Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año VI Número LXIV Febrero 2018

 

Sin cuentos de hadas
Luciano Pérez

Era otra sociedad. No había más temor ni más miedo. No había pues cuentos de hadas que relatarles a los niños. Por lo tanto éstos, aburridos, huyeron a un bosque recóndito, para encontrarle significado a una existencia donde ya no había cuentos interesantes que escuchar, ahora que el yoga, la meditación y la comida sana se inculcaban como los valores máximos.

“Ya no tienen nada que contarnos, pues en lo que nos relatan a nadie le pasa nada, y nadie se muere”, niños y niñas se decían unos a otros. Entonces, huyeron para establecer en el bosque una pequeña comunidad, donde de nuevo se leerían, como en otros tiempos, aquellos cuentos donde aparecen el ogro, el monstruo, la bruja, el diablo.

Llevaron provisiones para varios días, así que tenían la intención de regresar en algún momento. Entre lo más preciado que traían estaba un libro viejo, prohibido por los adultos en la nueva sociedad. El título de “Cuentos para los niños y el hogar” ocultaba relatos oscuros y sangrientos, pero los niños estaban ansiosos por conocerlos. Muchos no sabían nada de ellos, y entonces alguien, el niño poseedor del libro (sustraído a escondidas de la biblioteca de su difunto abuelo) se dispuso a contarles:
“Hubo una vez una bella princesa, a la que un hada mala durmió durante cien años, y muchos hombres murieron en sus intentos por rescatarla”. Los que lo oyeron, asombrados, se preguntaron por qué los padres no querían que sus hijos supiesen de historias como esa. El niño les dijo: “Alguna vez indagué eso con mi madre, y me dijo que en ese entonces las personas eran egoístas y no conocían la solidaridad, y no quiso decirme más”. Y así continuó leyéndoles acerca de Cenicienta, de Blanca Nieves, y otros personajes.
Era natural que mucho de lo que había en esos cuentos, a los niños les pareciera incomprensible. Y como sabían que sus padres no les contestarían bien si les preguntaban al respecto, tendrían que contestarse ellos mismos. “¿Por qué la madrastra puso a trabajar a Cenicienta?”, preguntó un niño, y una niña respondió: “porque Cenicienta se negaba a hacer yoga y meditación”. Y otro cuestionó: “¿Por qué la bruja envenenó a Blanca Nieves con una manzana?”, y la respuesta fue semejante a la mencionada antes. Y se llegó a la conclusión de que, si la gente era mala en aquel tiempo, por lo tanto los niños también.

“Los niños eran perversos y malditos”, señaló una niña, y todos discutieron acerca de por qué ello fue así, y comprendieron que la razón era que no querían meditar ni hacer yoga ni consumir comida sana. No podía ser de otra manera. Y también se concluyó que los adultos tampoco hacían tales actividades saludables. Se quedaron pensando. Entonces un niño dijo: “Si dejamos de hacer yoga y meditación, nos haremos como aquellos niños malos de antes. Es mejor regresar a casa, antes de que nos volvamos así”. Algunos estuvieron de acuerdo, y se fueron a sus casas, a continuar con su vida sana. Pero otros se arriesgaron a quedarse en el bosque, penetrar en él y volverse malos, y así tener cosas interesantes que vivir, y por lo tanto que contar.

Regresar