Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año V Número LX Octubre 2017

 

Perder
Adán Echeverría

Cuando Roberto Suárez atentó contra su vida, bebiéndose una botella de ácido muriático, no pensaba más que en los errores que había cometido, que lo cercaban a todas horas y parecían observarlo por los rincones con sus ojitos azules. Dejó de disfrutar las fiestas como estaba acostumbrado. Los errores aleteaban en su mente. Intentaba resarcir uno y atrás brincaba otro que le caía encima, como un furioso gato. Sus amigos cercanos tuvieron que darse cuenta, pero pensaron: Sabe lo que hace, seguro sabe en qué se está metiendo. El que se atrevía con un discreto No lo hagas, recibía un regaño: No vengas a decirme qué está o no está bien, eres el primero en disfrutar lo que te doy. ¿Cómo crees que saco para pagarte la ropa que traes puesta?
El truene con su novia, que dos meses después se casara con Martín Guzmán, amigo de ambos, tuvo que importarle a Roberto aunque dijera lo contrario. Algo se quebró en su interior, y no había forma de repararlo, ni de sumirlo en los desperdicios de su alma. Azucena era lo único incontaminable que le quedaba. La única que podía salvarlo de ese naufragio al que estaba corriendo con premura. ¿Para qué me engaño?, se sinceró de pie junto al estéreo de la sala de su casa, sosteniendo entre sus manos los papeles de la última auditoría. Esa tarde los había sacado de la oficina, a escondidas. El lunes comenzarán a preguntar por los resultados. No me presentaré. Tengo que buscar tiempo. ¿Dónde?
Acostumbrado a vestir bien, a gastar dinero sin medida, había tomando el dinero de la empresa donde se desempeñaba como administrador, pensando en reponerlo luego, pero los enredos de un alcohólico no tienen salida. Más si se ocasionan invitando y pagándole la fiesta a todos esos parásitos que siempre rodean a un hombre necesitado de amistades, y temeroso de la soledad.
Por el mismo problema de la bebida Roberto Suárez perdió a la chica. Azucena lo amaba, o al menos así lo creía; sin embargo, después de cada fiesta Roberto prefería mandarla a casa y seguir la juerga. Martín Guzmán llegaba a visitarla cuando Roberto se regresaba a la fiesta. Las pláticas se hicieron continuas, aprovechaban para salir a caminar por las tardes, cenar por las noches. De muchas fiestas Azucena, aburrida de verlo beber, se quitaba con Martín Guzmán. Incluso Roberto hablaba por teléfono a Martín para ver si le hacía el favor de pasar por su novia y así zafarse de ella.
Fiestas interminables, donde Roberto asumía los gastos. Le encantaba ser el centro de atracción, esa capacidad sin desenfado para soltar el dinero. Rodeado de amigos, de compañeros que disfrutaban con él. Necesitaba complementar una vida de miseria por la confusión de no poder identificarse con la doble moral de la sociedad a la que pertenecía, no podía hablar de sus preferencias. Odiaba tener conciencia y no era feliz con los recuerdos de hombres que lo poseían de la forma que su cuerpo necesitaba. Daba dinero para que lo quisieran, para que no lo abandonaran.
Y cuando estaba a punto de decidir mostrarse tal cual era, vino la auditoria. No tenía otra salida más que huir o enfrentar la cárcel. ¿Huir, adónde? “No tengo un solo centavo”. Se dio cuenta que la soledad era un monstruo enorme que se lo había tragado. Sentía estar habitando el estómago de algún dios enano, un dios fallado que no tenía más ganas que vomitarlo. Un dios disoluto y contrahecho que lo vomitaba para mirarlo y mofarse de él; le apretaba las piernas, le golpeaba la cabeza con un mazo pénico, le mordía la nuca: “Así te gusta, perrita, ¿verdad?, así te gusta que te tenga”. Un dios deforme y contrahecho, jorobado, giboso, de piernas cortas y con el miembro enorme, lo perseguía al cerrar los ojos, y habitaba la casa, paseándose a gusto por las paredes. Déjame en paz, decía Roberto acostumbrado a su presencia. Aventando los papeles robados a la empresa, quemándolos en un bol de porcelana donde acostumbraba preparar las ensaladas que tanto disfrutaban los amigos que venían a cenar. Déjame en paz, gritaba, dejándose caer en el sofá. El dios contrahecho se trepaba en el brazo del mueble: “Me das asco, niñita, todo lloroso y ridículo, nadie me quiere, nadie me quiere, me siento solo, me siento solo bu bu bu, me das asco”. Nunca estás sólo, imbécil, me perteneces desde hace mucho.
