Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año V Número LX Octubre 2017

 

Medio milenio de la Reforma Luterana
Luciano Pérez

Cuando el 31 de octubre de 1517, hace quinientos años, el fraile agustino y profesor y doctor en teología Martín Lutero clavó sus 95 Tesis contra las indulgencias en la puerta de la capilla del palacio de Wittenberg, no pensaba que revolucionaría al mundo. Y sin embargo, sin saberlo, lo hizo. Él sólo quería reformar a la Iglesia Católica, para que ésta se condujera de acuerdo a la Escritura, y no por lo que el Papa y los Concilios dictaminasen, ya que uno y otros podrían equivocarse. Por lo tanto, nunca fue su intención acabar con el catolicismo, sino hacerlo más cristiano. Sin embargo, el Papa y sus altos clérigos se dieron cuenta perfectamente de lo que significaría dicha reforma de la Iglesia: el aniquilamiento de ésta.

Lutero es una de las grandes personalidades de la historia alemana, quizá entre las más características y atractivas, junto con Goethe y Nietzsche. Precisamente a partir de él es que Alemania se coloca por primera vez en el principal plano de los acontecimientos mundiales. Con su traducción de la Biblia fundó prácticamente la lengua alemana, hasta entonces desperdigada en multitud de dialectos: a partir de Lutero el alemán se unifica para ser un idioma que se habla y entiende entre todos los alemanes, no importa a qué región o religión pertenezcan. En ese idioma se desarrollarían prodigiosas literaturas y filosofías que serían el asombro del mundo.

