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Ciudad de México Año VI Número LXII Diciembre 2017

 

75 años del fin en Stalingrado
Loki Petersen

Hasta antes de 1943, los mayores desastres de la historia militar habían sido las Termópilas, Cannas y Waterloo. Los tres fueron superados totalmente por una catástrofe mayor a todo lo conocido: la derrota alemana en Stalingrado. Después del intento frustrado de tomar Moscú en diciembre de 1941, pues las desastrosas condiciones climáticas (el peor invierno que ha habido en Rusia) impidieron que el ejército alemán lograse su objetivo, Adolfo Hitler ya no quiso intentar un nuevo ataque ahí para el siguiente año. Decidió que la guerra contra Rusia no sólo era política, sino económica, y que garantizar la posesión del petróleo del Cáucaso era más importante que la toma de la capital soviética.

En julio de 1942 se inició la nueva ofensiva alemana, esta vez en el sur de Rusia, con dos puntas de lanza, una dirigida hacia el Cáucaso, y la otra cubriendo el norte y avanzando hacia el río Volga. Esta segunda punta estaba a cargo del sexto ejército, al mando de su nuevo jefe (el anterior, von Reichenau, había fallecido), el general Friedrich Paulus, un excelente organizador y administrador, pero sin experiencia en combate, lo cual tendría malas consecuencias. Cuando a los burócratas se les da un mando, se ciñen escrupulosamente a las reglas y a las normas, así que carecen de audacia y de talento para tomar decisiones.

En los meses de julio y agosto el avance alemán fue exitoso. En el Cáucaso, a pesar de lo montañoso de la región, todo parecía ir bien. En el norte, Paulus rebasó el río Don y se dirigió hacia el Volga, y a fines de agosto se vio ante una ciudad grande que llevaba el nombre del dictador soviético: Stalingrado. Así cumplía su tarea de cubrir el flanco de las tropas del mariscal List en el Cáucaso, las cuales alcanzaron el monte Elbruz, ahí donde, según la leyenda, Prometeo fue encadenado por disposición de Zeus, y de donde surgieron los versos del poeta Hölderlin: “¡Pero yo al Cáucaso quiero ir!” Él no llegó, pero sus compatriotas lo estaban logrando.

En Stalingrado todo parecía más sencillo, y la aviación alemana bombardeó la ciudad y la dejó en ruinas. Entonces Paulus entró ahí, pero no contaba con la extrema resistencia soviética, ayudada precisamente por esas ruinas dejadas por el ataque aéreo, que permitieron agazaparse en ellas a los defensores. Esta vez los rusos, lejos de retirarse, se empecinaron en quedarse. Y aun cuando tres cuartas partes de la urbe estaban ya en manos alemanas, la otra cuarta parte seguía firme, junto al Volga, y a través de este río los rusos enviaron refuerzos y pertrechos que permitieron a la guarnición de Stalingrado resistir a los alemanes.

La enconada resistencia soviética en Stalingrado le pareció a Hitler un duelo personal contra Stalin, y le ordenó a Paulus que apresurase la toma completa de la ciudad, al costo que fuese. Entonces fue que durante los meses de septiembre y octubre de 1942 se desarrolló una sangrienta batalla callejera, en un grado nunca antes visto. En sótanos, fábricas, cañerías, edificios en ruinas, calle por calle, casa por casa, habitación por habitación, alemanes y rusos se atacaban con todo lo que tuvieran a la mano. Ya no sólo se disparaban o se arrojaban granadas, sino luchaban con palas, cuchillos, palos, tubos, lo que fuese. A veces se estrangulaban unos a otros.

Llegó noviembre, se acercaba el invierno, y la ciudad no caía. Todavía era tiempo de retirarse de ahí, pero Paulus decidió no incomodar a Hitler. Ni uno ni otro se percataron del plan que los rusos se traían entre manos; una gran ofensiva que tenía por objetivo atacar por dos flancos en las afueras de Stalingrado, y atrapar dentro a las tropas de Paulus. Para impedir el rescate de éstos, otro ataque empujaría hacia el Don a los alemanes y los haría retroceder. Y otro ataque más hacia el sur echaría fuera del Cáucaso a List. El 18 de noviembre de 1942 se inició la ofensiva rusa, que barrió fácilmente a los italianos y rumanos que cubrían el flanco norte de Paulus.

