Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VI Número LXVI Abril 2018

 

Entre caballos e impalas, poemas lúdicos a través de la frontera.
Adán Echeverría
porque los cadáveres
siempre son los hijos de otros
Antonio León

¿Qué tiene de lúdico decir lo que se piensa de la sociedad, del hacinamiento, la persecución, el racismo, el sexismo, el limitar los derechos del otro; el acusarnos de monstruos, el apuntarnos con el dedo o con un arma los unos a los otros, más allá de los deseos, de los miedos, de los estertores del cuerpo, de la moral que nos queda guanga o de aquello que nos hace aplastar el cráneo del marica contra la acera?
“pero yo quería un artista
en la familia
el impedimento
es que yo no estoy en el poema” (El Impala rojo, página 24)

“y para los hijos de puta que apedrean niños afeminados
en la vía pública” (busque caballos en otra parte, página 26)

“En los moteles siempre hay gente con planes truncos, lágrimas que han sido proyectadas conforme a lo que se espera de cualquier canción. Pero en el auto rojo ya no volverá a sonar la música, y faltan varios kilómetros para llegar a la ciudad.
En la ciudad hay moteles y gente que llora por cualquier cosa.
En la ciudad hay fantasmas que no se dejan sorprender por un adulto que lleva un atuendo absurdo”. (El Impala rojo, página 54)

¿Qué tiene de divertido sangrar todas las noches, contar a los desaparecidos, llevar el diario de la muerte que se esparce poco a poco entre los ojos de la prensa, la lente del fotógrafo, los grabados, los tatuajes, los moteles, al descorchar cada botella de vino y vaciarla en la cuenca de nuevas calaveras?
“Al fallecer un padre, o también si es un hijo con deudas: alguien muere y los otros ponen una cruz en el sitio de despegue. Luego la cruz sufre los efectos de la erosión, hay brisa en todas partes, a veces hay incendios. El Impala lleva muertos que no se han enterado de su sitio en la carretera”. (El Impala rojo, página 62)

¿Qué tiene de irónico ser un artista consumido por el tedio de la desorganización, viviendo de arrimado en casa de una amiga en Mexicali, o al ver cómo acusan a aquella chica de la infancia de haberse embarazado de un desconocido para no aceptar que el padrastro la había violado?
“luego el padre regresa del castillo
o del aviario que sangra hacia arriba,
en la entrepierna incuban los suspiros
de Anaís, dos brasas de malvavisco
y ella tiene la culpa del relato
lo clasificó en archivo erótico” (busque caballos en otra parte, página 74)

El desempleo qué tiene de amargo; la militarización y todos los pintalabios que corren detrás de los escrotos qué tienen de narcisismo. Qué tienen de divertidos, de mayeúticos, de sagrados, de reconocibles dinosaurios abriéndonos las piernas, el vientre, la mordaza que ya nos queda chiquita, y nos atragantamos de la risa mientras esperamos abiertos por otra cerveza, otra grapa, otro churro, y que sigan escarbando en las leyes y en la economía. El poeta mexicano que camina todos los días cerca del borde contra los Estados Unidos, lo sabe, lo come en cada desayuno apresurándose para jugar al equilibrista en este circo al sur de los Estados Unidos, a donde se sigue extendiendo el Imperio contemporáneo con sus luces multicolor, en el verde frescor del dólar, en la resistencia de saberse arrebatados, pero sabios en la conquista del valor para nunca dejarse derrotar por el gringo, que siempre anda persiguiendo fantasmas eróticos de dónde afianzarse la voluntad.

