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Ciudad de México Año V Número LX Octubre 2017

 

Charlas sobre el Diablo
Martín Lutero

El más grande castigo con el que Dios puede afligir a los malos, es cuando los entrega a Satán, quien, con el permiso de Dios, los mata, o los hace sufrir grandes calamidades. Muchos diablos hay en los bosques, en las aguas, en el desierto, y en lugares oscuros y cenagosos, listos para lastimar y perjudicar a la gente; algunos están también en las gruesas nubes negras, así que causan truenos, relámpagos y tormentas, y envenenan el aire, las pasturas y los suelos. Cuando estas cosas pasan, entonces los filósofos y los físicos dicen que ello es natural, y se lo adjudican a los planetas, y muestran no sé qué razones para que haya tales infortunios y plagas...

El Diablo veja y maltrata a los que trabajan en las minas. Les hace creer a éstos que han encontrado buenas vetas de plata, y, cuando más trabajan y trabajan, resulta que no son más que ilusiones. Aun en pleno día, en la superficie de la tierra, el Diablo causa que la gente crea que han visto un tesoro, el cual se desvanece en cuanto lo tienen a la mano. A veces el tesoro es realmente encontrado, pero ello es por la gracia especial de Dios. Yo nunca tuve éxito en las minas, pero tal fue la voluntad de Dios, y estoy conforme...

El emperador Federico, padre de Maximiliano, invitó a un necromántico a comer con él, y por su conocimiento de la magia, el emperador convirtió las manos de su invitado en garras de grifo. El necromántico ya no pudo comer, pues avergonzado ocultó las garras bajo la mesa. Sin embargo, logró vengarse de la broma hecha sobre él. Al parecer ocurría un fuerte altercado en el patio, y cuando el emperador fue a asomarse a la ventana para ver qué pasaba, el necromántico, por medio de su arte, colocó grandes cuernos de venado en la cabeza del emperador, el cual se quedó atorado en la ventana y ya no podía regresar al comedor, por lo que para salir de este problema, tuvo que quitarle primero las garras de grifo al invitado. Me deleita el que un diablo moleste a otro diablo. Sin embargo, no todos tienen igual poder...

El Diablo me molesta y atormenta, pero le resisto con las armas de la fe. Sé de una persona en Magdeburgo, que se deshizo del Diablo escupiéndole, pero este ejemplo no puede funcionar siempre, porque el Diablo es un espíritu presuntuoso y no está dispuesto a rendirse. Corremos un gran riesgo cuando, al enfrentarnos a él, hacemos más de lo que podemos. Un hombre, bien apoyado en su bautismo, cuando el Diablo se le presentó con todo y cuernos, le arrancó uno de éstos; pero otro hombre, de menos fe, cuando quiso hacer lo mismo, el Diablo lo mató...

No debe sorprendernos el que el Diablo le tenga un odio tan furioso a la humanidad. Véase por ejemplo qué odio me tiene el príncipe Jorge, quien día y noche anda pensando de qué manera perjudicarme. Nada lo deleitaría más, que el verme sufrir mil torturas. Si tal es el odio de un hombre, ¿cuánto más será el del Diablo?...

Satán molesta y atormenta a la gente en todas las maneras posibles. A algunos los aflige cuando están dormidos, con pesados sueños y visiones, así que el cuerpo entero suda, con gran angustia en el corazón. A otros él los saca, dormidos, de sus camas y recámaras y los conduce a peligrosos lugares, así que si no fuera por los amorosos ángeles que los cuidan, se caerían y morirían. Los supersticiosos católicos papistas dicen que estos sonámbulos son personas que nunca han sido bautizadas, o que si lo han sido, el sacramento del bautismo les fue provisto por un sacerdote borracho...

