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Ciudad de México Año VI Número LXII Diciembre 2017

 

150 años de la Escuela Nacional Preparatoria
Luciano Pérez

El 2 de diciembre de 1867 apareció un decreto del presidente Benito Juárez, quien acababa de triunfar sobre Maximiliano de Habsburgo, donde se planteaban los nuevos lineamientos de la educación mexicana, y se proclamó la fundación de una moderna institución educativa: la Escuela Nacional Preparatoria. El doctor Gabino Barreda fue puesto a cargo de la dirección de la misma, y el 3 de febrero de 1868 se iniciaron las clases. Antes del decreto hubo una comisión, encabezada por el propio Barreda (quien era médico personal de Juárez, y muy amigo del yerno de éste, el doctor Pedro Contreras Elizalde), la cual elaboró el proyecto de la mencionada Escuela, y hubo mucha insistencia por parte de dicho doctor Barreda para que la sede de ella fuese uno de los edificios más tradicionales de la capital mexicana: el del Colegio de San Ildefonso, y Juárez estuvo de acuerdo.

Cuando en el siglo XVI llegaron los jesuitas a Nueva España para incorporarse a la tarea de evangelizar a México, hubo necesidad de que tuvieran un edificio propio donde se formasen los futuros sacerdotes de la Compañía de Jesús. Se halló un sitio en pleno centro de la antigua Tenochtitlan, cerca de otros edificios en construcción (la Catedral y el Palacio Virreinal), y ahí sería puesto en pie el seminario, el cual llevaría el nombre de San Ildefonso (el santo español que se ocupó de defender en sus libros la santa virginidad de María), bajo cédula del rey Felipe III de 1618. Llevó años la construcción, que fue concluida en 1740. Por supuesto que a medida que el colegio se iba construyendo se efectuaban las labores educativas, y ahí se formaron connotados teólogos. Cabe decir que de San Ildefonso se pasaba directamente a la Real y Pontificia Universidad.

Sin embargo, en 1767 llegó el decreto real de la expulsión de los jesuitas, y el edificio de San Ildefonso fue convertido en cuartel. Por fortuna esto no duró mucho, y de nuevo volvió a ser escuela, siempre bajo control eclesiástico. Cuando llegó la República, luego del fiasco del imperio de Iturbide, el gobierno se apropió de San Ildefonso y el colegio fue dividido en tres secciones: la de estudios preparatorios (origen directo de la futura escuela de Gabino Barreda), la de jurisprudencia, y la de teología. La primera sección era el paso necesario para ingresar a alguna de las otras dos, esto es, para que el estudiante se convirtiese en abogado o en teólogo.

En 1855 visitó el colegio el ministro de Justicia e Instrucción Pública, Benito Juárez, siendo rector de San Ildefonso el licenciado Sebastián Lerdo de Tejada.

Aquél quedó con buena impresión del funcionamiento del plantel, excepto en lo referente a los estudios de teología. Juárez y Lerdo de Tejada se hicieron muy amigos, y hablaron de que sería conveniente que, paso a paso, se le fuese “quitando lo mocho” a San Ildefonso, y con el tiempo lo teológico tendría que desaparecer.

Lerdo de Tejada dio inicio al proceso de ir quitando las imágenes religiosas que abundaban en el colegio, y ordenó el cierre de la capilla. Pero llegó 1862, la invasión francesa, y Lerdo huyó junto con Juárez al norte del país, llevándose los archivos del colegio.

Éste siguió funcionando normalmente bajo Maximiliano, siendo rector el licenciado Joaquín Eguía Liz. Curiosamente, bajo el imperio continuó la tarea de desmontar “lo mocho” del colegio, de modo que los estudios teológicos fueron cerrados “por falta de alumnos”.

En 1867, con el triunfo juarista, fue posible hablar de que San Ildefonso se convirtiese en una nueva escuela. Lerdo ya no regresó a hacerse cargo, pues tenía aspiraciones políticas que en algún momento lo llevarían a la presidencia de la República luego de la muerte de Juárez, y que lo enfrentarían a Porfirio Díaz. Entonces se constituyó la comisión que mencionábamos al principio, integrada, además de por Barreda, por los doctores Pedro Contreras Elizalde (el yerno de Juárez), Leopoldo Río de la Loza, Alfonso Herrera, el ingeniero Francisco Díaz Covarrubias, y los licenciados Antonino Tagle (último rector del viejo colegio) y Antonio Martínez de Castro (ministro de Justicia e Instrucción Pública).

Barreda había estado largos años en París, donde fue discípulo del fundador del positivismo, Auguste Comte. De acuerdo a esta doctrina filosófica, el ser humano, para progresar, tiene que deshacerse de lo religioso y enfocar todas sus ideas y acciones de manera científica. Por lo tanto, la teología quedaría fuera por completo del proyecto del nuevo plantel. La jurisprudencia sería trasladada a otra escuela, y San Ildefonso sería dedicado en exclusiva a la preparación de los aspirantes a futuros profesionales de todas las escuelas superiores. Fue así que la primera sección del anterior colegio, la de estudios preparatorios, fue convertida en toda la escuela, que por eso mismo fue llamada Preparatoria.

