Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año V Número LX Octubre 2017

 

Cinco recuerdos guarros
Hosscox Huraño


Nérida

En esta aridez no hay luna, sólo tú, que no eres luna, pero estás.
El sol ha quemado la neblina de los huesos y peinas tu cabello con las mentiras que te dije.
Me recuesto en la cama y me pregunto si aún estará húmedo tu coño, de cualquier manera ya no importa.


Raquel

Con tu voz amarilla decías que el amor sólo era el acuerdo tácito de dos miserables para lamerse las heridas. Yo lo creí siempre, y por eso nunca dejé de acariciarte el ano con la lengua.
No sé qué fue más hermoso, si tus huesos o tu pachequez desenfrenada. Recuerdo que brincábamos de azotea en azotea sólo para drogarnos sin fe y meternos los dedos por los ojos.
En una casa azul, donde había una maleza de huele de noche, siempre terminábamos tirados, absortos en el silencio y en la extrañeza del amanecer.
Alguna vez, cuando miraba fijamente la mugre de tus largas uñas, quizá se me ocurrió destazarte. Rebanar tus nalgas hasta que empezaran a chorrear grasa, sentir el ritmo vacilante de tu sangre inundando todo. Penetrarte mientras exhalaras lo que restaba de ti.
¿Sabes?, podría haber sido peor. Quizá se me hubiera ocurrido casarme contigo.


Rosa Icela

Escucho el taconeo por la escalera, la pestilencia anuncia que otra vez vienes borracha. Es inútil buscar algo a las tres de la mañana en tu arenosa mirada. Enciendes un cigarro y finges que lloras. Desnuda te recuestas en la cama, abres tus piernas como quien destapa un refresco. No te das cuenta pero aún escurre semen de tu vulva.
No tengo ánimo para arrancarte de cuajo la cabeza y patearla hasta el fastidio. Me quedo inmóvil, alejado, observando cómo te quedas dormida mientras hablas. La única certeza que tengo es que tus mentiras siempre son las mismas. En tus hombros se notan marcas de dientes que, sin duda, te dieron mientras te poseían. Tu respiración es torpe, fragmentaria, es claro que estás agotada.
El silencio es un tiempo lento que sólo es perturbado por el ruido que hacen las ratas en el techo. Estoy confuso y no se cómo desaparecerte. Ojalá te murieras sólo así, con pensarlo.
Sin embargo te miro como si hoy estuvieras espléndida. Estas tan intoxicada que no sientes cuando te meto la verga en el culo, quizá gruñes un poco al principio, pero no te importa demasiado. Jamás pensé qué el deseo, sometido por la humillación, podría llegar a ser un cíclope tocado por la melancolía.


Mona

No hay nada helicoidal que escape a la turbulencia que provoca tu aroma.
Tu sombra acurrucada en lo alto de la cama me hace pensar en tu santidad, tan clara y frenética como las cucarachas que viven en el fondo de la estufa.
Me gusta arrastrar tus recuerdos. Morder imágenes de cuartos de hotel donde nunca estuve contigo. ¿Cuánto semen habrás tragado ya? ¿Realmente fueron magníficos aquellos orgasmos etílicos, donde se confundía la espuma del espermaticida con la de la cerveza?
Creo que he contado quinientas veces los pliegues de tu ano y sigo preguntándome cuál es el punto que me ha hecho un adicto a tu carne.
Aunque hemos caminado juntos por la calle y a veces arribes a mis sueños, siempre te miro como a una desconocida, me gusta oírte hablar porque nunca entiendo nada, es mirar signos criptográficos en un muro de adobe. Sólo el sabor de tus secreciones me hace conjurar esa cómoda amnesia.
Mirando el pelo que te crece en las axilas, recuerdo que estoy perdido. Pienso luego que quizá eres tan agria como una abuela que se murió porque no podía cagar.


Norma

Recuerdo que tus manos negras tocaron mi nuca, mordí tu cadera y lentamente metí mi dedo entre tus nalgas. Ya me había venido en tu boca mientras reías.
De tu olor se desprendía la tarde en que cogimos por última vez y, adivinándolo, me tragué tu mierda y lloré un poco.
Eras una enana perfecta: tus ojos extraviados y tu cerebro convertido en un puro coño, eran el antídoto ideal contra ciertos amores desdichados.

Regresar