Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VI Número LXIV Febrero 2018

 

Tepito, el Barrio Bravo
(Segunda Parte)
Luciano Pérez

El barrio de Tepito fue integrado a la nueva Colonia Morelos, a partir de que ésta fue fundada en 1884. Una colonia muy larga, pues se extiende desde Jesús Carranza, en Peralvillo, hasta la avenida Eduardo Molina. Tepito ocupa la mitad occidental de la Morelos, siendo así sus límites: por el norte, el cruce de Jesús Carranza con Gorostiza y Canal del Norte (donde se encuentra la estatua del Santo), y de aquí por Avenida Circunvalación hasta la esquina de ésta con Ferrocarril de Cintura (según un viejo plano de la ciudad de 1932, que se conserva en el museo de Carlos Monsiváis, en esta última esquina terminaba en su ángulo nor-oriental la capital mexicana); todo el occidente son las calles de Jesús Carranza, que concluyen en el eje de Héroe de Granaditas, en la esquina con República Argentina, en la frontera con el Centro; el sur es dicho eje hasta llegar a Ferrocarril de Cintura, y el oriente es esta avenida, que cierra en Canal del Norte. La otra mitad de la Morelos, de Ferrocarril de Cintura a Eduardo Molina, es en realidad una extensión de Tepito: misma gente, mismas costumbres, mismas maneras de ser. La única diferencia, que siempre me ha parecido absurda, es que Tepito quedó encuadrado en la delegación Cuauhtémoc, y lo que se llama la Morelos (la parte oriental de la colonia) en la Venustiano Carranza.

Durante décadas vivió Tepito una larga situación de pobreza y marginación, hasta que de repente se abrió a la modernidad de una manera inesperada. A partir de 1970 empezaron a venderse en un sitio atrás de los mercados una serie de productos traídos de los Estados Unidos de contrabando: lámparas, relojes, radios, juguetes, figuras de porcelana, y a estos productos se les llamó fayuca. Al principio la venta fue en pocos puestos, pero en los años por venir fue creciendo, y ya para 1975 ocurrió lo inevitable: casi todos los tepiteños se hicieron fayuqueros. Los puestos con las mercancías importadas se multiplicaron por las calles del barrio, y ya no sólo compraba gente de ahí, sino que capitalinos de otros lados se trasladaban a Tepis para adquirir televisores a colores, ya sea americanos o japoneses, y también grabadoras (las primeras que hubo en México llegaron a través de Tepito), y todo tipo de aparatos eléctricos y electrónicos. Y a principios de los ochentas, antes que en ningún otro lado, llegó al barrio para su venta un aparato que entonces fue considerado lo último en tecnología: la videocasetera, lo que trajo consigo la inmensa venta de películas piratas de todo tipo, siendo lo más atractivo la pornografía.

El dinero entró al barrio sin cesar, y pese a los intentos del gobierno por impedir la venta de fayuca, siempre hubo manera de darles mordida a los inspectores y policías. Alcanzaba para todos. Tepito vivió su boom económico durante los años setentas y la primera mitad de los ochentas, así que por primera vez se disfrutó de prosperidad.

Casi ya no había robos, y la gente podía andar a cualquier hora por cualquier calle. Todos estaban ocupados vendiendo fayuca. Los tepiteños llenaron sus cuartos de vecindad con los últimos adelantos de la electrónica, y con toda la parafernalia Kitsch de todo tipo de cosas: figuras rococó de porcelana, alfombras estilo persa, tapices con unicornios medievales, muñecos de peluche (personajes de Walt Disney en su mayoría), perfumes franceses, licores gabachos; todo traído de “allá”, nada de “aquí”.

De repente, los tepiteños pudieron adquirir autos caros y lujosos. Todos vestían mejor, con pantalones vaqueros, tenis de buena marca, y playeras con logos estadounidenses. Excepto el traje y corbata, que el tepiteño sólo usa en las ceremonias inevitables, pues no hay manera de eludir la celebración de bautismos, comuniones, quince años, bodas, donde se derrochan cientos de miles de pesos, que luego hacen falta para otras cosas.

