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Ciudad de México Año V Número LVIII Agosto 2017

 

Los Caifanes
A cincuenta años de su estreno

Tinta Rápida

En la Época de Oro del Cine Mexicano, las clases bajas eran sólo una representación idílica del ser humano, en donde la maldad era propiedad de los adinerados, ya que los pobres eran poseedores de la bondad más pura. El “pobre pero honrado” era el signo de la falacia que nos hicieron creer, y un aleccionante mensaje casi bíblico de que, pese a los múltiples pesares que les depare el destino, es mil veces preferible ser pobres (dicho por supuesto por adinerados productores). Fue hasta 1950 que Luis Buñuel, español llegado a México a causa de la persecución franquista, le quitó ese halo de indulgencia a la pobreza y la mostró descarnada y sin tapujos, pese a los intentos de la industria cinematográfica y de los políticos por sabotearla.

A esta época tan productiva de la industria fílmica mexicana le siguió la versión comercial y yuppie del Rock and Roll, en donde las historias rositas de supuestos rebeldes también yuppies se colaron en las marquesinas con una gran recaudación taquillera. Era la época de la rebeldía juvenil, pero en la calle no eran los rockeros entacuchados y de copete envaselinado, que nos presentaba el cine, los que comenzaban a gritar por un cambio social. La juventud proletaria ahora comenzaba a despertar, estudiaba, leía literatura y se enteraba de su entorno político y social, pero era necesario adormilarla con los medios, y qué mejor que desde la pantalla grande, en donde el mayor problema de los jóvenes era el amor y el desamor.

Pero entonces llegó en 1967, justo el 17 de agosto, una película en la que los personajes principales eran cuatro jóvenes mecánicos de clase baja cuya única finalidad era divertirse, en un sinsentido que terminaría por definir el destino de una pareja de clase alta. Por muchos frentes, era una película que marcaba un antes y un después de la industria fílmica mexicana. En primer lugar por el rasgo social que recién comenté, pero sobre todo porque fue un crisol cultural que integraba a dos estrellas del cine como Julissa y Enrique Álvarez Felix (quienes justamente representaban a los yuppies, que por supuesto eran el Status quo del cine mexicano en aquellos años, con el que hace un rompimiento esta cinta), acompañados de dos egresados del INBA: Ernesto Gómez Cruz y Eduardo López Rojas, y dos de la UNAM: Sergio Jiménez y Oscar Chávez. Pero junto con este maridaje de actores, también se conjuntaban nombres de la literatura como Carlos Fuentes, en el guión, y apariciones en escenas incidentales por parte de Carlos Monsiváis y Víctor Villela, apareciendo incluso también entre esos personajes el director de cine Arturo Ripstein. Esta alianza cultural que forjaba la película, fomentó la complicidad que permitió el rodaje de una película que no contaba con todos los apoyos, ni todos los permisos, y cuya filmación fue detenida hasta en veinte ocasiones.

De hecho el Caifán mayor fue justamente el director y también guionista Juan Ibáñez (según la descripción que “el Azteca” da de Caifán, que es “el que todas las puede”), quien era el comandaba al equipo.

Comentan que si Juan Ibáñez decía que se metieran a un ataúd, todos lo hacían, lo mismo que si decía que filmaran en el Zócalo capitalino (sin los permisos correspondientes), o en la Diana Cazadora (con el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica siguiéndolos para detener el rodaje por infringir sus leyes), todos se iban a filmar. Y al final “las pudo”, logró romper con las tradiciones cinematográficas del momento y dejar no sólo una película icónica, sino que tiene varias escenas que a su vez los son por sí mismas:

Una de esas escenas es sin duda la aparición de un Santa Claus desarrapado y borracho que personifica nada menos que Carlos Monsivais; escena de culto por este simple detalle, y que queriendo o no, logró el climax del absurdo con un muy mal doblaje por parte de Jorge Arvizu “el Tata”.

