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Ciudad de México Año VI Número LXII Diciembre 2017

 

Tepito, el Barrio Bravo
(Primera Parte)
Luciano Pérez

Cualquier diccionario náhuatl-español nos indica de dónde viene la palabra Tepito, de “tepiton”, que significa: chico, pequeño. No hay que buscarle más por otro lado. Tepito era originalmente un mercado chico, ubicado en medio de dos importantes lugares del tiempo prehispánico: al poniente, Tlatelolco, con su mercado grande; y al sur, Tenochtitlan, la poderosa capital azteca, o mexica, como prefieren algunos. Al norte y al oriente todo era agua, el Lago de Texcoco. Y al ser mercado chico, en contraste (y en competencia) con el de Tlatelolco, por eso a Tepito se le llamó así; de manera que lo que en un principio era un adjetivo, se convirtió en un nombre propio.

Así que desde sus inicios, Tepito fue una zona de comercio. Pero como vendían barato, y de ahí el atractivo para muchos compradores, no se transformó, de momento, en un sitio de ricos comerciantes. Y de hecho fue ahí donde se dio la última resistencia contra el invasor español, por parte del tlatoani Cuauhtémoc, quien terminó rindiéndose en lo que hoy es la esquina de Granada y Peñón, al norte del actual barrio. Hay ahí una placa alusiva que recuerda el tristísimo hecho, ocurrido el 13 de agosto de 1521, por los días en que Martín Lutero en Alemania presentaba sus demandas contra la Roma papal al emperador Carlos V, el mismo en cuyo nombre Cortés destruyó Tenochtitlan.

A lo largo de los tres siglos de la Colonia, Tepito no perdió su espíritu nahua. De hecho fue un pueblo de indios, y todavía en 1851 era señalado como tal, como el pueblo de Tepito, según refiere Manuel Orozco y Berra en su libro “La Ciudad de México”, de 1856. Y seguro que los españoles hacían incursiones ahí para preñar indias, y fue así que surgió ahí un mestizaje que sin duda no podía enorgullecer a los futuros promotores del México mestizo. Porque lo que resultó fueron unos seres extraños conocidos como “léperos”, origen de la picaresca que ya desde entonces caracterizaría a Tepito.

Cuando la marquesa Calderón de la Barca visitó México en 1840, vio a esos léperos y la llenaron de horror, y así lo cuenta en su libro “Life in Mexico”. Dada la cercanía de Tepito con la capital de la Nueva España y luego de la República (una sola cuadra los separaba), esos personajes se metían a la ciudad. No eran precisamente limosneros, como otros que abundaban en la urbe, sino que a veces robaban (no mucho), o chantajeaban pidiendo dinero (como daban miedo, nadie les negaba algo, con tal de que se fueran), y en todos lados andaban echando relajo, emborrachándose con pulque y contando chistes groseros. Chuleaban a las señoritas y a las señoras, y éstas les decían “pelados”, y literalmente lo eran, pues iban tapados con una sábana vieja, debajo de la cual no había nada: pura piel, es decir, pelados.

No se bañaban ni traían zapatos, y su lenguaje estaba saturado de lo que después fue conocido como albur.

No todos en Tepito eran así, por supuesto, pues continuó el comercio. Durante la Colonia los indios no podía entrar a la capital, pero los léperos se deslizaban a pesar de la vigilancia. Al no ser totalmente indios, no se sabía qué hacer con ellos. Pero los indios continuaron en el pueblo tepiteño, hasta que ya a mediados del siglo XIX, el gobierno decidió extender la ciudad de México, y para ello les pareció necesario transformar el pueblo de Tepito en barrio. Se hizo de manera cruel: simplemente se expulsó a los indios, se les despojó de sus tierras, y empezó la urbanización.

Como los ricos no querían establecerse en Tepito, fue barato vivir aquí, de modo que se llenó de gente de escasos recursos, que venían de otros lugares de la ciudad y también de la provincia. Para ellos fueron construidas las vecindades, que muy pronto quedarían ruinosas. Y aunque el elemento lépero, pelado, teporocho y “borra-chico” (roba-chico) siguió imperando en el lugar, en éste también había gente trabajadora: además de los comerciantes propiamente dichos, hubo zapateros, carpinteros, albañiles, plomeros, talabarteros, con sus puestos y talleres en diversos sitios del barrio, y que solían ser muy solicitados porque cobraban más barato que los demás de la capital. Pero lo mismo entre los que trabajaban como entre los que no, la embriaguez fue algo común y corriente, de modo que en Tepito abundaron las pulquerías y las cantinas; y así fue hasta que a fines del siglo veinte desaparecieron.

