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Ciudad de México Año V Número LX Octubre 2017

 

Ismael Rodríguez y su discurso de la resignación (1917 - 2017)
Tinta Rápida

No soy un admirador de la obra del director de cine mexicano Ismael Rodríguez, pero sin duda que con tan vasta producción, es imposible decir que no me gusta una sola de sus películas.

Difiero del gusto por los melodramas engolados que dirigía, y de la maniquea necesidad de presentar a la pobreza con toda la nobleza y abnegación con que los pobres soportan los avatares de la vida, que al fin de cuentas los van a redimir. Por supuesto, yo no soy admirador de la trilogía muy de corte alemanista (quien gustaba de impulsar a los creadores a presentar el folclore de la pobreza) de Nosotros los pobres, Ustedes los ricos y Pepe el Toro, ya que lleva esas consignas tan parecidas a las de la iglesia para domeñar a los jodidos.

Como todo director prolífico, su obra necesariamente tiene altibajos muy notorios; sin embargo cabe destacar que fue uno de los más importantes y sobre todo de los más rentables para la industria fílmica nacional en su famosa Época de Oro. Fue un director que tuvo el tino comercial y por eso se encargó de dirigir a los actores más representativos de la época como Pedro Infante, María Félix, Dolores del Río y Jorge Negrete, por ejemplo.

Las actuaciones requieren del ojo experto del director, que exige en demasía y corrige cuantas veces tiene que hacerlo para lograr una actuación perfectamente acabada. Es por eso que los actores de renombre buscan a directores experimentados para que saquen lo mejor de sus actuaciones. Y en el caso de Rodríguez no logra sacar siempre lo mejor de sus actores, y para ejemplificar usaré tan sólo dos botones de muestra: la muy famosa escena de Pedro Infante llorando la muerte de “el Torito”, en Nosotros los pobres, la cual es realmente una actuación demasiado artificial y forzada; la otra es cuando Pedro Infante, interpretando a Juventino Rosas, dirige a una orquesta para demostrar que la obra que le da nombre a la película (“Sobre las olas”) es de su autoría, que muestra una menos convincente actuación de Infante, quien en ningún momento parece director de orquesta.

Sin embargo, a fin de cuentas, bajo su dirección, el mismo Pedro Infante gana un Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín, por su actuación en Tizoc, de 1956. Y para resaltar más su importancia y buen oficio como director, su película Ánimas Trujano, de 1961, fue nominada al Oscar por mejor película extranjera (en la cual sólo reprocho su terquedad de dirigir al afamado actor japonés Toshiro Mifune, interpretando a un indígena mexicano, que a mi gusto resulta en desacertado experimento).

Así y todo, no dejé de divertirme con películas que para mi gusto cumplen con el objetivo de divertir como Los tres García, de 1946, Los tres huastecos, de 1948, y Dos tipos de cuidado, de 1952. En la primera haciendo mancuerna con Abel Salazar y Victor Manuel Mendoza, quienes logran de verdad entretener y hacer divertir a la audiencia, sin dejar de lado la memorable actuación de Sara García, que nos lleva de la risa al llanto.

La segunda, en donde Pedro Infante interpreta a unos triates de carácter muy disímbolo, pero físicamente idénticos (Lorenzo, el tamaulipeco, que es bronco y ateo; Juan de Dios, el potosino, el cual es cura de una parroquia; mientras que Víctor, el veracruzano, es capitán del ejército), y por supuesto que nadie puede olvidar la maravillosa y siempre recordada aparición de la niña María Eugenia Llamas Muñoz, la simpática “Tucita”. Y la tercera en la que se disfruta mucho las rivalidad entre Jorge Bueno (Jorge Negrete) y Pedro Malo (Pedro Infante), hasta llegar a la muy efusiva y celebrada discusión muy musical al puro estilo de una “topada” huapanguera, en donde ninguno gana porque por poco terminan en trompadas.

Pero de todas, las que más disfruté desde niño fue A.T.M. A toda máquina, de 1951, otra vez con Infante, pero esta vez acompañado de Luis Aguilar, quien interpretando a Luis Macías, al quererle echar la mano al vagabundo Pedro Chávez (Pedro Infante), se encuentra con un tipo marrullero y ladino que se muestra ventajoso hasta que todo desemboca en una casi sempiterna enemistad que los lleva al hospital después de una querella sobre las motocicletas del escuadrón de policía al cual pertenecen. Para culminar en un apretón de manos que sella, al menos eso parece, una amistad permanente. Y aunque no era la intención primaria del argumento, me gusta porque deja al descubierto la abyección humana, representada por la ingratitud del vagabundo, que lejos de agradecer el gesto humanitario, abusa de la bondad de Macías.

Sin embargo, pese a haberme divertido con algunas de las películas de Ismael Rodríguez (incluida su incursión en la época de la encueractrices, con Blanca Nieves y … sus siete amantes, en 1980), ninguna podría incluirlas entre una lista de mis favoritas, y mucho menos trascender como algo fundamental en mi memoteca fílmica.

En este 2017, justo el 19 de octubre se cumplen 100 años del nacimiento de este director de cine mexicano que pese a todo, no puede omitirse dentro de la historia del Cine Mexicano y sobre todo de su Época de Oro. Es por ello que no se podía dejar de lado esta celebración.

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