Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año V Número LVIII Agosto 2017

 

Las posibilidades de Alicia
Adán Echeverría

Desde el semen es de donde contaré esta historia. Porque sólo desde su grumosa sensación entre los dedos es de dónde puedo hablarles de lo que ha sido Alicia. Por todas esas veces que he mirado sus muslos impregnados de semen, los vellos púbicos endurecidos como alambres mientras retozamos desnudos en la cama. Porque mi vanidad y mi soberbia eran mi mayor orgullo, hasta que conocí a Alicia y comenzó la debacle.
Alicia llegó a mi cuerpo, a mi almohada, a mi regadera, para meterse dentro de mi costillar y no querer salir. Y aquel ego que quería tanto divertirse, terminó por mirarse domesticado. Alicia la de los dos mil mensajes diarios al móvil, la que buscaba pertenecer a mí cuerpo, e inventaba nuevas formas para que mi semen terminara escurriendo en su garganta. Recostada en el sofá del departamento, mirando la televisión mientras espera que me bañe, cocinando huevos revueltos con ejotes para nuestros desayunos, pasados por boberías. Lenguas que no dejaban de jugar una con otra como en la dualidad del colibrí y la campánula en flor. O aquel jardín que solíamos dibujarnos cada amanecer.
Hace ya tres años que esta historia no termina de cuajar en mi cabeza, porque me he empeñado en hablarles de mí, cuando debería hablarles del coño salvaje de esta mujer de pezones oscuros que tanto odio pudo despertar en mi cuerpo. Este odio por sentirme prisionero de su aroma, de su constante búsqueda. La soberbia no puede doblegarse., y saberse dueño de una mujer termina generando odio. Aquello que al principio era saberse necesitado, sentir que en la adulación de aquella mujer me fui convirtiendo en su dueño. Craso error. Ella quería ser considerada tan amante para que no tuviera nada que reclamarle. Y la tuve, era mía, mi posesión y mi esclava. Pero lo que debía hacerme sentir grandioso fue volviéndose un desesperante acoso, una enfermedad que necesitaba ser detenida. Intentaba hacerme a un lado, esconderme, decirle que se detuviera, que me diera espacio. Pero ella mantuvo firme su ideal de ser solo para mí, y de que yo fuera solo de ella. Alicia presa de la desesperación si yo no contestaba el móvil. La encontraba siguiéndome por toda la ciudad. Su caminar de gato por los techos de mi apartamento, su correrme a las mujeres que lograba levantar en los talleres literarios, o incluso perseguirme en las avenidas, carro contra carro. Mis manos en su cuello y su sonrisa que continuará ajándome el recuerdo.
Al inicio era ella ahí parada sobre el colchón, y yo besando la rosada vulva. Ella tocaba el techo con las uñas de las manos: No dobles las rodillas, le dije, toca el techo, agárrate, trata de permanecer con las piernas abiertas mientras mi lengua se mete entre los pliegues, y trata de no doblar las rodillas. A ver cuánto tiempo puedes aguantar.
La primera vez que la vi, estaba sentada en esa banca de cemento bajo el árbol de naranja agria en la puerta de la casa de sus padres. Luego trepada en mi carro rumbo al bar. Sonreía mientras yo intentaba descubrir cuál sería el mejor disfraz para esta cacería. Aquellos días habían regresado (me había vuelto a divorciar), y era necesario pisar con decisión las calles de una ciudad que no tuvo agallas para devorarme. Mi tercera esposa se había alejado ya, dejando tras de sí aquella estela de insultos y demandas; y qué mejor que volver al juego, quitarme la domesticación del matrimonio, y sacar aquello de depredador con que tan bien me sentía.
- ¿Un café te dije?, que sea mejor una jarra de cerveza -, apenas la miraba con la quilla del ojo derecho mientras enfilaba el carro al bar más cercano.