Por supuesto que Lutero nunca tuvo tampoco la intención de crear un idioma para una cultura, aunque lo haya hecho. Todo lo que a él le interesaba concernía únicamente a lo religioso, a lo cristiano. Nacido en Eisleben, un pueblo de Turingia, el 10 de noviembre de 1483, en el día de San Martín, fue hijo de un minero con recursos, de modo que el padre pudo enviar a Lutero a la escuela, si bien no le gustó nada el que luego éste se hiciese monje agustino en el claustro de Erfurt. A diferencia de otros monjes, Lutero tomó muy en serio su condición, y se sometió al severo régimen disciplinario del convento; él por sí mismo, no porque se lo impusieran, pues ya para ese tiempo no se hacía tanto énfasis en las reglas monacales.
Además, el joven Lutero también tomaba en serio un libro que desde siglos atrás había perdido importancia para la propia Iglesia: la Biblia. Se empeñó en aprender hebreo para entender el Antiguo Testamento, algo que no era común. Y su griego no era el aristocrático de Homero o Platón sino el plebeyo del Nuevo Testamento (más tarde Erasmo de Rotterdam haría una edición confiable de éste, que fray Martín aprovecharía para su traducción). Se dio cuenta además de que la Iglesia se regía más por la teología intelectualista de Tomás de Aquino (es decir, de Aristóteles) que por la Escritura. Por lo tanto, Lutero se hizo ferviente antitomista, y para esto se apoyó fuertemente en el santo de su orden, San Agustín, quien hablaba más al corazón que al intelecto.
Sin embargo, seguía obediente a los mandatos católicos. Fue destinado a la universidad de Wittenberg, donde se hizo profesor y doctor en teología. Y ocurrió que en 1511 fue enviado, para asuntos concernientes a su orden monacal, a Roma, y quedó horrorizado con lo que vio: el Papa y los altos clérigos se habían vuelto paganos. Es que estaba ahí en plenitud lo que hoy conocemos como el Renacimiento. Aquí cabe recordar cómo se lamentaba Nietzsche, de que un humilde agustino se escandalizara al encontrarse en Roma con que los placeres y las alegrías de los viejos días grecorromanos habían vuelto, habían renacido (de ahí Renacimiento), y se prodigaban en las esferas eclesiásticas. El Papa era más entendido en la antigüedad grecolatina que en la Biblia, y el clero vivía en la riqueza y en la ostentación, dado a todo tipo de pecados. ¿Por qué, se pregunta Nietzsche, tuvo que llegar este entrometido de Lutero a estropearlo todo?
Porque entonces fray Martín se decidió a que eso tenía que cambiar, aunque de momento no sabía cómo. Y llegó la gota que derramó el vaso. De acuerdo a la doctrina católica, hay muchas almas en el Purgatorio, que sufren y necesitan salir de ahí; la Iglesia ofreció que, mediante un pago, llamado indulgencia, sería posible hacer más leve el sufrimiento del alma, e incluso sacarla del Purgatorio, si los pagos eran lo bastante sustanciosos. En Wittenberg se presentó un dominico llamado Tetzel, el encargado oficial de poner en Alemania a la venta las indulgencias, recabar el dinero y enviarlo al Papa. Indignado, Lutero escribió en contra de las indulgencias 95 Tesis, que clavó en la puerta del castillo de dicha ciudad, como ya mencionamos el principio. Fue su primer paso en la rebelión contra Roma. Todavía no rompió con ésta, sino que sólo pedía que la iglesia se ciñese a la Escritura, y era obvio que en ésta no se decía nada acerca de pagar indulgencias por las almas. Es más, la Biblia no hablaba de que hubiese Purgatorio, salvo un párrafo evidentemente apócrifo, carente por completo de inspiración divina.
Roma reaccionó, y ordenó a Lutero que se retractase de sus Tesis. El monje fue a Leipzig a defenderlas ante doctos enviados por el Papa, y la discusión terminó en empate. Lutero fue ahondando más en sus ideas, de tal modo que proclamó que la Biblia estaba por encima de lo que dispusiera el Papa; decir eso era imposible en esa época, y no cayó bien entre los clérigos, pero sí entre muchas personas, incluso príncipes. El emperador Carlos V, que no quería tolerar en sus territorios ninguna disidencia contra la religión católica, ordenó que se llamase al monje ante su presencia, en la ciudad de Worms, donde tenía que renunciar a todo cuanto había dicho, o atenerse a las consecuencias, que no podían ser otras que la de ser condenado y quemado.
Lutero no era cobarde. Hablaba fuerte y con sólidos argumentos, de modo que surgieron numerosos partidarios de él por toda Alemania, que ya estaban hartos de los curas. Entre ellos estaba su propio príncipe, Federico de Sajonia, quien no quiso que su súbdito fuese sin protección ante el emperador, y éste se vio obligado a conceder un salvoconducto, con el cual el agustino no podía ser maltratado y se le permitía volver a su ciudad. Carlos V aceptó a regañadientes, pues necesitaba a Federico para futuras batallas. Así que en 1520 se vieron frente a frente Lutero y el emperador. Este último era muy joven, y en ese momento su capitán Cortés estaba destruyendo a Tenochtitlan (que se rindió en 1521). Años después se arrepentiría Carlos V de no haber estrangulado a Lutero con sus propias manos ahí mismo, en Worms; pero no podía hacerlo, pues la sala estaba llena de alemanes que gritaban loas y ánimos al fraile rebelde.
Lutero fue muy firme ante el emperador y los enviados papales: no se retractaba de nada, a menos que, mediante la Escritura y la razón, se le demostrara que estaba equivocado. Pero la disposición pontificia era contundente: no había nada que discutir, sólo quedaba el sometimiento incondicional. He aquí lo que pontífices de nuestros días como Juan XXIII y Juan Pablo II lamentaron como una insensibilidad por parte de la Iglesia de entonces: Lutero debió ser escuchado y darle cauce a sus inquietudes. El que no se haya hecho así trajo devastadoras consecuencias: la división del mundo cristiano en católico y protestante.
A Lutero lo tuvieron en Worms de pie horas y horas y estaba sediento, y entonces un príncipe alemán le ofreció al monje una cerveza fría, que le cayó de maravilla. El poeta Heine ha recordado este hecho como uno de las actos de piedad más grandes que se han realizado. Sin decidirse nada, Carlos V acabó la reunión, y dejó ir a Lutero, sólo con la orden de no salir de los límites de la región sajona. Era un gran triunfo para el rebelde haber salido con vida de Worms. No obstante, Federico de Sajonia sabía del peligro que aún corría su súbdito, y le dio un lugar seguro donde refugiarse durante un tiempo, el castillo de Wartburg, donde se dedicaría a su célebre traducción de la Biblia original al alemán.
Por supuesto que el Papa no podía ceder nada, y proclamó primero la excomunión y luego la expulsión de Lutero de la Iglesia. Dejaba éste de ser fraile, y en adelante sólo sería doctor. Escribió tratados para defender sus ideas ante Alemania y ante el mundo, y se le dio la razón en muchas partes. Algo que en particular le preocupaba era el porqué la Iglesia se basaba más en las buenas obras y los méritos para la salvación, y no en la fe en Cristo. Es decir, que para el catolicismo bastaba con hacer el bien para que Dios lo recompensase a uno. Pero ese hacer el bien consistía en pagar diezmos y dar limosnas, en obedecer al clero, honrar a los santos y sus respectivas reliquias, y darle prioridad al Papa antes que a la Biblia. Lutero dijo que nada de esto tenía valor ante Dios. Pero es más, ni siquiera una conducta irreprochable y un corazón lleno de bondad bastaban, porque lo primordial era tener fe en que Dios nos concediese la gracia de su perdón. Ser bueno no garantizaba nada, sólo Dios sabe quién era digno de Él y quién no, al margen de cualquier obra que se hiciera.
Eso fue el golpe mortal a la Iglesia Católica, y Lutero se hizo de muchos amigos, pero también de enemigos. Erasmo fue muy amigo de Lutero, pero a partir de que éste quedó fuera del catolicismo, se distanció de él. Ya sin la posición eclesiástica, Lutero se casó con una monja, Catalina von Born, y tuvo varios hijos. Él era de carácter alegre, tocaba el laúd, cantaba, bebía y comía bien; después de la comida le gustaba hablar de sus temas favoritos, como el del Diablo. Y hasta su muerte en 1546 prodigó su palabra, en medio de los arduos problemas políticos y sociales de Alemania, como la guerra campesina, en la que desempeñó un polémico papel.
Surgieron nuevas iglesias, llamadas protestantes, en Alemania, Escandinavia, Países Bajos, Suiza, que se basaban en lo predicado por Lutero. Hubo nuevos reformadores, como Zwinglio y Calvino, que si bien traían otras interpretaciones de la Escritura, no hubieran logrado impulsar sus credos sin el ejemplo del célebre alemán. Y en eso consistió la revolución realizada por éste: en haber demostrado que era posible oponerse a una institución poderosa como la Iglesia Católica y poder vivir sin ésta. El catolicismo no se acabó, pero perdió todo el poderío que tuvo durante la Edad Media. Cierto, Lutero colocó en lugar del Papa como autoridad a la Biblia. Pero también ésta, dos siglos después del inicio de la Reforma, comenzó a ser cuestionada y llegó la secularización. Y hoy, que estamos libres de la Iglesia y de la Biblia, no podemos menos que recordar los 500 años de esa Reforma que, sin pretenderlo, inició el camino hacia nuestra liberación.

Regresar