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Ciudad de México Año V Número LX Octubre 2017

 

El gnomo malo
Luciano Pérez

Soy el gnomo que mató al emperador. No fue culpa mía, porque ¿a quién se le ocurre meterse a un bosque profundo, donde cualquier cosa puede suceder? Y ahí estaba yo, trabajando entre los árboles, tallando hermosas figuras de muchachas asmáticas. Logro venderlas en los mercados de Viena, donde me las compran doctores locos, que las utilizan para ceremonias iniciáticas que no viene al caso explicar, pues después de todo no me conciernen. Me las compran y no se diga más.
Estaba yo, entonces, en el bosque, empecinado en mi trabajo, cuando llega un hombre ya no muy joven, lleno de soberbia, exigiendo mi pronta ayuda para sacarlo de este lugar, porque se había extraviado. Claro está que me negué a ayudarlo. ¿Por qué habría de hacerlo? Le dije: “Así fueses el emperador, no estoy obligado a sacarte de aquí”. Él, enojado, pues efectivamente era el emperador, sacó su espada y se dispuso a atacarme. No lo hizo, porque me eché a reír, con esas carcajadas siniestras que tenemos los gnomos y que meten pánico en el corazón de quienes las oyen. Al oírme, se le cayó la espada. Le dije:
- Aunque fueras el rey de amarillo, no te sacaría sano y salvo de aquí.
- Pero no soy un rey, sino de un rango más alto: ¡soy emperador! -, me respondió, todavía sin reponerse del susto.
- Pues si viniste al bosque a buscar a Blanca Nieves, ella ya no está viva. Fue mi esposa y murió de parto hace años.
- No, yo no vine por Blanca Nieves.
- O si es por la Bella Durmiente, te diré que ella fue mi cuñada. Se casó con mi hermano, un gnomo más malo que yo. Y ella resultó ser aún más mala que él, así que lo abandonó y se fue de puta a los cabarets azules de Berlín.
- No vine por ninguna de ellas. Ni siquiera sé por qué estoy aquí. Sucede que perdimos el camino y de repente mis cobardes guardias huyeron.
- Tal vez vieron a mi amigo el Dragón Chiflado.
- El caso es que algo vieron y me abandonaron en este lugar, donde he caminado mucho y no encuentro la salida para volver a Viena.
- Ni la hallarás, nunca.
- Eres mi súbdito, ¡y te ordeno que me saques de aquí!
- No soy súbdito ni del rey de amarillo, el único al que más o menos respeto. ¿Por qué lo he de ser tuyo?
- El Imperio Sacro y Romano de los Germanos me pertenece.
- Pues a mí no, y no lo lamento.
- ¡Te ordeno, maldita sea, que me conduzcas fuera de este bosque! Tengo que volver a palacio, pues hay guerras pendientes, mis hijos están enfermos, y la emperatriz me aguarda con impaciencia.
- Vamos, no seas loco. Tómate conmigo una cerveza marca León.
- Oh, no, yo no bebo eso de protestantes, de luteranos malditos. Para mí sólo existe el vino de Borgoña, exclusivo para católicos de la nobleza.
- Oye, ¿eres o no un alemán? La cerveza te hará bailar, reír, fornicar, ¿entiendes?
- ¿Cómo te atreves a decirle eso al emperador? ¡Enano, arrodíllate, pídeme perdón, encomiéndate a Cristo, y sácame del bosque!
- ¡No soy enano, sino gnomo! El más pertinente de los seres fantásticos. Y tú no eres mi emperador, y tampoco creo en Cristo.
- ¡Un pagano, y en mi tierra! ¡Ya es suficiente con Lutero, como para que un bochornoso duende le falte al respeto no sólo a mí, sino a la religión!
- ¡Basta ya de gritos, señor! Me estás haciendo enojar y no tendré otra alternativa que matarte.
Los periódicos de Viena informaron con grandes titulares acerca de la terrible muerte del emperador, a manos del gnomo, que soy yo:
“¡ADIÓS AL KAISER! LO MATÓ UN DUENDE”, decía La Gaceta Austriaca.
“UN CUENTO DE HORROR EN LOS BOSQUES DE VIENA”, señaló con ironía La Antorcha Bienparlante.
“DOLOR PARA LA EMPERATRIZ POR CULPA DE UN SER FANTÁSTICO”, informaba hermosamente La Jornada Vienesa.