- ¿Sólo una? -, y supe que no sería presa fácil de la borrachera. Volvía a aferrarme a la soltería, esta vez dispuesto a no caer con las lagrimitas y los caprichitos de ninguna mujer. Un “pasa por mí a las diez”, era todo lo que necesitaba. Y las redes sociales, eran ese catálogo de mujeres en espera de alguna palabra que pudiera conseguir mirarlas en la cuarta dimensión. Muchas se sentían ofendidas, y puedes irte al diablo, bloquearla y pasar al siguiente perfil, a la siguiente mujer de sonrisa de libélula y ojos de salamandra que se agitan dentro del paisaje. ¿Para qué sentirte despreciado si siempre habría alguna otra para anotarse una sonrisa?, y un “Está bien, acá te dejo el número del móvil”, es todo lo que se necesita.
Alicia no tuvo oportunidad. Algunos años habían transcurrido para volver a atreverme con ese imperioso mensaje de texto: “Soñé contigo, te escribo para saber si está todo bien”. Un mensaje que escribía como fórmula, y enviaba a un sin número de posibles oportunidades. Las redes sociales no son más que ese catálogo, y que nos quede claro. Me hacían recordar las comunas que se dedican a la producción de quesos que venden por toda la ciudad. Para evitar problemas de endogamia, cada determinado tiempo llega a la comuna El Catálogo con fotos de mujeres y hombres jóvenes en edad reproductiva, que viven en otras comunas de la región. Al lado de cada foto un pequeño párrafo biográfico expone las características y aptitudes de cada persona ofertada. El padre de familia al que llega El Catálogo escoge a la persona, mujer u hombre, con quien buscará emparentar a su hijo o hija. Eso son las redes sociales, una posibilidad para el ligue, una oferta para poder derramarse con el semen.
No era el único que asumía esas irresponsabilidades de la fácil conquista. Me reconocía un pobre individuo que apenas utilizaba el uno por ciento de su encanto. Y así conocí a Alicia. Era una más de las mujeres a las que aquella tarde tuve la osadía de enviarles el mismo mensaje por conversación privada: “Soñé contigo, ¿está todo bien?” Fueron alrededor de quince chicas, quizá más, no me atrevo a recordarlo. Los mensajes personales permiten escoger bien las palabras, y a las chicas que pueden ser recipiendarias. Envías el primer mensaje, lo copias, y vas mandándolo a todas las demás: Antiguas amantes, chicas que parezcan agradables, ex novias de compañeros de la juventud, mujeres con alguna foto de perfil en que dejen claro su deseo de ser admiradas; la vanidad en cada pequeña mueca; la mirada que planea hacia los confines de la nube de datos. Mujeres enteras sin importar edades. Las posibilidades de Alicia fueron, y son enormes. Debí darme cuenta a tiempo. Si no resultaba atractiva del todo, no había problema, igual sólo me la pensaba coger y dejar de verla.
Pero Alicia me esperaba como una gata de garras traslúcidas, agazapada en la memoria, dispuesta a devorarme. Si la luz mercurial de la calle donde la vi por vez primera no hubiera estado parpadeando. Quizá la oscuridad o la luminosidad intermitente de la calle fueran motivo suficiente para que esos muslos alargados, esos zapatos azules de tacones de siete centímetros se hicieran necesarios para mí, para esconderme nuevamente en el féretro del deseo y después huir. La neblina de la lujuria fue más rápida y cegó la razón. Alicia estaba rebosante de intenciones, y su aura era una tonalidad azul que quemaba con solo verla. Cuando me miró se levantó de la banca de cemento, y yo metí un frenón al volcho que venía manejando. Ella soltó esa pequeña sonrisa que fue a estamparse sobre el parabrisas.
- Qué bueno que llegaste -, se montó en el asiento del copiloto.
A pesar de mi fingida experiencia como Casanova, siempre fui un imbécil para aquello de las citas; creo que soy mejor creando las atmósferas, porque siempre arruino todo con comentarios estúpidos, y mi incapacidad social para saber de qué coños hablar con una mujer.
- No sé cómo salir de este barrio -, alcancé a decir, cuando quizá pude hablarle de su hermoso cabello negro que le caía lacio hasta las nalgas, o de sus larguísimas piernas y los tacones que ya tenía ganas de tener sobre mi pecho, o colgados detrás de mi nuca. Por favor desnúdate, pero no te quites los tacones.
