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Ciudad de México Año VI Número LXII Diciembre 2017

 

Cuento cowboy de navidad
Loki Petersen

Billy the Kid estaba más loco que una cabra, y cuando se casó con Calamity Jane le platicó la verdad acerca de lo sucedido en El Álamo, de cómo Santa Claus venció ahí a Santa Anna y llegó a ser el rey de Texas. Una historia demente, propia para una honeymoon, sin lugar a dudas, pero que muchos vaqueros borrachos dan por válida; sobre todo en ciertos atardeceres de octubre y de noviembre, cuando el frío se apodera de los cuerpos y de los ánimos, y de melancolía se llenan los amargados corazones de los cowboys viejos, siempre pensando en la cowgirl que se les fue para siempre. A la cual consagran sus pensamientos alcoholizados, lacrimosos y todavía sin resignación. Y en medio de todo eso, mientras en la rockola canta la difunta Patsy Cline, sale a relucir, entre otras historias, la gesta de El Álamo, que según los cowboys no fue como lo han contado siempre los textos. Sino que se trató de un duelo entre santidades: Santa Claus contra Santa Anna. Así cuentan los borrachos, y nadie los puede rebatir.

Santa Claus nació en Vladivostok, un puerto de la Siberia rusa (porque hay la Siberia china, que de todos modos se anexaron los rusos). Sacerdote chamán, hechicero de ropas rojas y avezado a los climas fríos, Claus se perdió en la trayectoria de un viaje hacia Palestina, donde lo esperaban sus amigos los Reyes Magos para llevarle regalos al niño Dios. Pero Santa no llegó nunca, porque la estrella no lo guió bien.

Todo lo contrario, en vez de a Belén fue a dar al Báltico, donde los vikings lo consideraron la encarnación viviente del dios Odín. Y pese a que Santa les hizo ver que él tenía bien sus dos ojos, puesto que Odín es tuerto, no convenció a los escandinavos, quienes alegres y ebrios lo condujeron hasta Batavia (la actual Holanda), y ahí le regalaron un castillo junto al mar, cerca del dique rojo (Rotter-dam). Y ahí habitó el chamán siberiano, comiendo arenques y pescando campesinas holandesas, las más gordas del mundo, durante largos siglos.

Los chamanes viven mucho tiempo, así que Santa, luego de su largo periplo del Mar del Japón al Mar del Norte, no puso mayor objeción al destino y se quedó en Holanda, que fue donde realmente recibió el nombre de Santa Claus; porque antes de eso tenía un impronunciable nombre siberiano, que significaba algo así como Diablo. De ahí que cuando en mala hora llegaron los cristianos a los Países Bajos, algunos impertinentes sacerdotes se refirieran al obeso chamán como Satán Claus.

Sí, fue en Holanda (o más bien Niederland) que Claus engordó muchísimo. Ello debido a que se hizo devoto de la cerveza, la cual bebía en compañía de sus amigos el sabio Erasmo y el sabio Spinoza en diversas tabernas. No soltaba su Heineken en ningún momento. Y ya no hubo vikings, sino piratas holandeses, y luego comerciantes, y el gordo siguió ahí, perdiendo el tiempo en las borracheras y engordando más y más. Fue entonces que le dio la locura de ponerse a dar regalos el día de Navidad.

En el fondo se sentía culpable de no haber llegado a Belén a tiempo, así que el niño Dios se quedó sin recibir los obsequios que desde Siberia le traía Satán, es decir, Santa. Entonces, en una de tantas juergas cerveceras, una Navidad le dio por carcajearse estruendosamente, y sacó de su armario muchas cosas que ya no le servían, y salió a la calle a regalarlas a los transeúntes de Rotterdam.

Primero sorprendidos, se dieron cuenta de que Claus estaba ebrio, así que lo tomaron por el lado amable y le aceptaron los regalos. Y desde entonces, cada Navidad se hizo tradicional que el gordo loco y borracho regalase cosas. Que muy pronto ya no fueron sólo cosas viejas e inservibles, sino también nuevas. Que quizá tampoco valían mucho, pero Santa imprimía tanta felicidad a su manía de regalar, que la gente se sintió contenta. Y en años siguientes, las personas comenzaron a obsequiarse entre sí unas a otras cada Navidad, en homenaje a Satán, o Santa.