Cállate. Roberto iba del sofá al mueble del estéreo, se asomaba por las ventanas hacia la calle, corría hacia la recámara y de ahí a la cocina, para regresar al sofá. Cállate, maldito, cállate. En la mesa quedaban dos líneas de coca de la fiesta. Se inclinó y aspiró una. Echó para atrás la cabeza. El enano había desaparecido. Su voz aún flotaba sobre sus ojos. “Me perteneces, ja”, reía Roberto. “Qué bien, ahora vendrán las pesadillas a controlarme. Está en que lo permita”.
Se levantó y acercándose al estéreo subió el volumen. La voz de Ana Torroja inundó el espacio expulsando el residuo del dios enano. Roberto levantó el bol de porcelana y vertió las cenizas en el lavadero. Buscaba tiempo. El lunes comenzarán a preguntar por el resultado de la auditoría. Llamarán de nuevo a los auditores. “Van a buscarme. No tengo nada en las tarjetas. Necesito un préstamo. El banco no me dará crédito”. “Eres mío”, escuchó que cantaba una y otra vez Ana Torroja desde el estéreo. Y ahí estaba sentado en el sofá, el mismo Roberto frente a sí mismo. Se miró y dudó. Miró sus manos mientras enjuagaban el bol en el agua corriente.
Tocaban a la puerta, y el bol se cayó de sus manos rompiéndose al chocar con el suelo. Roberto se detuvo. “Siempre has sido mío, me perteneces”, se descubrió diciendo. El otro Roberto estaba ahora mirando por las cortinas hacia la calle. “Hey, tú”, dijeron los dos. Roberto caminó hacia sí mismo y se miró frente al espejo del baño. Lloraba, y se mojaba el rostro en el lavabo. La cruda y la mala noche comenzaron a reventarle las neuronas, los ojos nublados de lágrimas, mirando el espejo y el reflejo burlándose de su condición: “maldito contrahecho, maldito miserable, eres el que me está mirando, el que todo lo ve, eres tú, ¿Qué miras?”, decía a cada rato. Tocaban a la puerta pero no sentía deseos de conectarse con la realidad.
Era un pedazo humano. El timbre sonaba sin detenerse. Un zumbido se agigantaba, inundándolo todo. Irritado, el mecanismo eléctrico del anuncio de alguien en la puerta, le gritaba que abriera: “Abre, hijueputa”. Roberto imaginó que era la policía, que pronto lo tendrían en un cuarto oscuro, con barrotes de hierro y que la luz no lo tocaría.
Se miró vilipendiado por otros reos. Sabrían enseguida de su condición de tipo frágil. Él, que tenía tan buenas maneras, acostumbrado a ropas de telas preciosas, a vestir siempre a la moda, las mejores marcas, a gastar dinero a mano suelta, miraría los tatuajes en el torso de hombres sudorosos, de aliento pestilente que intentarían tocarlo al considerarlo mariquita, al mirarlo débil. Soy frágil, un tipo frágil que no sabe cuidarse. Se sentó de nuevo junto al retrete y abrazó sus rodillas. Se descubría junto a su cama king size de sábanas de seda, color vino, en su habitación, con el aire acondicionado a tope. Lloraba irritado, enojado con él mismo.
“Las cárceles no se hicieron para mí”, se dijo. Tantas equivocaciones. Dónde están los amigos. “Venderé la casa”. Qué sentido tiene. Quién putas toca a la puerta. ¿Será la muerte? Pensar en las horas perdidas, en las mismas torpezas, lo secuestraba a la realidad. “Me van a doblegar, no podré con la cárcel, soy un tipo frágil, me destruirán. ¿Soy un tipo frágil?”