Mi tercer matrimonio no pudo terminar de mejor manera. Todo fue un Vete, y un Adiós, suficiente para dos personas que se habían equivocado de principio a fin, que no tuvieron tiempo para pasar por los errores cotidianos de condolerse el uno del otro; ni para decir “Ya no te quiero”, o “Por mí puedes irte a la chingada”. En menos de dos años nos habíamos aburrido de ser felices. El amor se fue gastando como aquel tapete, con la palabra Bienvenidos, tantas veces pisoteado. Hubo gritos, y ruidos nocturnos, y alguna vez (o varias) tuvo que venir la policía a golpearnos la puerta en medio del escándalo. Aquello que empezara con “Tus uñas en mi rostro, Mis manos en tu cuello”, siempre concluía con una bien armada felación, el chorrear de su vagina y mi bigote enredado en los rizos de su sexo. Cuando gritaban: “¡Ábran esta puerta!”, ella se sacaba el miembro desde bien adentro, fruncía la boca, y metida dentro de alguna camisa mía, a veces raída por la lucha previa, se acercaba hasta la entrada.
- ¿Qué pasa?
- ¿Está usted bien, señora? Los vecinos llamaron alarmados, porque algo terrible le estaba ocurriendo. Puede usted abrir para cerciorarnos que todo marcha bien -. Mi ex esposa se asomaba apenas (impregnada de ese lubricante olor que antecedía a la eyaculación): “Todo está bien, oficial. No se preocupe”.
- ¿Puede usted llamar a su esposo? Son cosas de rutina, usted comprende.
Y yo tenía que meterme en el pantalón de mezclilla para continuar con la comedia de la pareja feliz. Se lo conté a Alicia, y nos reíamos con ganas.
Para esa separación lo terrible vino después. Cuando mi ex esposa ya no quería coger conmigo, o peor, cuando le contaron que yo había vuelto a las andadas de perseguir mujeres. Comenzaron a llegar los citatorios, las solicitudes del juzgado para dividir los bienes. Y me fui quedando sin nada. Es a través del divorcio, abandonado como una hoja amarillenta en los cajones del escritorio, que me acerqué a casa de esta nueva mujer, que pasea sus largas piernas, su delgado cuerpo enfundado en ese vestido negro de tirantes, que se ha subido a mi carro. Paladeaba sus palabras, pensando detenerme en el movimiento de sus labios. Alicia junto a mí en el volcho, y yo intentando dejar atrás las memorias para poder meterme a la conversación. Apenas tenía respiración para enfrentar la punta de lengua que asoma por sus labios, subía y bajaba afuera de su boca, como un dragón que sale de la cueva, temeroso de aprender a volar. La boca de Alicia, aquella su lengua perseguida por mis ojos:
- Y si en vez de un café, vamos por una jarra de cerveza.
-¿Sólo una?-, dijo sin sonreír. Sus ojos se mantenían sobre la calle, y no quise darme cuenta de su negra profundidad, como si caminar hacia el pantano fuera algo necesario en mi vida, luego del naufragio. Nos bebimos tres jarras, platicamos y reímos tanto. Apenas la rocé para sentir su hermoso salivar entre mis dientes. Le tomé apenas la cintura, y ella me untó el muslo derecho sobre los genitales. Eché atrás la cadera, pensando en evitar que sintiera mi erección y ella bajó la mano rápida, para atraparla. Ha sido buena la noche, dijo, y se metió de nuevo a mi boca. Como ser el mismo tras esos besos, tras esa lengua que desde entonces se arrastró por mi cuerpo como una cobra. Entre la cerveza que se me subía a los ojos, y el calor que giraba por mi sangre, comenzó el infierno.
Alicia y sus actitudes de hembra poderosa, de reina del porno, de diosa sexual que se metía a mi cuerpo, a mis ojos y mis pulmones; que se metía mis huevos a la boca y los ensalivaba protegiéndome de aquel mal que algunos llaman amor y nosotros habíamos nombrado posesión sexual, pornografía. Ella me pertenecía y habitaba dentro de mí alma. Y mirando las largas piernas de Alicia, apuntando la lengua dentro de su coño, tuve que reconocerlo, que de blanco nos hemos cubierto tantas veces el cuerpo con este lustroso semen mío. En su boca tan llena de mi semen, y las palabras de siempre: “Trágalo, nena, trágatelo todo”. Alicia tocaba el techo, parada en el colchón de la cama, y el reto era que no doblara las piernas mientras yo le chupaba el clítoris y la hacía correrse.
