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Ciudad de México Año VI Número LXVI Abril 2018

 

César Vallejo y las mujeres que me acercaron a él
José Luis Barrera

Ella se ponía leer a Vallejo y yo quería arremeter con la hormonal esencia de mi juventud en su cama. Yo deseaba que me enseñara el exquisito arte del sexo -puesto que era siete años mayor que yo-, y no clases de versos alejandrinos y endecasílabos, que me iba señalado cuando los encontraba en Los heraldos negros. Mis ansias sexuales se enredaban torpemente en los versos que ella me leía, y que por obvias razones no lograba yo entender.

Años después, pensé que tal vez ella misma no había entendido los versos, pues no los encontraba propicios para mis intenciones lúbricas, o tal vez los entendía demasiado bien y no quería intimar conmigo, o en definitiva quería prevenirme de los dolores que conlleva el amor. De cualquier manera quedó en mi recuerdo aquella mujer con la que no aprendí a “hacer el amor” y mucho menos aprendí poesía, pero que me dejó la inquietud de leer a ese autor que ella tanto amaba.

Muchos años después, con varias heridas amorosas en mi haber, me topé con el libro de Los heraldos negros en los anaqueles de la antigua Biblioteca México, y al irlo leyendo supe que aquella amante de mi temprana juventud era una mujer herida que quería advertirme del daño que ella, a su vez, podía ocasionarme. Leí el poema de Setiembre y me pareció que reconocía un verso que declamaba antes de la entrega carnal:

Fui descubriendo desde el propio poema que le da nombre al libro, que esta obra era evidentemente existencialista, y el poema Los heraldos negros no me pareció de tinte desolador, sino de una ineludible incertidumbre con la que vive el ser humano. Al leer gran parte del libro comencé a entender a aquella amante, a la que aún recuerdo, que evidentemente me estaba preparando no tanto para el sexo, sino para las secuelas del mismo. Era de entenderse, pues yo era casi por completo inocente.

En definitiva, fui entendiendo que Los Heraldos negros no los podía entender un joven tan lleno de esperanzas, los fui comprendiendo conforme las dudas, los sinsentidos y la desesperanza fueron apareciendo en mi vida. Así visto, ya a distancia, no debo reprocharle a mi primigenia amante la falta de pasión en el sexo, ya que no le interesaba hacerme un experto amante, en realidad ella me estaba preparando para los dolores que acompañan invariablemente al amor.

 

Un nuevo encuentro con César Vallejo me deparaba la vida, y de nueva cuenta con una mujer, sólo que ella no leía Los heraldos negros porque sólo le daba espacio a la lúbrica pasión. No obstante los años que habían pasado desde mi amante vallejista hasta este momento, con esta nueva amante, mi “hechicera vaginomántica”, aprendí muchas maneras más de “hacer el amor”, porque en su tálamo profano no existían los límites. Y como en el sexo, así como en la poesía también hay cesura, en una de ellas, esperando mi destino de Ícaro -atrapado entre sus laberínticas piernas- me puse a revisar unas cajas llenas de libros (que luego ella me explicó eran del papá de sus hijos, que tenía más de tres años que no se aparecía en su casa) y encontré algunos de mi interés, entre los que se encontraban Los heraldos negros, que comencé a leer. Pero para que el libro no interrumpiera la ceremonia hedonista, prefirió regalarme los libros para que los leyera en otro momento. Un sexo sin límites y un fajo de libros fue a la postre la herencia que me dejó esta otra amante. A diferencia de la primera, esta no me leía a Vallejo pero si me recordaba unos versos del poema La copa negra leído en la biblioteca:

 

Leyendo con calma el libro rescatado de la caja de mi segunda amante, me encontré con varías anotaciones que hacían entender que ese libro había sido analizado a detalle, y de manera técnica midiendo los versos y su ritmo, y me encontré con una dedicatoria que me llamó la atención: era de un amigo escritor que le dedicaba este libro a su amante -que resultó ser la mamá del padre de los hijos de mi “hechicera vaginomántica”-. De esa historia evidentemente no puedo intuir qué relación tuvo con su romance, o lo que haya sido, pero sin duda era otra vez Vallejo intercalándose de alguna manera entre un escritor y una mujer.

