Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año VI Número LXIV Febrero 2018

 

Guillermo Prieto
(1818 - 1897)
José Luis Barrera

Cuenta la historia que el 14 de marzo de 1858 Guillermo Prieto se interpuso entre Benito Juárez y el pelotón del 5º batallón, al que el entonces teniente Filomeno Bravo le había dado la orden de fusilar al presidente, apresado por el coronel Antonio Landa en Guadalajara. La frase que profiere Prieto a la par de la acción para salvar a Juárez queda ya inmortalizada: “¡Alto, los valientes no asesinan!”

Y aunque a últimas fechas, su más reciente biógrafo, Emilio Arellano -quien a su vez es descendiente de una pléyade de ilustres mexicanos entre quienes figuran Ignacio Ramírez “El Nigromante” (con quien, el propio Prieto fundó el periódico burlesco, crítico y filosófico Don simplicio, haciendo una mancuerna intelectual verdaderamente temible del siglo XIX), Francisco Zarco Mateos, Juan A. Mateos, Gabriel Figueroa Mateos y Adolfo López Mateos-, menciona que es necesario suprimir la idea equivocada de que Prieto fue el salvador de Benito Juárez, “pues en cada estampita y libro oficial no se habla del intelectual, sino del hombre que salvó la vida de Juárez (…) Lo cierto es que hay una entrevista de Ireneo Paz y Manuel Payno, donde afirmó no recordar esa frase”.

Mucho han dicho los historiadores a este respecto. mencionando las palabras que el mismo Prieto dijo al respecto de este hecho:
"Los rostros feroces de los soldados, su ademán, la conmoción misma, lo que yo amaba a Juárez... yo no sé... se apoderó de mi algo de vértigo o de cosa de que no me puedo dar cuenta ... Rápido como el pensamiento, tomé al señor Juárez de la ropa, lo puse a mi espalda, lo cubrí con mi cuerpo ... abrí mis brazos ... y ahogando la voz de ‘fuego´ que tronaba en aquel instante, grité: ´¡Levanten esas armas!, ¡levanten esas armas!, ¡los valientes no asesinan ... !’ y hablé, hablé, yo no sé qué hablaba en mí que me ponía alto y poderoso, y veía, entre una nube de sangre, pequeño todo lo que me rodeaba; sentía que lo subyugaba, que desbarataba el peligro, que lo tenía a mis pies... Repito que yo hablaba, y no puedo darme cuenta de lo que dije... a medida que mi voz sonaba, la actitud de los soldados cambiaba... un viejo de barbas canas que tenía al frente, y con quien me encaré diciéndole: ‘¿Quieren sangre? ¡Bébanse la mía...!’ alzó el fusil... los otros hicieron lo mismo... Entonces vitoreé a Jalisco.
Los soldados lloraban protestando que no nos matarían y así se retiraron como por encanto... Bravo se pone de nuestro lado.
Juárez se abrazó de mí... mis compañeros me rodeaban llamándome su salvador y salvador de la Reforma... Mi corazón estalló en una tempestad de lágrimas."

Lo cierto es que tal como dice el autor del libro Guillermo Prieto. Crónicas tardías del siglo XIX en México, este hecho, verídico o no, ha limitado el conocimiento histórico de una de los grandes intelectuales de nuestro país del siglo pasado. Por eso es importante resaltar, a doscientos años de su nacimiento, el aporte político y cultural de este poeta, periodista, cronista y político mexicano.
En su libro, Emilio Arellano lo refiere como un bailarín empedernido, amante de las marionetas, cantante y guitarrista que obsequiaba poemas a las mulatas para que le invitaran pescado frito en plena Guerra de los Pasteles, rozando los veinte años, pues desde los trece había caído en la pobreza a causa de la muerte de su padre y la demencia de su madre. Para su fortuna consiguió el patrocinio de Leona Vicario y Andrés Quintana Roo, junto con el cual fundó la Academia de Letrán con la intención de mexicanizar la literatura.
Guillermo Prieto (al que se hace referencia que nació en Tacubaya, pero recientemente se refiere que fue en Mesones 10, en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México) participó en la rebelión de los polkos en 1847, pero luego ingresó en las filas de los liberales: fue Ministro de Hacienda de Juan Álvarez (1855) y de Benito Juárez (1857), desde donde se opuso al intervencionismo estatal. Fue perseguido y finalmente exiliado a causa de su apoyo a Juárez y de sus feroces críticas contra la dictadura de Antonio López de Santa Anna, a quien atacaba desde su trinchera del periódico Don Simplicio bajo el seudónimo de “Zancadilla”.

Bajo el pseudónimo de Fidel, Guillermo Prieto cultivó todos los géneros literarios y fue, además, cronista y poeta popular de las gestas nacionales. Aparte de ser figura pública y literaria, Prieto es un personaje de gran interés histórico, ya que dejó testimonio de los acontecimientos más trascendentes del siglo XIX mexicano como la Independencia, la guerra de Texas y el Imperio de Maximiliano I de México.