Mi ex esposa siempre dijo que yo era hombre poderoso, pero ninguno de los dos éramos felices, y no fue el sexo lo fatídico de nuestra relación. Cuando me volví a ver solo, decidí recuperarme y encender de nueva cuenta mis espacios para la cacería. Las mujeres las llevo metidas dentro de cada espacio de mi ser, y siempre voy a querer e incluso necesitar que permanezcan ahí. Pero a la primera salida, me topé con el cuerpo de Alicia, con sus dedos, sus ojos, y su culo que sabía bien arrancarme el semen.
Alicia supo entregarse y contenerse con esa rítmica forma que tiene toda experta, y en esa primera salida, ella parada en el colchón, yo metiendo el rostro entre sus muslos sentí en la punta de la lengua la gota que preludiaba el diluvio de su orgasmo. Sus jugos cayeron sobre mí, bañándome como un cordero, y entonces al fin dobló las piernas y cayó sobre mi rostro; giró sobre su culo y buscó mi pene para metérselo a la boca, y comenzó a chuparme de tal forma que arrancó de mi interior, toda aquella semilla que llevaba meses guardando en los testículos. “Me voy a acostumbrar a esto. Tienes que entenderlo”, dijo, y me supe perdido. Mis días ya no pueden conducirse sin Alicia dentro de mi cuerpo. El tiempo se volvió un maldito remolino, que no deja de girar.
Alicia se quedó con todo: la casa, mis libros, mi dinero y mi cuerpo. Era yo su pertenencia, su objeto, su cachorro, su posesión. Y sé que debí salir huyendo, alejándome para siempre de aquella mi vida de persona decidida, pero no; quien escapa de una mujer que quiere verte todos los días, que quiere dejar que la penetres en la forma que a ti se te ocurra. Todo ha sido poder sobrevivir entre sus muslos. Los días sólo fueron el sexo, hasta convertir mis fantasías en realidad, como la vez que llegó a casa con su prima Alejandra, y me enseñó aquello de poder poseer a dos mujeres al mismo tiempo: "Nadie te va a consentir como yo, y aún así pretendes que me vaya, ¿en verdad quieres dejarme?"
Envejecimos en el deseo, la lujuria bajó su adrenalina, y Alicia poco a poco comenzó a quitármelo todo. Como la reina del porno en que la fui elevando, fui cediendo ante ella; o es que ella fue tomando las decisiones sobre nuestra relación y sobre mi vida. Yo le hubiera dado hasta la tumba de mis padres, si hubiera tenido algo parecido. Porque los días fueron desapareciendo de a poco, de a mucho, y mi hogar se volvió mi pequeña prisión para los besos de Alicia. Tres cosas ocurrían cuando estaba en casa: cogíamos, dormíamos y cocinaba algo delicioso para que yo comiera. Y fue justo cuando quise salir a la calle, sin ella, cuando me di cuenta que tal cosa no iba a suceder ya más. Las salidas eran con ella y del brazo, y si yo insistía. Alicia se paraba frente de la puerta, comenzaba alguna danza erótica, se ponía de rodillas, y comenzaba a chuparme de forma tan furiosa, que perdía toda la fuerza para querer quitarla de mi camino. En alguna ocasión quise ser violento, pero a pesar de las cachetadas, de los empujones, Alicia se lanzaba sobre mí, sin importar si estábamos a solas, o a media calle. Yo tenía siempre todas las de perder. "No te dejaré ir sin mí, entiéndelo".
No supe ni en qué momento las cosas fueron cambiando, para volverme su prisionero. Dejé de trabajar, y era Alicia quien se hacía cargo de todo. Pero qué cosa puede necesitar un semental más que comida y sexo. Ella lo sabía. Me alimentaba y me daba el sexo que yo necesitaba. Aquella vez que llegó a casa con su prima Alejandra, supe que lo único que yo necesitaba era tenerla cerca de mí, estar para ella. "Qué otra cosa quieres, qué necesitas más que a mí, no hay nada que necesites".