“La culpa es de mi padre. Siempre exigiendo, gritando; noches enteras con la incertidumbre de si llega o no, para burlarse de mi, insultarme, para sacarme de la cama y subirme al carro rumbo al burdel, pagarle a ese espanto de mujer que se ríe de mi: no te haré daño, vamos a sentarnos un rato acá en la cama, llora si tienes ganas, le diré a tu papi que fuiste un tigre. ¿Quién estará llamando a la puerta? ¿Será la muerte?”
“¿Has venido por mí? Te esperaba”. La muerte pasó y se entretuvo mirando las fotografías colgadas en las paredes. Roberto repasaba los números de la auditoría. La muerte llevaba un sombrero estilo panamá. Tenía los ojos grises y la piel más morena de lo que Roberto podía aceptar. “¿Tienes prisa? Está foto me encanta”, dijo la muerte, en ella Roberto estaba con sus primas en un bar en la playa. “Te me escapaste. Pero todo tiene su momento. Ahora es tiempo de pagar”, y la muerte sacudía los brazos, burlona, caminaba dando aplausos y elevando las piernas bailando amaneradamente. “Me reiré de ti al final”, dijo Roberto de nuevo en el sofá.
Apuró la última línea de coca que le quedaba. “Puedes llevarme cuando quieras. Estoy tranquilo. Soy feliz y eso no te lo esperabas, ¿verdad, maldita puta?” La muerte caminó hacia donde estaba Roberto. Sus pantalones de lino blanco, y su filipina impecable brillaban con la luz que filtraba desde la calle. “Esta madre te matará, ja”, y reía golpeándose las rodillas, agitando los brazos y aplaudiendo. “Qué cosa es la muerte sino perderse en sí mismo”, le dijo mientras se revisaba las uñas de la mano derecha. “Ven. Acá está mi pecho”, jaló a Roberto, quien pudo darse cuenta que estaba hecho un ovillo a un lado del sofá. “Son estos mis labios, para besarte, puta maldita. No le diremos a tu padre, ja”, la risa rebotaba en las paredes. ¿Alguien intentaba abrir el portón de su casa? Ana Torroja había quedado muda. Roberto se acercó de nuevo al estéreo. Retrocedió algunas pistas. Los acordes de Mecano le hicieron despejarse un poco, y de nuevo Ana Torroja dijo las mismas palabras: “Eres mío, siempre serás mío”.
“Qué tal estuvo la noche”, decía su padre. “Chingón, ¿verdad? Acá sí saben atender a los clientes. Bueno, dime, la mujer me dijo que estuviste muy bien para tu edad”. Roberto no quería mirarlo. El sueño y la vergüenza eran mayores. “Nada de mariconadas, por favor, no soportaría tener un hijo puto”.
“Un padre endemoniado por el alcohol, que no quiso brindarme amistad más que desprecio, (no todos los hombres pueden ser padres, no todas las mujeres deben ser madres). No quisiste prestarme el carro, y bien que la hice cuando, después de robarlo, quedó destruido en aquel accidente ¿recuerdas?, huí dejándolo con las llantas para arriba. ¿No me corriste de la casa? ¿No tienes la culpa?, claro que la tienes, eres culpable de que fuera tan débil; tanto cuerpo, para guardar tan pequeño espíritu, todo me fue robado desde niño. Me robaron la inocencia en esos burdeles a los que me arrastrabas.
“Por eso caminé decidido hasta la carne del maldito vecino, ese mecánico que me obligaba a mamársela cuando jugábamos busca-busca en la calle, ¿y quién me protegía? ¿tú, padre?, que nunca estabas porque tenías otra familia. ¿Quién me defendió cuando a los siete años el mecánico me violaba a su antojo? ¿O era yo entregándome ante el primer amor? ¿Qué puede saber de amor un niño?