Sólo algo no hay en los hogares tepiteños: libros. De alguna manera el tepiteño se siente intimidado ante la presencia de éstos, que de alguna manera relaciona con un profesor exigente y regañón. Prefiere no tomarlos en cuenta. Además de la fayuca, siempre hubo unos curiosos vendedores que eran llamados los del baratillo, en recuerdo de que sus padres y abuelos vendían en el Baratillo de junto al Zócalo, y fueron después expulsados hacia Tepito. Llegaban ellos (ya no existen más) con sus carretones rojos para colocar su mercancía en los aledaños de lo que fue el Parque López Velarde (de éste sólo queda la estatua del generalísimo Morelos, regalo del emperador Maximiliano, que dio nombre a la colonia, y que alguna vez estuvo fuera del Palacio de los Azulejos y vino a dar entre los teporochos). Llegaban pues los del baratillo, y colocados en el suelo vendían ropa y zapatos usados, discos, juguetes que los niños ricos ya no querían, y también algo inusitado: libros. Yo mismo adquirí mi ejemplar de “Así hablaba Zaratustra” en alemán, en uno de esos puestos, y me lo vendieron a dos pesos (más o menos unos diez de ahora), a fines de los setentas. Me dijo el vendedor: “yo ya iba a tirarlo, pues nadie lo quiere, ni sabemos de qué es o qué dice”. Una edición de 1918 en letra gótica, publicada en Weimar por la propia hermana de Nietzsche. Un hallazgo raro, y de repente había cosas así. Sin embargo, lo que llegó a venderse mucho eran las revistas y fotonovelas pornográficas, y los del baratillo las voceaban diciendo. “¡Bárbaras! ¡Bárbaras!” Había la “Playboy”, y otras más fuertes.

Tepito ha sido alcoholismo, y también deporte. No son contrarios, así que nunca tuvo validez en el barrio la prédica moralista que el deporte aleja de la embriaguez. Todo lo contrario. Una vez concluidos los partidos del futbol en el Maracaná, los jugadores celebraban sus triunfos o lloraban sus derrotas emborrachándose con cerveza y fumando marihuana. Cuatro disciplinas deportivas han sido esenciales en la historia del barrio: el futbol, el box, la lucha y el frontón. Del box ya se ha hablado mucho, de aquellas glorias que no volverán. La lucha siempre fue la mitología de los tepitenses. En cuanto al frontón, hubo un tiempo en que las calles eran invadidas por frontonistas que, sin importarles el paso de la gente, le daban duro a la pelota.

Los futbolistas ya no querían ir hasta la Deportiva, así que a fines de los cincuenta se utilizó un llano, en el sitio donde se ubicó el viejo mercado, que no era tal sino una serie de puestos de madera. Al inaugurarse los tres nuevos mercados en 1957, en el vacío dejado se instaló el campo de futbol, pero era un llano, y por lo tanto no un estadio propiamente dicho. Para dirigirse uno a los nuevos mercados o a la iglesia de San Francisco de Asís (iglesia barroca, despojada de todas sus riquezas por innumerables robos a lo largo de siglos), tenía uno que atravesar el llano, incluso en el transcurso de un partido. Así que señoras llevando la bolsa del mandado se mezclaban con jugadores disputando el balón. En 1969 el Departamento del Distrito Federal construyó en ese llano el estadio Maracaná, y el propio presidente Díaz Ordaz fue a inaugurarlo.

Tepito fue siempre lugar bullicioso. En los años cuarentas y cincuentas la música tropical y los boleros hicieron las delicias de sus habitantes, que les fascina bailar, para muchos lo único mejor que saben hacer. Y este gusto continuó después, pero les impidió aceptar el rock angloamericano de los años sesenta. Unos pocos nos esforzamos para dar a conocer a los Beatles, pero siempre se argumentó en contra que por ser en inglés no se sabía qué cantaban. Y a pesar de ello hubo una peluquería en Avenida del Trabajo llamada “Los Bicles”. Y como un viejito me explicó alguna vez: “Los de Tepito no necesitamos a los Bicles, ya tenemos a los nuestros, que son los Xochimilcas”. Tepito lloraba, llora todavía, con las Sonoras Matancera y Santanera, con Mike Laure, con Los Panchos, con Beny Moré. Luego del largo reinado de la salsa y de Juan Gabriel, las nuevas generaciones tepiteñas prefieren el reggaetón y la música de banda. Por supuesto, no podemos olvidar las películas. En el barrio hubo (ya no hay ninguno) cinco cines: el Morelos, el Bahía, el Victoria, el Díaz de León y el Florida. Ahí vimos ciclos completos de El Santo, Viruta y Capulina, Clavillazo, Resortes, Pedro Infante.

