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Ciudad de México Año VI Número LXII Diciembre 2017

 

Mujeres y amor en Stendhal
Loki Petersen

(Para conmemorar los 175 años de que falleció Stendhal, he rescatado estos viejos apuntes míos de hace décadas, de cuando, tiempos bravos y felices, no había computadoras ni celulares).

Julián Sorel, el héroe de “Rojo y negro”, quedó atrapado entre dos modelos de mujer, ante las cuales debe desenvolverse con pasión y constancia, con marcada preferencia hacia una, pero sin suficiente fuerza para abandonar a la otra. Ponemos así frente a frente a la señora Luisa de Renal, esposa del alcalde de Veriéres, y la señora Matilde de la Mole. La vida de Sorel se decidirá a través de la confrontación que en su ánimo entablan ambas damas.

Madame de Renal, diez años mayor que Sorel, lo contrata como preceptor de sus hijos. Sucede que se enamoran, y ella reflexiona: “¿Será posible que yo ame? Yo, una mujer casada, ¿estaré enamorada? Debo de estarlo, pues nunca mi marido me inspiró esa locura sombría, ese delirio que hace que no pueda alejar de mi pensamiento la imagen de Julián”. Así que se hace adúltera, y ambos son muy felices. Se lamenta ella de no haberlo conocido hace diez años, “cuando aún podía pasar por hermosa”; pero eso no podía ser, pues Julián era entonces un niño. Él admira con verdadero arrobo los sombreros y los vestidos de la señora: “¡cuántas veces abría de par en par el armario de triple luna, y permanecía horas enteras extasiado ante las galas allí reunidas!” Sorel contemplaba con fervor joyas, sedas y gasas, ante la complacencia de Madame de Renal.

En una ocasión enferma un hijo de ella, y la señora siente que es como justo castigo debido al pecado que ha estado cometiendo. Se dispone pues a dejar a Julián, con tal de que su hijo sane. Sin embargo, se lamenta la Renal de que Sorel no sea el padre de ese hijo: “¡Entonces no cometería un pecado horrendo amándole más que a mi propio hijo!” Le pide a Dios que la castigue, porque “yo soy la criminal, que amo a un hombre que no es mi marido”. En una ocasión corrieron el riesgo de que el esposo los descubriera, pero la señora reaccionó exitosamente. Sorel medita: “¡Perversidad femenina! ¡Por instinto, por placer, por afición, engañan al hombre!”

Julián se aleja, y la Renal se torna devota, arrepentida de haber amado. Él se traslada a París, a servir al marqués de la Mole. Ahí conoce a la otra mujer de su vida, a Matilde, de hermosos ojos azules y 19 años, e hija del marqués; comienzan a tratarse y probablemente a enamorarse. Piensa Sorel: “es hermosa, me encanta, me enajena. Será mía y huiré en seguida, ¡y desgraciado del que se atreva a molestarme en mi huida!” También Matilde está interesada en Julián, y cuenta con un buen conocimiento de pasiones literarias: ha leído a Manón Lescaut, a la nueva Eloísa, a Mariana Alcoforado.

Ha meditado bien estas lecturas, y quiere vivir una pasión semejante a la de sus heroínas, a como dé lugar. Todo esto está muy bien, pero si comparamos la pasión de la señora Renal con lo libresco de Matilde, encontramos a esta última prefabricada, artificial; Luisa sabía ser espontánea, naturalmente apasionada. De esto se da cuenta Sorel. Y ello se hace evidente cuando Matilde finalmente se le entrega: lo hace de una manera fría, de ningún modo como la Renal.

Matilde se vuelve altiva, insoportable, de tal manera que Julián está a punto de matarla , ante la grata sorpresa de ella: “digno es de ser mi dueño quien estuvo a punto de matarme”. Pero después de unos días de reconciliado amor, la señorita de la Mole torna al orgullo y a la soberbia, ante la desesperación de Sorel. Quien, desde luego, se siente atraído por esta loca: “¿cabe concebir mujer más arrebatadora?”