Paulus solicitó a Hitler le permitiera retirarse, pero ya parecía demasiado tarde, y de todos modos el Führer no autorizó. Y entonces la trampa se cerró en Stalingrado, cuando las dos puntas de lanza soviéticas se unieron el 23 de noviembre, quedando dentro del cerco 199 mil alemanes, que ya no tenían posibilidad de escapatoria, a menos que desde fuera ocurriese un intento de rescate. El cual se realizó, pero fracasó totalmente, pues los rusos estaban sumamente fuertes en tanques y artillería, y lograron evitar que el grupo Panzer de rescate se acercase siquiera a Stalingrado. El sexto ejército sería abastecido por vía aérea, pero los suministros no fueron suficientes. Muchos heridos y personal especializado requerido para otros frentes empezaron a ser sacados del cerco, pero con el gran riesgo de que los aviones fueran derribados, como en efecto ocurrió con buena parte de éstos.

El administrador Paulus se vio ante un gravísimo problema: municiones y provisiones se acababan, y la lucha en la ciudad fue más enconada que nunca, pues ahora los rusos atacaron por toda la ciudad y fueron empujando a los alemanes hacia el centro de ésta. Las bajas del sexto ejército fueron creciendo en forma aterradora, ya no sólo por el combate contra los rusos, sino también por el hambre, el frío y las enfermedades. No había otra alternativa que rendirse, pero Paulus no decidió nada, pues Hitler le había ordenado resistir hasta el último hombre, y para animarlo a esto lo ascendió a mariscal de campo. Y cuando los dos aeródromos alemanes cayeron en manos rusas, el destino de Stalingrado quedó decidido a favor soviético.

Llegó el nuevo año 1943, y la lucha seguía, con los alemanes más debilitados por la carencia de alimentos. El 8 de enero los rusos propusieron una rendición honorable a los sitiados, pero fue rechazada, pues Paulus, en vez de tomar la decisión por él mismo, le preguntó a Hitler si podía hacerlo, y la respuesta del dictador alemán no podía ser otra que la de resistir hasta el final. La agonía del sexto ejército se prolongó tres semanas más, y llegó el momento en que el propio Paulus tenía que hacer algo, pues ya su propio cuartel estaba siendo cercado. Solicitó a los rusos la rendición, y el 30 de enero de 1943 se entregó a ellos, y dio la orden a los 99 mil sobrevivientes de su ejército que se rindieran. Los alemanes se encontraban en una situación lamentable, con uniformes hechos harapos, cubiertos con mantas por el intenso frío, las botas destrozadas, sucios, demacrados, hambrientos, ninguna imagen ya del orgulloso ejército que había conquistado Polonia, Francia y los Balcanes. El ser hechos prisioneros no garantizaba nada, y gran cantidad de ellos murieron en el cautiverio. Sólo seis mil de ellos volvieron a Alemania después de la guerra.

Paulus fue llevado a Moscú, al cuartel de la NKVD para ser interrogado. Recibió buen trato, y los rusos estaban felices de tener a su primer mariscal alemán prisionero. Y él, desde la prisión, ahora sí se puso en contra de Hitler, y lanzó un llamamiento al pueblo alemán para derrocar a éste, y formó parte del Comité Nacional Alemania Libre, integrado por prisioneros de guerra que querían una nueva Alemania sin Hitler. Varios años después de concluido el conflicto, el mariscal Paulus decidió establecerse en el lado soviético, en la República Democrática Alemana, de la cual recibió una pensión y un buen lugar donde vivir (en Dresde) hasta su muerte en 1957.

Luego de la experiencia de Stalingrado, y visto que era imposible apoderarse del petróleo del Cáucaso, Hitler autorizó la total retirada alemana de aquí, que fue como una carrera de persecución, con los rusos siguiendo sin cesar a los que se retiraban, con la intención de hacerlos caer en alguna trampa, sin lograrlo. Stalingrado fue la primera gran victoria soviética, y llegarían más y más triunfos hasta que Berlín cayese. La pérdida del sexto ejército fue para los alemanes un severo golpe, tanto militar como moral, y aun cuando les fue posible disponer otra ofensiva (la última) en julio de 1943 con su ataque en Kursk, ya nada fue igual. A partir de Stalingrado, se supo que era posible vencer a Hitler, y los rusos ya lo habían vencido, mucho antes de que los Aliados angloamericanos se decidiesen a luchar en serio contra Alemania.

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