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Ciudad de México Año V Número LVIII Agosto 2017

 

Muñeca Katrina
Luciano Pérez

Dicen que los ruiseñores cuentan cuentos de hadas. No hay por qué no puedan hacerlo también, entonces, las lechuzas, o las urracas ladronas. Un cuento de hadas es para siempre, así que los muertos pueden disfrutarlo, y muchos de ellos aparecen a veces afuera de sus tumbas para escuchar el cuento de boca, o de pico, de un ave de mal agüero. Y si algún ave es en extremo infausta, lo es la urraca, que se para burlesca cerca de donde los cadáveres toman el aire de la noche, y comienza ella a contar su cuento: “Había una vez una muñeca con mueca macabra llamada Katrina…”

La fábrica de juguetes TRISSSTEZA lanzó al mercado una nueva compañera para las niñas del mundo. Sólo que esta vez ella, la muñeca, no traía en su rostro una sonrisa amistosa, ya no digamos amorosa, sino más bien una sonrisa burlona, quizá despiadada. A pesar de que los sicólogos que asesoran a la empresa lúdica recomendaron que no se la sacase a la venta (“¡Provocará pesadillas!” “¡Muchas inocentes no se recuperarán jamás de la impresión!”, argumentaban), el dueño de TRISSSTEZA estaba decidido a sacarla. ¿Por qué? Porque contrajo una deuda de honor, o mejor dicho de horror, con la señora en la que se inspiró el diseñador juguetero para crear a la muñeca Katrina. Porque ésta y aquella mujer tenían la misma cara.

Sentada ante su computadora, la dama sesentona escribía guiones, argumentos y tramas (traumas) para telenovelas de éxito. Todas eran historias tiernas, dulces, llenas de amor y consuelo. Se vendían de inmediato, se producían y grababan al instante, se proyectaban cuanto antes. Los magnates televisivos estaban encantados con los productos de esta señora, quien quería dejarle al mundo un legado de bondad y hermoso corazón a través de sus personajes llenos de romance: muchachas encantadoras, hombres de juventud imperecedera, y escenas de lágrimas pronto convertidas en juramentos leales y legales ante el altar de Dios. Y todo terminaba así: “Una vez casados, fueron felices para siempre”. Al escribir esta frase de remate en la pantalla de su computadora, su autora estallaba en horripilantes carcajadas, encendía un cigarrillo de olor penetrante, e imprimía el texto en hojas color de rosa.

Esta señora era asimismo maestra en una escuela para niños, donde enseñaba teatro. Siempre traía consigo en su bolso una especie de varita mágica. ¿Para convertir en ranas a los alumnos? No, sino para pegarles cuando no pronunciaban bien su parlamento, o no se movían en el escenario con suficiente elasticidad. Con mueca sangrienta, nada la detenía cuando se trataba de lastimar a un niño o niña que no actuaba como ella quería. Lo malo es que también golpeaba, y quizá más, cuando los niños hacían bien su trabajo actoral. El padre de una chica de once años que aspiraba a ser actriz, sabía que su hija poseía grandes cualidades para ello, y en verdad que era cierto, por eso se asombró de que la niña se quejase de que la maestra no la quería, y que le pegaba por cualquier cosa, fuera bien o mal hecha. El señor, dueño de TRISSSTEZA, se decidió a hablar con la profesora, para pedirle que ya no golpease a su hija, y que le diera a ésta una buena recomendación para actuar profesionalmente. La mujer, con semblante de sarcasmo, aceptó una cosa y otra, siempre y cuando él fabricase una muñeca con el propio rostro de la maestra.
“Sé que estoy hecha para ser muñeca”, dijo ella, “y exijo que además lleve mi nombre”. Así fue como Katrina sería producida, y el diseñador de juguetes de TRISSSTEZA le tomó diversas fotografías a la cara de la mujer para elaborarla. En adelante, la niña ya no sería tocada por la varita mágica; y es más, aparecería en un papel interesante en alguna de las telenovelas escritas por la señora. El padre de la actriz infantil quedó encantado, y urgió a sus empleados a poner empeño en la venta de la muñeca. Ah, porque además había que darle un buen porcentaje de lo que se vendiera a Katrina, la de verdad. De esa manera fue como llegó a las jugueterías del país, y de otros países, la muñeca de mueca macabra, idéntica a la original. La campaña publicitaria fue en grande, para lo cual se contrató a un experto, quien redactó spots impresionantes.