- Quiero salir, estar solo alguna vez -, pero Alicia se reía con ternura, me ofrecía uno de sus negros pezones, para que yo mordisqueara, como si se tratara de consentir a un crío. Y era justo de esa manera como me trataba.
- Tienes las redes sociales, el internet para que veamos pelis, abrazados; controla y decide lo que veremos; será lo que tú quieras. Yo siempre te cocino, arreglo la casa, te cuido, te visto, te baño, te cojo y puedo brindarte cualquier fantasía sexual que necesites. Incluso te traje a mi prima, diez años menor, para que te la cojas, mientras yo filmaba. ¿Dónde encontrarás una mujer como yo?
Alicia tenía razón; no tenía que esforzarme y lo tenía todo. Leía y podía escribir si así se me daba la gana. Incluso me ayudó a conseguir impartir alguna conferencia virtual para seguir en contacto con mis lectores. Pero aquella libertad que yo tenía, era sólo un recuerdo. A la semana de nuestra primera cita, de haberla encontrado sentada bajo ese árbol de naranja agria, Alicia se metió a mi casa.
Cuando llegué y la vi adentro, me había cocinado pasta, y estaba vestida sólo con un delantal. Yo volvía de un taller literario. Y Alicia me dijo que le pidió a un cerrajero ayuda para entrar. La madrugada que me amarró a la cama, y que me dejó amarrado toda la mañana, entendí que había cambiado las chapas, y ahora yo ya no tenía llaves de mi propia casa, sino que ella lo controlaba todo. La felicidad había mutado. “Podría envenenarte si quisiera, ¿te das cuenta?”, me preguntó. “Sólo quiero que me quieras, que entiendas que nada me va a alejar de ti”.
Y vi que no había escapatoria cuando me la topé carro contra carro; me alcanzó e hizo que me estacionara, y bajó a golpes a aquella alumna que yo había convencido para que me acompañara al hotel. No pudimos llegar. Nos propuso un trío, lo hizo mientras lloraba y acusaba a la mujer y a mí. La chica no aceptó, y entonces Alicia la bajó del carro, tomándola del cabello, la tiró al piso y comenzó a patearla. Cuando quise intervenir, sacó un cuchillo y me dijo que volviera al carro. No tuve más opción que obedecerla; me reconozco como un cobarde.
La dejó tirada, y se subió al auto. Tuve que manejar a casa, con la punta del cuchillo asentado en mis pelotas. Alicia seguía llorando y me pedía perdón, pero era yo el que estaba asustado. Entramos a la casa y me lanzó a la cama. Comenzó a besarme y yo le decía que me dejara en paz, que no diría nada de lo ocurrido pero tenía que irse. Me ató a la cama. Se desnudó, y se metió a mi cuerpo. Me cogió como nunca, llenándome de sus líquidos, sus mocos y sus lágrimas. No quiso soltarme, ni aunque en la madrugada suplicara: “Tengo frío”. Me lanzó una colcha encima, y se abrazó a mi cuerpo. "Así debemos estar siempre. Soy tu mujer, y haré todo por ti. No volverás a trabajar. Voy a mantenerte, pero las cosas serán como yo diga".
Mis días de lobo solitario son memoria vieja. Alicia cambió mis contraseñas y mis redes sociales se volvieron una extensión de su cuerpo. Alicia es tu esclava, Alicia es tu dueña, Alicia te ama, Alicia te cuida, Alicia está cerca de ti, Alicia es el portal para que alguien te visite. Soy un refugiado entre sus piernas, y aquellas amigas, aquellas mujeres de lo que llamaba El Catálogo se alejaron, dejaron de hablarme, visitarme, dejaron de saber de mí; lo mismo los amigos y la familia. Siempre fui solitario, así que no les preocupó no verme más. Si intentaba algo para escapar sabía que Alicia me cortaría los huevos, no pensaba matarme; sino dejarme inservible para otra mujer que no fuera ella. Sin huevos te seguiré queriendo. Alicia que lo puede todo, que ha crecido dentro de mi cuerpo y la memoria y la respiración...
"Aún tengo hambre de ti; apágalo todo y quítate la ropa". No queda más que obedecer.

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