Representante literario del romanticismo, es autor de numerosos artículos costumbristas publicados en El Siglo XIX y recopilados en Los San Lunes de Fidel (1923). Sus Memorias de mis tiempos son una sustanciosa crónica de la vida social, política y literaria del siglo XIX mexicano. Publicadas póstumamente en 1906, y las cuales comprenden, en sus dos volúmenes, episodios de 1828 a 1853. Además de textos sobre historia nacional, compuso las piezas dramáticas “El alférez” (1840), “Alonso de Ávila” (1842) y “El susto de Pinganillas” (1843), entre otras.

Su obra poética se divide en composiciones patrióticas y versos populares inspirados en el folclore. El Romancero nacional (1885), es un poema épico en octosílabos, en donde celebra la gesta de la Independencia. El autor concibió esta obra a imitación de la poesía épica popular española; en cuyo estilo decidió exaltar los hechos culminantes de la lucha del pueblo mexicano por su libertad, desde los movimientos iniciales de 1808 ("Romance de Iturrigaray") hasta la entrada del Ejército Trigarante en 1821.

En Musa callejera (1883), Guillermo Prieto evoca con gran sentido del humor ambientes y tipos de la ciudad. La obra representa una fase muy característica en la producción de este autor. En esta obra describe casi pictóricamente paisajes de la tierra, verbenas de barrio, gentes y costumbres populares: la "china" de castor lentejueleado; el "charro" de sombrero entoquillado de plata; la "gata" voluptuosa, el judío ladino, el audaz guerrillero. Cada uno habla su propia jerga, se mueve en su medio: la calle estrecha y pringosa, el puesto de fruta, la barbería de guitarra y gallo, la casa de vecindario alborotador, todo típico y regional, todo vívido y matizado con admirable riqueza y gran maestría que no se engola del academicismo que tanto ha dañado a la poesía en general y en mucho a la mexicana. Es la expresión de un pueblo idealizado por la ternura y la fantasía de este gran poeta.

Completan su producción poética Poesías Escogidas (1877) y Versos Inéditos (1879). Su estilo se caracteriza por el desaliño y el tono popular. Satírico en defensa de lo liberal y nacional, humorista por temperamento y popular por esencia, Guillermo Prieto fue uno de los escritores más mexicanos del siglo XIX.
De Musa Callejera presento aquí algunos poemas que dan muestra de su gran destreza para describir los ambientes tal como ya lo mencioné antes:

Vamos a lo positivo
Desde niño con la abuela
se declaró el progreso;
medio por ir a la escuela,
y medio por cada beso.
Si la lección le desvela,
la velada vale un peso…
Y el peso duro, el archivo,
que es muchacho positivo.

Siempreyó, que así se llama,
compra y vende que es portento
y deja juegos y cama,
y el paseo y el sustento,
esclavo ya de la llama
de avaro ciento por ciento.
Y al grano… nada expansivo,
porque ama lo positivo.

Apena el amor certero
su temprano pecho irrita,
sus inquietudes desquita
con la mujer del portero;
no tanto porque es bonita,
porque no cuesta dinero.
Y porque entiende expresivo
el lenguaje positivo.

Otros, dice, que salmodien
trovas en todos los sones,
y que al trovador parodien
en sus melosas canciones,
nada me importa que me odien
si me sueltan los doblones.
Yo no amo si no recibo,
que soy hombre positivo.

Finge estar de amor perdido
de una bruja millonaria,
y al trono se halla adherido,
que es la vieja reaccionaria.
Ser hombre libre o ser paria,
para él todo igual ha sido:
son yerbas, laurel y olivo,
que es hombre muy positivo.

Llora Juana por su amante
y él le aconseja: “Señora,
con el banquero Escalante
enlácese usted agora”.
-¿Por qué olvidarlo inconstante?
¿por qué si tierno me adora?
-¡Bien! eso es muy expresivo;
pero no lo positivo.
Que nos mande o no el austriaco
¿Qué más da? ¿quién vio el honor?
¿vale una hoja de tabaco?
¿vale un grano de alcanfor?
Y quien nos da más ¡por Baco!
¿No es el mandarín mejor?
¡Patria sin pan no concibo,
que soy hombre positivo!

Si le engaña la mujer,
-Bien, pero me dio el empleo:
que si me da de comer,
quiere a trío el himeneo:
no hay sino dejar hacer,
si hay mesa, palco y paseo
-Pero el pacto es muy nocivo.
-Sí; pero muy positivo.

Llenó a la dama de afrenta,
y ella proclama venganza,.
y él quiere saldar su cuenta
con una simple libranza,
pues debe quedar contenta
la chica, y con esperanza,
que si pesca un hombre vivo
se estará a lo positivo.