Dicen que los robots no matan, lo cual yo no creo. Pero todos aceptan la posibilidad de que un gnomo mate. Más tratándose de un gnomo malo como soy yo, malhumorado por culpa de un imbécil aristócrata educado entre algodones y pañales de oro. ¿Qué le costaba beberse una cerveza conmigo? El fanatismo religioso es patético, y de ahí proviene la muerte de muchos. Tomé la espada que el emperador había dejado caer al suelo, y con ella le atravesé el corazón varias veces. La sangre fluyó maravillosamente, esa sangre azul de los nobles austriacos que alguna vez se derramará también en México, cuando el sobrino nieto de este hombre al que maté sea el emperador no querido de los aztecas.
Poco después, vestida de negro, vino a buscarme la emperatriz. ¡Ah, qué hermosa mujer! Alta como la torre de Babel, blonda como las cigarras machacadas, blanca como las playas lunáticas. Además, sabrosamente bañada y perfumada. No lloraba. Se veía serena, aunque distante. Fría, pero conciente. Sin guardianes, quién sabe cómo logró internarse en el bosque y encontrarme. Tal vez le preguntó a mi amigo el Dragón Chiflado, que es un curioso y algo impertinente poeta. Seguramente él la guió, pues es muy galante con las damas. Algo le habrá escrito ya, pues pronto se impresiona, y en este caso no es para menos, para publicarlo en el anuario de Los Dinosaurios del Edén.
La joven señora se puso anteojos, quizá “para verme mejor”, y me dijo, con voz un poco ronca:
- No es mala persona tu amigo el dragón, si acaso extravagante.
- Adora a las damas, sobre todo si son como usted —, le respondí.
- El bosque contiene secretos profundos, y quise conocer el sitio exacto donde murió asesinado mi marido.
- ¿Para qué? ¿Para recordarlo siempre?
- Necesitaba ver no sólo el lugar, sino también al asesino, y a éste ya lo estoy viendo.
- Lamento decirle que no me apena lo que hice. No tiene nada de malo tomarse una cerveza.
- Ah, él aborrecía la cerveza, y sin embargo a mí me gusta.
- Entonces, emperatriz, ¿acepta beberse una conmigo?
- Vamos, adelante.
Saqué de entre mis cajas dos botellas negras, cerveza marca León, traída desde Baviera, que es tan católica como Austria. No hay borrachos luteranos o papistas; lo que hay es, simplemente, borrachos. Y he aquí que la hermosa emperatriz quiso beber conmigo el néctar místico de los germanos. Dijo ella:
- Con la cerveza conviene probar mariscos. Pulpo con arroz, de preferencia.
- A veces tengo en casa peces del Danubio para comer, pero hoy no —, le dije, con algún pesar.
- Sí, los mariscos van bien con la cerveza. Pero mi marido prefería asado de cerdo con vino francés.
- Su marido de usted era de lo más desagradable, por eso lo maté.
- Te entiendo, gnomo. Pero no te justifico, puesto que has dejado huérfanos a mis hijos.
- Cásese usted conmigo, y tendrá otros, y además registraré a nombre mío a esos hijos suyos que quedaron sin padre. Yo mismo perdí un hijo cuando se murió al nacer de mi esposa Blanca Nieves, también muerta.
- ¡Imposible que me case contigo! El arzobispo no lo permitiría.
- Matemos a ese señor. Lo conozco, ha venido por aquí en persecución de campesinas robustas para convertirlas en madres. Es fácil conocer a los niños que son hijos del arzobispo, porque todos tienen cara de diablos, y no sólo la cara.
- El arzobispo sabe latín…
- También yo, y además sé otras lenguas que él no conoce.
- ¿Cómo cuáles?
- La de los pájaros, que se aprende cuando uno se ha bañado en sangre de dragón.
- ¿Chiflado?
- Oh no, yo no le haría eso a mi mejor amigo. De otro tipo de dragón, fuerte y villano, gigantesco y criminal, con el estómago lleno de lumbre.
- Tu amigo me simpatiza. Es tan educado, y habla muy bien…
- Así es él. Pero no le crea mucho, no es más que una pose suya. En el fondo es muy desdichado.
- ¿Sufre?
- Por amor, ya sabe usted.
- ¿A quién ama?
