Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año V Número LVIII Agosto 2017

 

Editorial

El año avanza con desesperante rapidez. Muchas cosas quedan pendientes por hacer, y otras, las más apremiantes, son efectuadas antes de que sean olvidadas. Porque hay también montones de cosas que no han podido ser hechas. El ser esclavos del tiempo nos ha costado demasiado caro, mas ello no parece preocupar a nadie. Un problema del ser humano actual, es su aceptación de lo que hay. Ya nadie se rebela, ya nadie se opone, todo les parece que así debe ser.

Como en el caso del año escolar. Hace cinco décadas, en 1967, ocurrió en México un hecho fatídico, cuando se renunció al calendario en que normalmente íbamos a la escuela: de febrero a noviembre, con vacaciones intercaladas en mayo. Todo ello en aras de adecuarse a un esquema extranjero que no venía al caso, pero los políticos mexicanos suelen someterse a lo que los estadounidenses determinen. De modo que los meses en que se aprovechaba mejor la escuela en otras épocas, los de julio y agosto, se convirtieron en vacacionales, y esos días están perdidos irremediablemente. Aquella primera generación que sufrió el cambio, a la que pertenezco, fue obligada a cursar en cinco meses el sexto año de primaria, a toda prisa, para que en septiembre ya estuviéramos en la secundaria. Desde ahí se implantó como doctrina educativa oficial la de no aprender nada, por no haber tiempo de nada.

Y los mexicanos jamás renunciarán a sus días feriados, a su Semana Santa tan más no-santa (sólo deberían celebrarla quienes creen en lo que dicen creer que se conmemora, y los demás estamos exentos de considerarla), a sus días del padre, la madre, el maestro, el compadre, el padrino, días en que el peso de la publicidad comercial agobia los sentimientos, que suelen ser tan blandos entre nosotros.

En agosto no hay nada que conmemorar. Sin embargo, lo hay, el día primero, que es el cumpleaños del Diablo, y no veo ni al Puerto de Liverpool ni a Sears lanzando ofertas al respecto para celebrar a quien tanto le debemos. ¿Qué? Si no existiera él, la vida con Dios sería muy aburrida. Es el hecho de que exista lo contradictorio, lo paradójico, lo que hace divertida la existencia, a pesar de las autoridades que se empeñan en hacernos difícil la vida con sus, esas sí, malignas intenciones de destruirnos la ciudad, la salud, la tranquilidad. Pero si celebramos al Diablo, nos damos cuenta de que hay alguien que nos aconseja no estar de acuerdo con nada de lo que es aceptado. Para empezar, no estar de acuerdo con el tiempo, como dijimos al principio, que transcurre con rapidez, pues, aunque la vida ya por sí misma es muy corta, la autoridad nos la abrevia más con sus cambios de horario y de calendarios.

Loki Petersen

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