Otra escena que se queda en la memoria fílmica es el juego muy bohemio con la muerte que tienen en una funeraria: con Chávez (el Estilos), interpretando la canción tradicional duranguense de “El pájaro y el chanate”, así como Gómez Cruz (el Azteca), declamando a Lope de Vega, y López Rojas (el Masacote) a Jorge Manrique, en tanto se mete cada quien a un ataúd que les designa Jiménez (El Capitán Gato). Esta escena se inicia cuando le van a llevar, a modo de chunga, una corona de flores a un viejo tacaño de nombre Enrique Ibargüengoitia, aludiendo al escritor Jorge Ibargüengoitia, con quien Fuentes y Monsiváis mantenían un lúdico juego de críticas.
Tampoco se puede olvidar cuando “el Azteca” se sube a la Diana Cazadora para vestirla con atuendos ridículos, la carroza que abandonan en el Zócalo, o el psicodélico, sórdido y decadente Cabaret Géminis, en donde comienza la aventura de Paloma y Jaime con los Caifanes.
La actriz Tamara Garina, quien en los años de mi infancia me espantara con su interpretación televisiva de La bruja maldita, representa por su parte a la muerte y a una vieja prostituta (la novia del Capitán Gato), dándole en sus apariciones uno de los toques surrealistas a la película, que de manera muy sugestiva se van presentando para seguir rompiendo las reglas establecidas. El surrealismo no era de uso común en el cine mexicano, y menos si se trataba de cintas comerciales. Entonces ¿está bien definir “Los caifanes” como cine de culto? Yo digo que sí, sin embargo también fue muy comercial.

Desde el inicio la película va dejando señales de sus intenciones, cuando en la entrada va presentando a los personajes arrabaleros y decadentes en primer plano, para entrar entre planos generales y planos americanos a la reunión de jóvenes de clase adinerada que de una manera “snob”, propia de esa clase, hablan de cultura. De esa reunión salen Paloma y Jaime, sin imaginar el encuentro que van a tener con la clase baja, ella con mucho interés y él con mucha reticencia.

No es una película que intenta un rompimiento abrupto, en realidad es un rompimiento sutil, justo como se da en la trama, en la que el propio Álvarez Felix (representando a la parte más recalcitrante de la burguesía) llega a ver con simpatía algunas de “las jaladas” de los Caifanes. Ellos representan el rompimiento con la burguesía y en la cinta van apareciendo de a poco y no todos de golpe: primero el Capitán Gato, que se encuentra con la pareja dentro de su auto; luego aparece el Masacote (el de la risita fastidiosa), después entre los cristales mojados del vehículo aparece el rostro del Azteca; y por último, el que va a ocasionar el rompimiento de Paloma con Jaime, el Estilos. El rompimiento que nos expone la película no significa la desaparición de las diferencias sociales, ya que si bien Paloma se siente atraída por el Estilos y termina por ello con Jaime, ella no va a cambiar su posición social por quedarse con el Caifán.

El guión de Juan Ibáñez y Carlos Fuentes, que llevaba originalmente por nombre “Fuera del mundo”, fue ganador del Concurso Nacional de Argumentos convocado por el Banco Nacional Cinematográfico y la Asociación de Productores y Distribuidores de Películas Mexicanas. Oscar Chávez comenta con sorna: “lo hicimos a la mala leña”, y remata diciendo: “si terminamos la película fue por la determinación de nuestro director”. El Capitán Ibáñez, como le llamaron durante el rodaje, decidió filmarlo como si fueran cinco cortometrajes para burlar al sindicato. Por su parte, comenta Ernesto Gómez Cruz que en la vida real soñaba, como muchos jóvenes de la época, con Julissa, y tal vez por eso es que le salían tan naturales las miradas libidinosas que el Azteca le lanzaba a Paloma. Finalmente la aventura culmina en la Avenida Paseo del Río, en Chimalistac (lugar de origen del emblemático personaje de Federico Gamboa: “Santa”) y en el Parque de la Bombilla.

Una película cuya valía va desde el propio guión, la rebeldía que implicó el rodaje, que el propio Chávez describe diciendo: “Lo hicimos al chile pelón”, y por supuesto el pre estreno en el Cine Ajusco (por Tlalpan) insertado en una proyección comercial y sin previo aviso para ver la reacción de la gente, en donde se encontraba todo el equipo comandado por el Capitán Ibáñez. El otro Caifán sobreviviente, Ernesto Gómez Cruz, termina diciendo: “Cuando yo me vaya, es una grato recuerdo que me voy a llevar. Toda la película es un recuerdo muy agradable”.

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