“¿Quién no quiere ser como Katrina, la muñeca fina?”, decía uno de los anuncios. “¡Sonríe como ella y nunca te arrepentirás!”, proclamaba otro. Sólo que muy pocas niñas quisieron adquirir la muñeca, porque les causaba espanto. Y como las ventas fueron muy bajas, y las tiendas devolvieron en gran cantidad las piezas que no se vendieron, Katrina montó en cólera, y en pleno set de grabación, con su varita mágica, golpeó sin piedad a la niña actriz, gritándole: “¡Tú tienes la culpa de todo! ¡Seguro que hiciste lo posible para provocarle mala suerte a la venta de mi muñeca, con la mirada de tu rostro bobalicón!”

Entonces, miles de muñecas estaban almacenadas, y como nadie las quería, al dueño de TRISSSTEZA no le quedó más remedio, con anuencia de la señora, que donar todas como caridad para los eventos del Día del Niño. “¡Mi día favorito!”, exclamó Katrina, quien de inmediato se hizo presente en diversos teatros y escuelas para ver cómo se repartía gratuitamente la muñeca. Mientras fumaba con empeño, con lentes oscuros y vestida toda de blanco, daba fe de cómo las niñas recibían de regalo a … la señora misma. No les quedaba más remedio que aceptarla, pero muchas ya tenían la idea de arrancarle la cabeza y ponerle en su lugar una de la Wonder Woman o de la Scarlett Witch. A Katrina le pareció que se había ganado por fin el cielo al verse ella misma distribuida entre tantas niñas. Dentro de lo más profundo de sí pensó: “Y tuvieron su muñeca Katrina, y fueron muy felices para siempre”.
Pero la niña actriz no estaba conforme, y supo que tenía que hacer algo para impedir que Katrina continuase escribiendo sobre amores bonitos y parejas inmaculadas. Así que la siguió hasta su casa y logró meterse a su jardín, donde ella tomaba el fresco cada noche pues no podía dormir por elaborar mentalmente, caminando y fumando con afán, escenas románticas para sus telenovelas. La niña traía puesta una máscara de calavera, de las que se venden para la noche sagrada del Halloween, y saltó en la oscuridad al paso de Katrina, gritándole: “¡Soy la Muerte y vengo para llevarte conmigo!” La mujer, que ya se había tomado varias copas de brandy para relajarse, se asustó al principio, pero luego decidió aceptar su destino, así que le contestó esto a “la Muerte”: “¡Llévame pues, que ya estoy cansada de escribir ridiculeces!” La niña la tomó de la mano y juntas salieron a la calle oscura, y caminaron varias cuadras hasta llegar al cementerio. “¿Cómo vamos a entrar ahí?”, le preguntó Katrina a la pequeña Muerte. Y ésta le respondió: “Saltaremos por donde pasan los gatos”. Así lo hicieron, pero como Katrina se tambaleaba por el alcohol consumido, no pudo agarrarse bien de los ladrillos del muro y fue a dar al suelo, partiéndose el cráneo.

A la mañana siguiente la hallaron muerta los empleados del panteón. Traía puesta una máscara de calavera, lo cual intimidó a los señores, y éstos se comunicaron con la policía para que viniesen a investigar. Cuando los agentes le quitaron la máscara, vieron que el rostro de la señora Katrina se había hecho dulce y bondadoso. “¡Es como una muñeca!”, dijeron con asombro. Y en todo el país se le hizo un sentido homenaje a la escritora de telenovelas, señalándose en los medios que aún en la muerte estuvo ella dedicada a llevarle felicidad al mundo.
“¡Oh, urraca ladrona! ¿Cuál es la moraleja de este cuento de hadas?”, preguntaron los muertos, un tanto desconcertados por ese final feliz, en vez del truculento que esperaban. “Que no hay muñeca buena ni mala, al final todas se rompen la cabeza, y colorín colorado”, respondió la urraca con una mueca más macabra, sangrienta y burlona, que la que la propia Katrina sería capaz de expresar cuando concluía sus historias de telenovela con la ternura de los enamorados al besarse ante el altar de Dios.

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