Es que Matilde es tan culta, tan elegante y hermosa; y tan voluble. Luego resulta embarazada, y el marqués solicita informes sobre Julián a la antigua patrona de éste, la señora Renal. Ésta da una información poco halagadora, lo que enfurece a Sorel: va a buscar a Luisa, y en plena iglesia dispara contra ella. Sólo la hiere, y él es detenido y encarcelado. Matilde se mueve por todos lados, tratando de lograr la libertad de Julián.

Pero éste ya se ha dado cuenta, por fin, de que en realidad ama a la señora Renal, y se lo dice a ésta misma, quien sorpresivamente lo visita en la prisión. Como las visitas de Luisa se hacen persistentes, los celos de Matilde se exacerban. Nada puede salvar a Julián y es condenado a la decapitación. En una escena truculenta y a la vez conmovedora, la señorita la Mole levanta la cabeza cortada de Sorel, y la besa en la frente. A los pocos días, la señora Renal fallece.

Atrapado entre dos pasiones, la roja y la negra, Sorel se sabía más inclinado al amor de la señora, porque era leal y tierna, pero no podía renunciar tampoco a la señorita Matilde, cuya inconstancia tanto lo llenaba de sufrimiento y desconsuelo. ¿Cuál es la lección, que la mujer madura es mejor amante? Puede ser, y muchas experiencias así lo demuestran. Mas tampoco cabe renunciar a esos diablos de muchachas, modelos de altivez y mala entraña, pero de alguna manera indispensables.

En “La Cartuja de Parma” aparece otro gran héroe stendhaliano, Fabricio del Dongo, quien también está atrapado por el amor a dos mujeres: la duquesa Sanseverina y Clelia Conti. Aquélla es madura, y ésta joven; de tal modo que la duquesa clama: “Y ahora, esta niña me vence. Nada más sencillo, tiene veinte años, y yo, alterada por los cuidados, enferma, tengo el doble... ¡Hay que morir, hay que acabar! ¡Una mujer de cuarenta años sólo vale algo para los hombres que la han amado en su juventud!” Es que Fabricio, a diferencia de Sorel, prefiere a la joven Clelia; pero aun así fracasa, porque al final se ve obligado a retirarse como monje cartujo, debido a la crueldad de la muchacha, que no quiso casarse con él, pese a estar enamorada.

Profundo y atinado conocedor de “esa enfermedad del alma llamada amor”, Stendhal escribió un largo y memorable ensayo sobre este tema, “Del amor”. Todo él está lleno de pertinentes y expertas observaciones sobre las mujeres de su siglo. “La mujer que, enamorada, encuentra demasiada felicidad en el sentimiento que experimenta como para poder fingir, aburrida de la prudencia, abandona toda precaución y se entrega ciegamente a la dicha de amar”... “Las mujeres prefieren las emociones a la razón; la causa es muy sencilla: como, en virtud de nuestras estúpidas costumbres, no desempeñan ninguna misión importante en la familia, no tienen que emplear nunca la razón, y no encuentran ocasión de experimentar su utilidad”... “Hasta los propios defectos del rostro de la amada, una marca de viruela, por ejemplo, enternecen al hombre enamorado; y si le sumergen en profundo éxtasis cuando (esa marca) la ve en otra mujer, ¿qué no será en su amada?” “Las mujeres, con su orgullo femenino, se vengan de los tontos en los inteligentes, y de las almas prosaicas, las de con dinero, en los corazones generosos. Hay que reconocer que es lindo el resultado”. Finalicemos con este desmoralizador apunte: “¿Cómo es recibida en sociedad una mujer de 45 años? De un modo severo y más bien inferior a sus méritos; a los veinte años se las halaga, y a los cuarenta se las abandona”.
Ya no hay espacio para tratar a otras mujeres stendhalianas, también interesantes. Tan sólo cabrá mencionarlas de paso: la extraña Amancia de Zohiloff, la increíble Vanina Vanini, y la curiosa madame de Chastellier.

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