Por supuesto, había muchos rateros, pero laboraban en otras partes de la ciudad. Pero era arriesgado para alguien de fuera entrar a Tepis (así se le dice al barrio de manera afectuosa), sobre todo si tenía traza de catrín; hay un grabado de Posada que muestra cómo en Tepito un tipo bien vestido es despojado de todo por una turba de desarrapados. Y como en Harlem y el Bronx, la policía se negaba a vigilar el barrio, como hasta la fecha. Nadie estaba seguro, excepto los que vivían ahí (en años recientes ha cambiado la situación, pero sobre esto más adelante). Los pleitos en las vecindades o en la calle eran muy frecuentes, de hombres contra hombres, de mujeres contra mujeres, y de niños contra niños. Pero a este respecto había un código de honor: no era válido echarse en montón, ni de uno más grande contra otro más chico. Esto ya no existe más, y ahora las peleas son sanguinarias, pues son a balazos y de sorpresa, y no como antes en un duelo limpio a puñetazos.

Durante décadas, Tepito fue el lugar no grato para el resto de la capital. Se prefería ignorarlo, aunque en las notas rojas de los periódicos era frecuente mencionarlo por algún hecho truculento. Sin embargo, de repente aparecía en libros: Mariano Azuela habla del barrio en algunas de sus narraciones, como en “La malhora”; como era médico, no sólo consultaba a la gente de su colonia Santa María, sino que a veces tenía que trasladarse hasta Tepito, así que vio y oyó muchas cosas.

Y apareció en el cine: cuando alguien le pregunta a Cantinflas en una de sus primeras películas que de dónde es, contesta casi con orgullo: “¡De Tepito!” De hecho todo el primer Cantinflas es un típico retrato del tepiteño pícaro: insolente, confianzudo, perezoso, aprovechado... y muy enamorado. Por otro lado, los personajes de “Nosotros los pobres” hablan todos con típica entonación tepitense. Ese tono se ha ido perdiendo, y muchos de mis parientes (yo soy de Tepito) lo tenían. Sólo queda una que otra sobrina, de cara bonita y que al hablar nos traslada a los tiempos de Pepe el Toro.

Y en el comic: “La Familia Burrón” es tepiteña, pues su creador Gabriel Vargas vivió en una emblemática vecindad del barrio, la Casa Blanca, y la mujer que le inspiró a Borola Tacuche era pariente suya.

Ese lugar desapareció con el terremoto de 1985, y ahí se construyó una nueva unidad, que por supuesto no evoca en nada al anterior vecindario. Como es pobre y honrado, el peluquero Regino Burrón tiene a su esposa e hijos viviendo en un cuchitril. Borola no se resigna, quisiera llegar a más, pero nunca logra salir de la vida de vecindad.

Y su hermano Ruperto es miembro del hampa local (luego regenerado quizá por razones moralistas de su creador). Todo cuanto ocurre en ese lugar del Callejón del Cuajo evoca lo tepiteño: las fiestas, los funerales, los pleitos, las comadres, los chamacos, la solidaridad.

Nada que conmoviese a las clases privilegiadas, ni a empresarios ni a políticos (tampoco a los intelectuales). Y el escándalo estalló cuando un antropólogo estadounidense, Oscar Lewis, se atrevió a realizar lo que ningún mexicano había hecho: hizo un estudio sociológico sobre la manera de vivir tepitense. Se metió a las vecindades, platicó con las comadres, incluso se fotografió con ellas. Se percató de la pobreza y marginación en un país presuntamente revolucionario que ya había superado todo eso. Se dio cuenta del desprecio que había hacia los tepiteños por parte de los demás mexicanos, y también de la cotidiana lucha de la gente del barrio por vivir y sobrevivir, a costa de lo que sea; así como de la gran cantidad de niños que nacían, muchos de ellos engendrados en fiestas y jolgorios, y también para abatir la tristeza.

Las investigaciones de Lewis fueron transcritas no como un estudio teórico y aburrido, sino en una estrujante novela, “Los hijos de Sánchez”, de 1964. La respuesta del gobierno de Díaz Ordaz fue implacable: el libro fue prohibido porque denigraba a México, como ya había ocurrido hace años con la película de Buñuel “Los olvidados”.

Se escribió sesudamente en contra de la novela, no sólo por los ambientes descritos y los personajes truculentos, que estaban a la vista de todos, no había más que ir al barrio y darse cuenta, pero es lo que nadie quería hacer. Sino que además indignó el que Lewis transcribiese el lenguaje que utilizaban los tepiteños, indigno de un país progresista y civilizado, como se supone ya era México en esos primeros años sesentas. Ya desde entonces, para los gobernantes, la pobreza en nuestro país era un “mito genial”, del cual no cabía hablar siquiera.
(Continuará...)

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