Y ocurrió pues que muchos holandeses estaban emigrando a Nueva Amsterdam, al otro lado del océano. Santa quiso irse con ellos, así que abordó un barco y llegó justamente a la futura N.Y., carente todavía de ese espectro estorboso llamado Estatua de la Libertad. No había nada en Nueva Amsterdam que augurase el esplendor babilónico que lograría después, ya con otro nombre y con autoridades que hablaban en inglés. A Santa no le gustó la ciudad, así que caminó más hacia dentro del territorio conocido como la Nueva Holanda (hoy Pennsylvania). Llamaba la atención con sus ropas rojas y grandes carcajadas, así como con su manía de dar regalos en Navidad. Sólo que en la América del Norte de entonces era necesario trabajar duro, o no se comía, y mucho menos se bebía, así que el chamán se hizo leñador. Y aún cuando llegaron los ingleses y desapareció Nueva Holanda, él siguió ahí, metido en los bosques, matando osos y venados; a veces bailando con las brujas de Maine y Massachusetts, a veces en conversación mística con los espíritus de sus colegas los chamanes pieles rojas.

Llegó la Revolución Americana de Independencia, y fue en ese tiempo que Santa vistió de azul, porque podrían confundirlo con los casacas rojas y dispararle. Una vez expulsados los ingleses, volvió a vestir de rojo. Vino Washington, luego Jefferson, después Jackson, y Santa quiso ir a un lugar más agreste, más salvaje, y eligió Texas como el apropiado. Y ahí, donde todavía estaban los mexicanos como amos y señores, éstos le decían también Satán en vez de Santa. No les era simpático a los de México, que se burlaban de él por ser tan gordo. Y si le reprochaban el ser además “gringo”, él les contestaba: “Yo no ser gringo, yo ser ruso”, y más se reían los empulcados. Porque el pulque corría entonces a raudales en Texas, pero Santa jamás toleró esa bebida, que aunque néctar divino no era recomendable para los devotos de la Heineken, ya que podría envenenarlos.

Y estalló la guerra. Los texanos se habían independizado, y el general y presidente de México, Antonio López de Santa Anna, no toleró tal infamia. La estrella solitaria tenía que defenderse de los mexicanos, y Santa Claus se alistó en las tropas rebeldes. El gordo vio ahí la oportunidad para vengarse de los “mexicans” burlones. El general Houston apreciaba mucho a Santa, así que lo mandó llamar para decirle: “Eres borracho, como yo mismo, y también valiente. Así que júrame que lucharás bravamente contra los cafés”. El gordo, riéndose como solía hacerlo, prometió luchar. Entonces llegó la noticia de que El Álamo estaba cercado. Houston le dijo a Santa: “No quiero ahí un Stalingrado, por lo tanto acude cuanto antes a El Álamo, y libera a nuestros soldados de las garras pulqueras de Santa Anna”. Santa Claus subió a su trineo tirado por renos, y salió hacia la fortaleza texana, llevando en vez de regalos gran cantidad de pólvora, petróleo y botellas. “Por algo soy ruso, así que les llevo cocteles Molotov”, dijo, riéndose.

Los guardias mexicanos, aunque lo vieron llegar y le dispararon, no pudieron atinarle. No porque, como en las películas de Hollywood, los héroes nunca son tocados por las balas, sino porque los cafés estaban tocados por el pulque, lo cual les impedía una visión clara y un tiro certero para acabar con Santa y su trineo navideño. Y como en Hollywood, los americanos cercados en Stalingrado, es decir, en El Álamo, recibieron felices la ayuda del gordo, y dieron gracias a Dios y a la patria estadounidense. Con el material explosivo traído por Santa, les fue fácil a Davy Crockett y a Davie Bowie rechazar al ejército de Santa Anna y derrotarlo. Incluso Claus pidió enfrentarse personalmente al generalísimo mexicano. Así fue. Y de acuerdo a lo que parecía un script hollywoodense, grotesco y nacionalista, el gordo venció en una lucha espadachina al que todavía no era cojo y lo hizo huir.
Todo San Antonio celebró la victoria de los patriotas gringos.

Sam Houston en persona condecoró con la estrella del Congreso a Santa. Pero éste, endiosado por el triunfo, quiso ser rey. Por lo tanto, se le dio el título, por lo menos honorífico, de rey de Texas. Se construyó pues un palacio en Dallas, donde vivió feliz largos años, hasta que fue asesinado en esa misma ciudad. De repente, un día de noviembre de 1963, se divulgaron panfletos amarillos que decían: “Santa Claus está en Dallas. Si lo ves, dispárale”. En realidad se estaban refiriendo al presidente Kennedy, y se utilizó la palabra clave “Santa Claus” para el asesinato. Entonces algunos texanos, tan dados a echar bala, completamente despistados, tomaron revólveres y rifles y fueron al palacio de Santa, tocaron la puerta, y al salir él, ahí mismo lo acribillaron.

Tal es la historia navideña que cuentan los cowboys alcohólicos, en un intento por olvidarse de la cowgirl que se les fue; y que es la misma historia, más o menos, que Billy the Kid le platicó a Calamity Jane, en su honeymoon, días o semanas antes de que Pat Garrett lo matase en un vulgar pleito de cantina.

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