- Yo digo que a nadie, pero él dice amar a una dama en especial.
- ¿Quién es?
- No sé cómo se llama, pero tiene pelo negro y padece asma y diversas alergias.
- ¿Dónde vive ella?
- En Mexicópolis.
- ¿Dónde queda eso?
- Es el reino azteca, el cual será gobernado en el futuro por unos primos de usted que todavía no nacen, llamados Max y su esposa Carlota.
- Sabrosa cerveza. Pero insisto en que requiere pulpo con arroz.
- Pulpos hay en el Mediterráneo. No en el Danubio.
- Bien, ya vi al asesino y tendré que irme, gnomo.
- Hey, ¿no quiere casarse conmigo?
- ¿Aceptarías a mis hijos?
- Ya le dije que sí, y por supuesto que le daré otros.
La emperatriz se quedó pensando, como haciendo cuentas. Después de todo, no tengo riquezas, pero si trabajo un poco más, en vez de hacer muñecas asmáticas y alérgicas de madera, encontraría oro en alguna mina todavía no detectada. Pero ella me dijo, incómoda:
- Gnomo, apenas te conozco. Y además, ¿qué diría mi gente al ver que me caso con el asesino de mi esposo?
- Dirían que no hay mejor pareja que una bella emperatriz y un gnomo malvado. Yo la nombraría a usted en adelante la emperatriz de Chichén Itzá.
- Estás loco, gnomo. Completamente loco. Tendré que matarte.
Sacó una daga que traía oculta en el pecho y me la clavó en el corazón. Desde entonces no sólo estoy enamorado de ella, sino que ya no la volví a ver, y mi corazón sangra copiosamente cada vez que la recuerdo. Me pongo a fantasear acerca de cuántos hijos habríamos tenido. Mi amigo el Dragón Chiflado vino a ayudarme. De hecho él fue quien con sus propias manos se hizo cargo de curar la herida, pues también tiene conocimientos médicos. Dijo él:
- Vivirás, viejo gnomo, pero el corazón está dañado para siempre.
- Dragón, ya no tallaré más asmáticas, sino emperatrices ebrias de cerveza, locas por los mariscos, y embarazadas por gnomos malos. Serán objeto de profanaciones.
- Los doctores vieneses te las comprarán con más gusto.
- Pero mientras tanto, moriré de amor.
- Haz lo que yo hago, escribe poemas.
- Escribir poesía no alivia al corazón.
- Entonces escribe historias de horror.
- Son las únicas adecuadas. Además, se supone que soy un desalmado. Cuando alguien como yo se enamora, se le exige odio. Pero yo no odio a la emperatriz, sino que tan sólo quiero saber cómo hubieran sido nuestros hijos.
- Igual dijiste cuando lo de Blanca Nieves…
El dragón tomó su laúd y cantó piezas beatles de colección para mi deleite. Cuando maté al insolente emperador, me sentí bien; cuando la emperatriz me quiso matar, me sentí mejor. O peor. Si los gnomos malos amamos, todo nos está permitido. Lástima que no tuve ese día pulpo con arroz a la mano. ¿Yo qué iba a saber que a ella le gustaba? La emperatriz habría caído rendida ante mis pequeños pies, con ser tan grandes los de ella. Cerveza habrá siempre de inmediato, pero ¿cómo adivina uno que se necesitaba pulpo con arroz para cierta decisiva ocasión? Los gnomos no podemos preverlo todo, aunque se diga que somos sabios.
Y si yo amo, ¿qué importa que la mujer que yo quiero me haya lastimado el corazón? Pero no sé por qué digo esto, que más parece propio de mi amigo el poeta Dragón Chiflado, quien por un beso de su amada asmática es capaz de cualquier cosa. Sólo que ella no come pulpo con arroz, sino comida cantonesa, que el dragón no sabe qué diablos es, ni yo tampoco. Ay de mi amigo si viene su musa, porque no tendrá él tal comida para complacerla. Vean lo que me sucedió a mí, un gnomo malo que ya no tiene posibilidad de que le nazca algún hijo. Y aún si naciera, no podría yo reconocer a ninguno que no hubiese procreado yo mismo con la emperatriz.
Estoy indagando cuál es la comida cantonesa. Uno nunca sabe cuándo se podría necesitar, así que debo estar, ahora sí, preparado.

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