A los preparatorianos se les enseñaría a pensar científicamente. El lema de la Escuela Nacional Preparatoria, que tantas generaciones vieron al entrar por la puerta principal, fue el mismo de Auguste Comte: AMOR, ORDEN Y PROGRESO. Hoy podemos cuestionar la enseñanza positivista, pero en aquel tiempo de la segunda mitad del siglo XIX pareció conveniente que se implantase, y sus egresados irían en los años por venir tomando el mando de la vida intelectual, cultural y científica de México (también de la vida política, cuando después de la Revolución concluyese la era de los generales e iniciase la de los licenciados).

Como la historia de la Escuela Nacional Preparatoria es muy larga, sólo nos ocupamos aquí de la primera etapa, correspondiente a la dirección de Barreda, de 1867 a 1878. Con un escueto discurso pronunciado en el patio principal de San Ildefonso, el director dio inicio a las clases el lunes 3 de febrero de 1868, con un total de 900 alumnos, 200 de los cuales eran internados. No fue fácil en los primeros años, y sólo la firme mano del doctor Barreda logró que la escuela no se cayese por falta de recursos (recibía fondos del gobierno, y había que estar tras de los altos funcionarios cazándolos), o por problemas administrativos, que había muchos. Por ejemplo, el del sostén de los 200 alumnos internados, que requerían de alojamiento dentro de la escuela y de alimentación. Por otro lado, los sueldos de los maestros y del personal en general, que Barreda, ayudado por su secretario Isidoro Chavero, procuró que se pagasen puntualmente cada quincena.

Hablemos un poco de lo que se enseñaba en la Escuela, y de su primer cuerpo docente. Barreda le dio importancia fundamental a la enseñanza de las matemáticas y de la lógica (él mismo dio clases de ambas materias, y publicó un texto de cálculo infinitesimal), que consideró imprescindibles para crear una mente totalmente científica, despojada ya de toda teología y metafísica. Las matemáticas se daban en dos cursos: primero aritmética y álgebra, y luego geometría y trigonometría. Además de Barreda, maestros de esta disciplina fueron Isidoro Chavero, Manuel Fernández Leal y Francisco Días Covarrubias. En lógica, estuvo el filósofo Porfirio Parra, autor de un útil manual, “Nuevo sistema de lógica inductiva y deductiva”, oficial durante muchos años en la Preparatoria.

Después venían en orden de importancia, la física y la química. La primera a cargo del doctor Ladislao de la Pascua, y la segunda del doctor Río de la Loza, los dos eminencias en sus respectivas disciplinas y autores de textos oficiales. La geografía fue enseñada en un principio por Ignacio Molina, y años después por Miguel Schulz. Y también estaba la gramática, y aquí Rafael Ángel de la Peña dio clases durante largos años (publicó en 1898 “Gramática teórica y práctica de la lengua castellana”, que dedicó al presidente Porfirio Díaz). ¿Y quién estuvo a cargo de enseñar literatura? Ni más ni menos que Ignacio Ramírez el Nigromante, el ateo por antonomasia. Juárez no lo quería, ni tampoco Altamirano, pero a Barreda le pareció esencial para San Ildefonso, y se autorizó su nombramiento. Sus clases estaban siempre llenas de jóvenes entusiastas e irreverentes.

En cuanto al latín, que por obvias razones había sido la disciplina primigenia desde los días del seminario jesuita, continuó enseñándose a pesar de las objeciones positivistas, con el licenciado José María Rodríguez y Cosío. Sin embargo, el latín ya no sería tan fundamental como sí lo fue la enseñanza de idiomas modernos. El italiano fue dado por Honorato Magaloni, el francés por Manuel López Ortiz, el inglés por James Simpson y luego Robert Heaven. Para el alemán, todo un genio lingüístico (¡sabía catorce idiomas!), Oloardo Hassey, quien también enseñaba griego en la misma escuela. Altamirano apreciaba mucho al profesor Hassey. Finalmente, la historia, con el famoso novelista Manuel Payno, autor de un “Compendio de la Historia de México”.

En noviembre de 1868 se aplicaron los primeros exámenes de fin de año de la escuela. Cabe notar que hubo un gran número de reprobados y de desertores, pero con los pocos buenos alumnos se fue integrando un grupo de gente valiosa. Muchos críticos no creían que la Escuela fuese a durar, pero lo logró. Con la muerte de Juárez en 1872, vino la presidencia de Lerdo de Tejada, quien no dejó de apoyar a su viejo plantel. Sin embargo, al llegar Porfirio Díaz a la presidencia en 1876, vio con desconfianza a Barreda por haber sido éste juarista, y vio la manera de quitarle la dirección de la Escuela, lo cual logró en 1878, cuando nombró al doctor su representante ante la Alemania del Kaiser. Después vendrían como directores Alfonso Herrera (1878-1885), Vidal de Castañeda y Nájera (1885-1901) y Manuel Flores (1901-1910).

En 1910 se creó la Universidad Nacional de México, siendo su rector Justo Sierra, el cual proclamó que la Escuela Nacional Preparatoria quedaba integrada a la Universidad, convirtiéndose en el paso fundamental para ingresar a esta última. Ello quedó refrendado cuando se convirtió en UNAM. San Ildefonso continuó siendo escuela, hasta que en 1981 cerró sus puertas para ser convertido en un museo muerto. El autor del presente artículo de homenaje, egresó de ese plantel, y no se siente satisfecho con que haya dejado de ser un recinto académico. Pocas veces he visitado el museo, pues no me siento bien de no ver por ningún lado a los bulliciosos estudiantes echando relajo y fumando incontables cigarrillos, con el texto de “Lógica” de Francisco Montes de Oca y el último long play de los Beatles en la mano.

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