Lo cierto es que Cesar Vallejo, desde joven se fue volviendo una obsesión, y cuando en mis años de cultura escuchaba hablar de este valioso autor de la literatura latinoamericana, llegaba a mi mente la amante herida que con versos de Vallejo me quiso preparar para la vida. La segunda amante, la del libro regalado, no llegaba aún a mi vida y por ende no tenía las otras dos referencias de Vallejo y la relación de pareja.

Pero volviendo al libro que terminó en mis manos, debo decir que éste tenía también su poemario Trilce, que me fue descubriendo la grandeza de un autor que emprende una ruptura en la forma de hacer y entender la poesía. Tal como lo dice Antenor Orrego -filósofo, periodista, ensayista, político y pensador peruano de la época- en el prólogo de la edición original (autofinanciada y de tiraje breve):

“César Vallejo está destripando los muñecos de la retórica. Los ha destripado ya. El poeta quiere dar una versión más directa, más caliente y cercana de la vida. El poeta ha hecho pedazos todos los alambritos convencionales mecánicos. Quiere encontrar otra técnica que le permita expresar con más veracidad y lealtad su estilo de la vida.”

Entonces me encontré con el Vallejo del que tanto se ha hablado en las reuniones literarias y que tan buenos adeptos se ha ganado entre los verdaderos degustadores y hacedores de la poesía, los que quieren una poesía moderna, aguerrida, fuerte, y no lacónica y con pretensiones de conquista romántica a la que muchos otros se aferran de manera obstinada.

Y descubrí a Vallejo en Trilce, porque justo en esta obra anticipó gran parte del vanguardismo que se desarrollaría en los años veintes y en los treintas. En este libro, Vallejo lleva la lengua española hasta límites insospechados: inventa palabras, fuerza la sintaxis, emplea la escritura automática y otras técnicas utilizadas por los movimientos dadá y suprarrealista.

 

Cesar Vallejo es por muchos considerado como uno de las grandes innovadores de la poesía y es, sin duda, el máximo exponente de las letras peruanas. Y justo en este año es dable rememorar al creador por los ochenta años de su fallecimiento (15 de abril de 1938). Y no sería correcto limitar la memoria sólo a estos dos libros y sólo a su faceta de poeta, ya que escribió además narrativa, teatro y ensayo. Y ante la imposibilidad de detallar toda esta obra, bien vale la pena resaltar los doce relatos agrupados en su libro Escalas melografiadas (Lima, 1923) que se dividide en dos secciones: seis estampas lírico-narrativas (Cuneiformes) y seis relatos o cuentos psicopatológicos (Coro de vientos). En algunos de ellos se vuelve a asomar un vanguardismo poco cultivado entonces en Hispanoamérica. El otro libro que me parece muy atractivo por su cercanía con el género fantástico, es Fabla salvaje (Lima, 1923) que es una novela corta de carácter psicológico que aborda la locura de un campesino de los Andes, Balta Espinar, que empieza a sentirse acosado por un ser fantasmal. Producto de esta psicosis golpea a su esposa embarazada, se aleja de su hogar y acaba arrojándose de un precipicio.


“Sí. Mi madre estaba allí. Vestida de negro unánime. Viva. Ya no muerta. ¿Era posible? No. No era posible. De ninguna manera. No era mi madre esa señora. No podía serlo. Y luego, ¿qué había dicho al verme? ¿Me creía, pues, muerto?”
De Más allá de la vida y la muerte del libro Escalas Melografiadas

En fin, el descubrimiento de Vallejo se debió a dos amantes, una que lo adoraba y otra que lo ignoraba (y la que sin embargo me regaló el libro que tengo en mi poder). Y a tal circunstancia femenina alrededor de la imagen de Vallejo, no me queda más que terminar con el poema XIII del Trilce.
XIII

Pienso en tu sexo.
Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,
ante el hijar maduro del día.
Palpo el botón de dicha, está en sazón.
Y muere un sentimiento antiguo
degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico
y armonioso que el vientre de la Sombra,
aunque la Muerte concibe y pare
de Dios mismo.
Oh Conciencia,
pienso, sí, en el bruto libre
que goza donde quiere, donde puede.

Oh, escándalo de miel de los crepúsculos.
Oh estruendo mudo.

Odumodneurtse!

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