Era un lugar lleno de vida. Las fondas abundaban, así como las paleterías, las cafeterías (llenas éstas de cucarachas, eso sí), los puestos de tacos y de migas. Las migas son el platillo típico tepiteño, y son ideales tanto para saciar el hambre (para esto fueron ideadas originalmente, en la época de la Decena Trágica), como para la cruda de los fines de semana. Y, por supuesto, nunca hubo (no lo hay aún) cuidado por la higiene, y en las calles es usual ver basura por todos lados, y perros callejeros y pepenadores escarbando en ella.

La decadencia del barrio inició a partir del terremoto de 1985. Muchas vecindades quedaron destruidas, y sin ellas la vida ya no podía ser igual. Hubo un amplio programa de renovación habitacional, pero fue mucha la gente que ya no quiso vivir en Tepis; algunos de los que tomaron su departamento de renovación, lo convirtieron en bodega para sus mercancías, y ellos se fueron a vivir a Valle de Aragón, a Ecatepec, a la Nueva Atzacoalco, lugares insondables. Incluso algunos prefirieron de plano irse mucho más allá, hasta Tijuana, donde hay una colonia de tepiteños, y también a los Estados Unidos (en Chicago y Nueva York llegó a haber tepitenses vendiendo hot dogs). Pero además, la venta de fayuca disminuyó pues ya todo el país estaba fayuquizado, y no era necesario ir a Tepito para adquirir cosas. Entonces llegó el gobierno neoliberal de Carlos Salinas a dar la puntilla con sus políticas económicas, y Tepito se dedicó a vender ropa y chácharas chinas, de no muy buena calidad, y también llegó algo que le volvió a dar perfil siniestro al barrio: el narcotráfico.

Y desde Salinas hasta nuestros días, la violencia se fue apoderando del barrio, a propósito de una tenaz lucha de bandas bien organizadas de distribuidores de drogas. Pronto Tepito se convirtió en un lugar extraño para los habitantes que nos quedamos. Los asaltos aumentaron, de tal manera que ya se hizo peligroso cruzar ciertas calles a determinadas horas, e incluso hay calles donde a ninguna hora es posible transitar por ellas. No es casual que se haya originado aquí el culto de la Santa Muerte. Los tepiteños siempre habían sido muy católicos, y muy devotos de la Guadalupana. Pero ante la ola de violencia necesitaban una protección mayor, y esa la ha proporcionado la Niña Blanca, que tiene su altar en la calle de Alfarería, el principal de todo el país, y muy visitado por todo tipo de gente. Incluso los delincuentes piden amparo de ella, y no pocos policías. Un mal signo de esta violencia es la fascinación que la gente joven siente por ella. Lo veo en las profesiones que están eligiendo algunos chicos y chicas que son mis vecinos. Una quiere ser sicóloga de delincuentes, otro anhela ser agente judicial, y una más estudia medicina forense en un instituto de estudios sobre el crimen y la violencia, porque le fascina abrir cadáveres, y nos platica sabrosamente los detalles.

Mediante una contraseña secreta, es posible entrar a ciertas casas tepiteñas para adquirir cocaína, heroína, marihuana y todo tipo de pastillas sicotrópicas. Hay incluso de sabores, marihuana sabor de cola, de pepino, de frutas; cocaína sabor de tamarindo, o como flan. Por supuesto, hay entregas a domicilio a cualquier lugar de la ciudad. Un gran negocio, de ahí la amarga lucha de las bandas que lo controlan. En este reciente 2017 aumentó el número de asesinatos por esta enconada lucha.

¿Qué será de Tepito, el barrio bravo? No lo sabemos, pero nos aferramos a él, a pesar de que nos quede poco de vivible. Pero aun ese poco es posible hacerlo mucho, cuando se ha aprendido a querer un lugar que para algunos será chistoso y para otros horroroso, pero para los que nos definimos desde siempre como tepiteños, es el único sitio donde nos es posible quedarnos hasta el final, a pesar de todo.

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