La gente que entre los papistas católicos es poseída por el Diablo, no puede deshacerse de éste por más artes, palabras o gestos que los exorcistas usen; al Diablo no se le intimida con meras frases como “¡Sal de ahí, espíritu impuro!”, porque estos exorcistas no están conduciéndose correctamente, dado que sólo el poder de Dios puede tener efecto. El Diablo puede ser sacado, o por las oraciones de toda la Iglesia en conjunto, cuando los cristianos unen sus súplicas en oración, o por una persona que podría hacerlo y que debe ser de ánimo fuerte y de gran valor, muy seguro de su causa, como lo fueron Elías, Eliseo, Pedro, Pablo, etcétera...

La causa por la que mucha pobre gente en el tiempo de Cristo fuera poseída por el Diablo, fue que la verdadera doctrina estaba hundida y apagada entre el pueblo de Israel, salvo por unos pocos como Zacarías, Isabel, Simón, Ana, etcétera. Y yo creo que si los fariseos hubieran seguido gobernando, y si Cristo no hubiera llegado, el judaísmo se habría convertido en paganismo. Igual como, en donde hoy predomina el Papa, la gente entiende poco de Cristo y su palabra como si fueran turcos y paganos...

En los casos de melancolía y enfermedad, yo concluyo que son obra del Diablo. Porque Dios no nos hace melancólicos, ni nos aflige ni nos mata, porque Él es Dios de los vivos. De ahí que la Escritura diga: “Regocíjate y ponte de buen humor”. La palabra de Dios y la oración son remedio contra las tribulaciones espirituales...

Yo prefiero que me mate el Diablo, a que me mate el Emperador o el Papa. Porque así me mataría un verdadero y poderoso príncipe del mundo...

Soy un doctor en la Sagrada Escritura, y por muchos años he predicado a Cristo; sin embargo, hasta este día, yo no he sido capaz de echar fuera al Diablo, o de sacarlo de mí como quisiera. Ni soy capaz de abarcar a Cristo y tomarlo conmigo, como lo hago con el texto de la Sagrada Escritura que tengo ante mí, sino que el Diablo procura ponerme a otro Cristo en mi mente...

El poder que el Diablo ejerce no es mandado por Dios, pero Dios no le hace resistencia, y lo deja que haga estropicios, pero no más allá de lo que Dios mismo quiera, pues ha puesto un límite que el Diablo no puede traspasar. Cuando Dios le dijo a Satán, en referencia a Job, “Mira, lo dejo en tus manos, pero no lo mates”, el poder del Diablo es permitido por Dios, como si Éste dijera: “te dejo que hagas lo que quieras con él, sólo no le quites la vida”...
El Diablo tiene dos maneras de disfrazarse: o se aparece en forma de serpiente, para afligir y matar, o lo hace como tonto cordero, para engañar y mentir...

No podemos expulsar demonios con ciertas ceremonias y palabras, como Cristo, los profetas y los apóstoles lo hicieron. Todo lo que podemos hacer, en el nombre de Cristo, es orar a Dios, a su infinita misericordia, para que alivie a las personas poseídas. Y si nuestra oración es ofrecida con mucha fe, estamos seguros por Cristo de que será eficaz, y se superará la resistencia del Diablo. Pero nosotros, por nosotros mismos, no podemos expulsar a los malos espíritus, ni debemos intentarlo siquiera...

Las tribulaciones me son más necesarias que comer y beber, y todas ellas caen sobre de mí para que me acostumbre a ellas y aprenda a soportarlas. Si Satanás no me hubiera atormentado, no me habría convertido en gran enemigo suyo, ni habría sido yo capaz de combatirlo. Las tribulaciones nos abaten el orgullo, e incrementan nuestro conocimiento de los beneficios de Dios. Porque, desde el tiempo en que me vi en gran tribulación, Dios me dio la victoria para superar la vida confusa, maldita y blasfema que viví cuando estuve sometido al Papado. Dios dispuso las cosas de tal manera, que ni el Emperador ni el Papa fueron capaces de acabar conmigo, y sin embargo, el Diablo sigue viniendo hacia mí, para que pueda yo conocer la fuerza de Dios en mi debilidad...
(De “Charlas de sobremesa”, del doctor Martín Lutero, traducción del alemán y selección por Luciano Pérez).

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