“Al principio me resistí, intenté decir no, lancé golpes, pero al final dejó de forzarme, yo iba feliz a visitarlo. Aunque me golpeara si se me escapaba un grito de dolor, iba a visitarlo para permitirle introducir su pene en mi boca. Tenía siete y él dieciséis. Se había dado cuenta de que era un chico frágil. Ahora es un estúpido pobretón y yo con harta lana. He pasado a verlo e invitarle alguna copa. Fingía no recordar lo que me hacía cuando niño, por eso le hice recordarlo, le toqué las nalgas, le toqué la polla sobre el pantalón, lo llevé a mi casa para mamársela, y el pendejo creyó que todo quedaría ahí, pero no. Él tal vez no lo recordara, no importó, yo si lo recuerdo, me daban ganas de matarlo, así que hice que el marrano me la mamara igual a mi, me daban ganas de destriparlo, pero sería yo el que caería a la cárcel. Me lo cogí al pendejo, pobre imbécil, alguna vez fue un joven atlético, ahora es un borracho sin pena ni gloria. La venganza es una zona recurrente.
“Ahora voy a prisión y cuántos estarán ahí descubriendo mi fragilidad, abusarán de mí. No pueden abusar de mí, nadie puede abusar de mí. Como tú, padre, con tus regaños, tu desamor. Padre es el que educa... Me fui huyendo de ti, del aprendiz de mecánico, de mi destino. Huí de tu malogrado cariño, del querer matarte como tantas veces soñé.
“Mis primas me dieron alojamiento, y Laura comprendió de inmediato quién era. Me mostró lo natural de querer a los de mi propio sexo. Ella es un hombre dentro del cuerpo de mujer; con ella y su hermana intenté ser el que siempre he querido. Del brazo de Ilka que sabía defenderme, de Laura, más femenina pero con igual capacidad de ligar chicas.
“Ellas lograron ser lo que querían. Yo nunca. Con ellas conocí a Enrique, el único hombre que ha sido tierno conmigo. Me hizo suyo, me acostumbró a su suavidad. Lo desprecié porque no me gustaba que me acariciara frente a nadie; Enrique fue sincero en la despedida: “No tienes el valor de dejarte amar”. Le grité que no quería ser un maricón como él.
“Acá si eres puto te crucifican, no puedes descubrirte en cualquier reunión social. Si eres maricón, tienes que ser ateo. Creo en Jesucristo, ¿y por qué me abandonas? Oh Dios, eres como todos, juzgas mis debilidades, mi falta de carácter. Sólo el alcohol me permite creer de nuevo, ¿será acaso el verdadero dios?, solo puedo tener estos momentos, esta alegría que me deforma el rostro ante el espejo.
“Quise amarte, Azucena. Pero cómo amar lo que no se desea; me acostumbré a la violencia de la carne. Te sentías incómoda cuando te llevaba al hotel, tus diminutos llantos luego de hacer el amor. Confesabas con el estúpido curita aquel que te pedía que nos casáramos. ¿Cómo alguien como yo va a casarse?, ¿qué sigue, tener un hijo al que le digan ahí va el puto de tu papá?, que le digan, yo me lo cogí.
“Ahí va el Cristo trepado en su escoba, juzgándome siempre, con su carita de mártir crucificado. Que fácil es dejarse matar y decir: “morí por ustedes”; ¿donde esta ese estúpido Dios del que hablan? Si dios fuera puto otra vida sería la nuestra. El cobarde se esconde arrepentido de la pendejada que hizo creando al ser humano. Maldita virgen que dejaste morir a tu hijo. Cobarde puta, cómo te atreviste; eres como mi madre, mientras a tu hijo le daban latigazos, y lo coronaban con espinas, a mí me atrapaba el hirviente desprecio de mi padre y me investían la túnica del maricón. Por eso me dejarán morir en mis orines”.
El timbre de la puerta volvió a escucharse, los gritos sacudían los cimientos. Martín Guzmán brincó el muro y tumbó la puerta de entrada con un mazo. Vio a Roberto convulsionar sobre un charco malva y el negro de sus humores, con los ojos desorbitados. Una botella de ácido muriático estaba derramada a un costado. Arrastró a Roberto como pudo hasta el carro. Los vecinos salían a la calle por el ruido, y se miraban unos a otros: “Acabaron las orgías”, dijo uno. “Mira a los dos putos, así tenían que terminar”, decía otra mujer mientras movía la escoba. “A ver si no se mueren. Sería lo mejor. No toques esa sangre podría tener sida”.

(Del libro “Mover la sangre”, 2016)

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