregó a Escobedo el día 14 de mayo.

Juárez había dispuesto que todo aquel que hubiese ayudado al Imperio tenía que ser ejecutado. Tenía que ser obvio que el propio emperador, al caer prisionero, habría de morir. Hubo intentos franceses y austriacos por impedirlo, pero el presidente mexicano fue firme; así que el emperador aceptó su destino, ya escrito en el vuelo de los zopilotes que vio en Veracruz hacía tres años. En la mañana del 19 de junio de 1867, en el Cerro de las Campanas, el emperador, junto con sus generales Miramón y Tomás Mejía, fue fusilado. Escobedo dispuso que no se le disparase a Maximilano en el rostro, sino directo al corazón.

El cadáver fue preparado para que se le entregase a los austriacos, pero el embalsamamiento fue mal hecho, y tuvo que ser traído el cuerpo a la ciudad de México. En el Hospital de San Andrés (hoy inexistente, su sitio lo ocupa el Palacio Postal) se hizo un mejor trabajo con el cadáver, el cual para que se secase fue colgado de las vigas del techo. Así lo vio Juárez, quien ya no pudo conocer los ojos azules de su contrincante, pues se le habían arrancado al estar ya deshechos, y en su lugar se le pusieron los ojos negros de la imagen de algún santo, esto desde Querétaro.
El cuerpo fue entregado a los enviados de Austria, y se le llevó a Veracruz, para ser embarcado en la misma fragata que lo trajo, la “Novara”, de vuelta al Reich austriaco, donde sería sepultado en la cripta de los Habsburgo. Mamá Concha nunca dejó de hablar, hasta su último día, de cómo molió pólvora en Querétaro para que el emperador ganase la guerra. Ella fumaba y fumaba, y sus hijos y nietos ya no quisieron oír más de cuando vio al “güero” alto montado a caballo, vestido de charro y portando la bandera nacional.

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