El poeta de Baja California ríe de los alto parlantes, se muere de la risa con cada golpe de sirenas para apagar los fuegos de una ciudad en la que el sol abrasa los pasos de todos los que caminan por las calles fundadas a medio desierto, y miran del otro lado de la cerca ondear la bandera de las barras, las estrellas, y se caga de la risa porque eso no es más que un chiste para remodelar nuevos aspavientos de la conciencia: pónganse los muros, escarbemos los túneles, abramos las compuertas de la nostalgia, ¡allá vamos otra vez, pútrido sueño americano!
Todo eso es más o menos lo que Antonio León (Maneadero, Ensenada, 1977) ha sabido acomodar en dos de sus obras que han caído ante mis ojos: busque caballos negros en otra parte (Pinos Alados, 2015) y El Impala rojo (Instituto de Cultura de Baja California y Secretaría de Cultura, 2017), este último que se alzara con el Premio Estatal de Literatura 2016 en Baja California para el área de poesía, siendo jurados los probadísimos poetas Rocío Cerón, Jair Cortés y Balam Rodrigo. En ambos trabajos el serio trabajo, de la dolorosa voz de Antonio León surge un lenguaje recargado de ironía, sordidez, patética burla, para evidenciar su entorno, el microcosmos en el que se desarrolla la vida del artista en México, particularmente en esta península de Baja California: “nosotros conocemos a las funcionarias del estado / que tienen corazón de buque y coño ventrílocuo”.
León pasa de lo regional a lo universal por los personajes que caminan sus obras: Leigh Bowery, Lucian Freud (el autor insiste en nombrarlo Lucien), Mick Karn, Williams Bootsy Collins, Drew Barrymore, Judy Garland, Liza Minelli, Keith Richards, Ben Affleck, Vladimir Putin, Madonna, Tura Satana, Ronald y Nancy Reagan, y los mezcla con Cantinflas, Nahui Olín, Leticia Perdigón, Isela Vega, funcionarios de estado, mujeres, niños, hombres, ciudadanos reunidos, a veces cargados de arena, y como si caminaran juntos por el borde que es Baja California, y su extensión a través del Pacífico: “al fondo/ un grupo de chicas/ corre tras un impala/ que es ya el último animal/ que los vagos del pueblo/ han pasado/ por el saqueo quirúrgico”.

Y todo porque Ensenada, donde ha nacido el autor, Mexicali, donde reside actualmente, junto con Tijuana, son los lugares que le hacen pasear la vista y vivir como un ciudadano más, ciudadano cosmopolita, pegado a la internet: “yo también tengo instagram / pero es aburrido aplicar filtros de pulcritud”; y a la cultura que despliega sus cintas multicolor sobre estos espacios fronterizos entre México y los Estados Unidos de América, donde los personajes de la farándula, el arte pop, punk, rock, de nuestra vida contemporánea cruzan y viven, viven y pasan construyendo los objetos culturales que luego miramos en las pantallas; y acá entre estas ciudades, sus desiertos, sus montes y sus playas, transcurren como las personas que son, sangrando, sudando, y siendo una realidad para su propia vida: tan cerca de San Diego, San Francisco, Los Ángeles, Hollywood, el mundo entero.
Antonio León desbordado a través de los poemas, a través de las letras deconstruye los símbolos actuales, los mitos urbanos, se apropia de esos personajes para metaforizarlos como oscuros ídolos cubiertos de lentejuelas: “el artista del perfomance / se raspa la cara / con una rata de mar petrificada / y envía la foto / al anuario escolar”
“El pintor tuvo un padre que siempre hablaba de sexo.
Otros marineros escuchan la radio sorprendidos de que el banco nebuloso no arruine el beisbol”.

En revisar estos poemas qué aprovechas lector sino el alegrarte de la ironía, de la sordidez, de la burla de éstos nuevos ídolos que nos quieren representar, y que ha momentos, en algunas conciencias consiguen ser modelo. Abre los libros, lee los poemas de Antonio León, ¡atrévete a ser sacudido por su voz! ¡pero aprieta bien los dientes!, para salir avante de esta ideografología poética en que el autor nos ha situado.
La carga social que el poeta ha dejado en sus textos bajo el truco del chascarrillo y la farsa nos parece envidiable. El humor negro de León es apetecible como un escudo para que los problemas reales de la sociedad nos resbalen, pero hacia adentro, como una sustancia vitamínica que por fuera nos hará reír pero hacia adentro se acomoda dentro de nuestra conciencia para poder cambiarnos, modificarnos, encontrarnos diferentes tras cada lectura. Eso es acaso el ideal del arte, la transformación de todo aquel que entra en contacto con la obra, y estos textos de Antonio nos sacuden y nos impelen a quitarnos las corazas de la moral y de una educación tardía en que nos intentan seguir conteniendo.
El poemario “busque caballos en otra parte” abre con esta contundencia: “me gusta pasar al lado de los accidentes” y más adelante añade: “no puedo llorar frente al herido/ si sus vísceras son más bellas/ que los reflejos de mi nuevo tinte”. El peso de las imágenes que se proponen nos puede resultar evidente, la preocupación por el “nuevo tinte”, contrastando con las vísceras del herido en el accidente, la comparación que el hablante lírico nos carga y que es una muestra de nuestro comportamiento a través de la desgracia ajena. Me trae a la memoria cuando le avisé a un compañero de taller literario de la muerte de nuestro maestro tallerista, un novelista mexicano de gran renombre, y lo escuché lamentarse amargamente: ¿Murió Rafael? ¿Y ahora quién va a revisar nuestros cuentos? La pobre empatía para con el dolor del otro. El poco reconocimiento de los que nos rodean. Pero León además sabe ser sutil para su erotismo: “los pasos de yodo/ de una niña que se visita sola”. ¿Acaso no es una imagen hermosa?
De los dos poemarios uno se queda con muchísimos gratos sabores en la boca de las pupilas, pero hay que rescatar y compartir el enorme poema que ha titulado “Mick Karn”, en que el poeta revitaliza todo el drama narcisista de muchos artistas y lo resume en el mantra: no nos van a leer, reuniendo una variada cantidad de ejemplos y frustraciones del arte contemporáneo, tal como la vida del bajista chipriota de la banda Japan, Mick Karn, reconocido por otros músicos como “el mejor bajista de Gran Bretaña”, pero que no tuvo dinero para poder ser atendido del cáncer que le quitara la vida.
“no nos van a leer
puedes pensar que la tercera edad
es el cabello blanco a los cincuenta y dos
pero no te leerán
(…)
no te van a leer aunque tengas cáncer de páncreas o de ovarios
(…)
no van a leerte
cuando te pelees con los otros poetas de la fiesta
porque son unas perras vanidosas del like
y tú vives la poesía sudas la poesía
dejas de trabajar como si tuvieras talento
ruges y hablas en poesía
(…)
hijos de la chingada
debieron leerlo
su legado estético es vasto
como el de Mick Karn y su banda
aunque ustedes preferían a Duran Duran”