Ministro, hacinó cañones,
y soldados y trincheras,
diciendo: “aquí está de veras
el quid de las opiniones”.
Y así dejó las fronteras
y perdió las elecciones,
triunfando el club subversivo.
¡Qué bruto tan positivo!

¿Quién atiende a periodista
ni a tribunos charlatanes?
con que a dos se nombre Vistas,
¡se aplacarán, con mil Sanes!
Palo a insolentes versistas,
y a patrioteros rufianes!
Ya no hay Roma ni Numancia,
hay tomines y hay sustancia.

Lo material, lo que suena.
lo demás es bobería;
no dan ni una berenjena
las siembras de la poesía;
si la opinión me condena,
dejad chicos que me ría.
¿Qué honor, qué amor, qué conciencia?
Lo que hay es conveniencia.

La amistan no le preocupa
si no da comida y cena,
que la amistad que no chupa
para nada la halló buena;
nunca camina a su grupa
ni el deleite ni la pena;
ni ama, ni odia, suma y resta
y en eso acaba la fiesta.

Al fin sumando y restando,
la lavandera lo explota,
el criado lo está robando,
la enferma mujer idiota;
ministro, ni una derrota
procuró al contrario bando.
Y… callo, si no, suscribo
lo que sé de positivo.

Romance de la Migajita

"¡Détente! Que está rendida,
¡eh, contente, no la mates!"
Y aunque la gente gritaba
corría como el aire,
cuando quiso ya no pudo,
aunque quiso llegó tarde,
que estaba la Migajita
revolcándose en su sangre. . .
Sus largas trenzas en tierra,
con la muerte al abrazarse,
las miramos de rodillas
ante el hombre, suplicante;
pero él le dio tres metidas
y una al sesgo de remache.
De sus labios de claveles
salen dolientes los ayes,
se ven entre sus pestañas,
los ojos al apagarse. . .
Y el Ronco está como piedra
en medio de los sacrifantes,
que lo atan codo con codo
para llevarlo a la cárcel.

"Ve al hospital, Migajita,
vete con los platicantes,
y atente a la Virgen pura
para que tu alma se salve.
¡Pobrecita casa sin tus brazos!
¡Pobrecita de tu madre!
¿Y quién te lo hubiera dicho,
tan preciosa como un ángel,
con tu rebozo de seda,
con tus sartas de corales,
con tus zapatos de raso
que ibas llenando la calle,
como guardando tus gracias,
porque no se redamasen.

El celo es punta de rabia,
el celo alcanzó matarte,
que es veneno que hace furias
las mas finas voluntades.

Esto dijo con conciencia
una siñora ya grande
que vido del papa al pepe
cómo pasó todo el lance.

Y yendo y viniendo días
la Migajita preciosa
fue retoñando en San Pablo;
pero la infeliz era otra;
está como pan de cera,
el aigre la desmorona,
se le pintan las costillas,
se alevanta con congoja;
sólo de sus lindos ojos
llamas de repente brotan.

"¡Muerto!. . .¡dése!" A la ventana
la pobre herida se asoma,
y vio que llevan difunto,
por otra mano alevosa,
a su Ronco que idolatra,
que fue su amor y su gloria.

Olvida que está baldada
y de sus penas se olvida,
y corre como una loca,
y al muerto se precipita,
y aúlla de dolor la triste
llenándolo de caricias.

"Madre, mi madre (le dice)
-que su madre la seguía -,
vendan mis aretes de oro,
mis trastes de loza fina,
mis dos rebozos de seda,

Y el rebozo de bolita;
vendan mis tumbagas de oro,
y de coral la soguilla,
y mis arracadas grandes,
guarnecidas con perlitas;
vendan la cama de fierro,
y el ropero y las camisas,
y entierren con lujo a ese hombre
porque era el bien de mi vida;
que lo entierren con mi almohada
con su funda de estopilla,
que pienso que su cabeza
con el palo se lastima.

Que le ardan cirios de cera,
cuatro, todos de a seis libras;
que le pongan muchas flores,
que le digan muchas misas
mientras que me arranco el alma
Para hacerle compañía.

Tú, ampáralo con tu sombra,
sálvalo, Virgen María:
que si en esta positura
me puso, lo merecía;
no porque le diera causa,
pues era suya mi vida". . .

Y dando mil alaridos
la infelice Migajita,
se arrancaba los cabellos,
y aullando se retorcía.
de pronto los gritos cesan,
de pronto se quedó fija:
se acercan los platicantes,
la encuentran sin vida y fría,
Y el silencio se destiende
convirtiendo en noche el día.

En el panteón de Dolores,
lejos, en la última fila,
entre unas cruces de palo
nuevas o medio podridas,
hay una cruz levantada
de pulida cantería,
y en ella el nombre del Ronco,
"Arizpe José María",
y el pie, en un montón de tierra,
medio cubierto de ortigas,
sin que lo sospeche nadie
reposa la Migajita,
flor del barrio de la Palma
y envidia de las catrinas.

Regresar