Dejando atrás estos poemas nos metemos al impala rojo de Antonio León para recorrer la Baja California como turistas o ancianos en retiro. Eso nos parecen los Lucien y los Leigh que corren por la carretera escénica de Tijuana hasta Ensenada ida y vuelta, en un correr que no termina, y hacia más abajo, en esos sitios donde termina la parte continental de México, de este brazo de tierra que se alarga kilómetros montada en el Océano Pacífico, como sobre el lomo de las ballenas jorobadas. Ese borde en la carretera que te ofrece de un lado una pared de piedras y del otro lado el acantilado hacia el mar, con el sol al horizonte, el azul o la neblina, donde termina el ensueño, la carretera escénica, porque los gringos vienen a besar a quien se deje: chulos, pequeñas ninfas que apenas hablan español, o aquellas a las que aún les escurre por los labios la leche materna.
“Si hubiera dos muertes al volar hacia el acantilado. Muertes varoniles, como las de Thelma y Louise en aquella película en que se cogen a un prostituto. Si se diera el caso de morir cuando la gente te deja pasar primero en las filas del banco, o al inicio de la temporada en que llaman abuelo unos desconocidos en el bar”.

Y puede ser que aquello que pudo presumirse al mundo como una construcción de gran belleza termine por ceder a la presión del movimiento de las placas tectónicas, y que la carretera escénica termine por hundirse, para evidenciar que los humanos aún no le ganamos la partida a la naturaleza, no hay mucho de qué sentirnos orgullosos:
“Johnny, los Santos son incompetentes, qué mierdas es eso de la falla de San Andrés”.

Cansados del sueño americano (en la frontera de la jubilación), todos terminan por venirse a este lado del muro, a subirse a la serpiente mexicana, y terminarse de gastar los dólares en una vida de anciano que corretea las memorias, mientras construye sobre las playas, colgados de los acantilados y “sólo recuerdan estar vivos cuando escurren deseo al hablar”; viviendo del poco sexo que alcanzan a comprar o compartir, sembrar algunas hortalizas, darse vida de artistas, pintando, fotografiando o escribiendo, porque al fin tienen tiempo para poder demostrarle a la vida su vena artística, ahora que apenas logran ser desecho de una sociedad en la que supieron hacer fortuna en su juventud, y que ahora los escupe porque ya llegan los nuevos migrantes, los nuevos hijos del águila calva para ocupar las oficinas, los edificios, los grandes centros universitarios, y aquello que ha envejecido hay que apartarlo de nuestros ojos, lanzarlo a alguna playa tercermundista, la más cercana si me hacen el favor; y aunque el poeta haga, en muchos de sus textos, cortes quirúrgicos a su rica prosa para formar el ritmo de sus versos: “ninguno/ de los viejos/ habla español/ más allá de la función del lenguaje/ que permite la compra de ginebra/ cada semana”, el poder creado en la ambientación, en las formas, como en el sentido expresado en cada texto, no deja de ser maravilloso.

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