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Ciudad de México Año VI Número LXVI Abril 2018

 

La Primavera de Praga
Loki Petersen

Hubo una vez un país llamado Checoeslovaquia. Nunca existió antes de 1919, y ya no existió a partir de 1993. En medio de este lapso hubo un periodo, el de la ocupación alemana, de 1939 a 1945, en el que el nuevo país fue separado como lo estuvo antes: de un lado los checos, en el Protectorado de Bohemia y Moravia, y del otro los eslovacos. La verdad es que Checoeslovaquia fue un país inventado por los Aliados vencedores de la Primera Guerra Mundial: decidieron ellos, arbitrariamente, unir dos pueblos que no tenían nada que ver entre sí, salvo el ser vecinos geográficos: el checo y el eslovaco. Y, por otro lado, el predominio del primero sobre el segundo al unirse fue siempre evidente.

Bohemia y Moravia, que hoy son la República Checa o Chequia, fueron parte del Reich austriaco, y Eslovaquia estaba integrada al reino de Hungría. El soberano común de esas tres provincias fue el emperador Francisco José. Los checos siempre habían tenido la inquietud de la independencia, desde fines de la Edad Media, pero vivieron sometidos a gente de habla alemana. De hecho uno de los príncipes electores alemanes, los que elegían al emperador germánico, era el príncipe de Bohemia, que radicaba en Praga, la ciudad de los magos y de los ocultistas. En esa ciudad convivieron durante siglos alemanes, checos y judíos.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, los checos tuvieron que enrolarse en el ejército austriaco, pero no todos estaban de acuerdo, entre ellos Tomás Masaryk, quien se fue a los Estados Unidos, donde creó un grupo de simpatizantes checos cuyo objetivo era, con ayuda aliada, la creación de una república checa. Los eslovacos fueron enrolados en el ejército húngaro, pero los que pudieron evadirlo también fundaron en Estados Unidos un círculo de emigrantes que buscaba a futuro una república eslovaca. A alguien se le ocurrió, quizá a un francés, o a un impertinente yanqui, tal vez el presidente Woodrow Wilson, que se unieran ambos círculos, y que una vez concluida la guerra se proclamaría una república checoeslovaca. Ni checos ni eslovacos se sintieron contentos, pero aceptaron. Los checos dieron por entendido que ellos tenían primacía sobre los eslovacos, pues el nuevo país no sería llamado eslovaco-checo.

A fines de 1918 concluyó la Primera Guerra con la derrota de Alemania y de Austria-Hungría, y entonces los Aliados procedieron al desmantelamiento de esta última, para que con algunos de sus fragmentos fuese creada Checoeslovaquia, y también otra nación que tampoco había existido nunca, Yugoeslavia. En 1919 se hicieron todos los arreglos necesarios, y ya para 1920 fue proclamada la Constitución de la nueva República checoeslovaca, con Masaryk como presidente. Los checos estaban felices, pero los eslovacos pronto se dieron cuenta que no había nada de lo que pudieran regocijarse, pues fueron tratados como ciudadanos de segunda clase, o peor, como súbditos de los checos, junto con los alemanes, húngaros y polacos que residían en la nueva república.
La legislación se aprobó de tal manera que favoreciese en todo a los checos, y por eso cuando llegó la oportunidad de rebelarse, cuando Adolfo Hitler quiso integrar al Reich las regiones alemanas ubicadas en Checoeslovaquia (llamadas Sudetes), eslovacos, húngaros y polacos aprovecharon para mejorar su situación: los primeros para independizarse, y los segundos y terceros para ser anexados a sus países de origen. En 1938, mediante el famoso Pacto de Munich, Hitler se quedó con los Sudetes, y en 1939 fue más allá: suprimió la República checoeslovaca, se le dio independencia a los eslovacos, y los checos pasaron a ser el Protectorado de Bohemia y Moravia.

La ocupación alemana impuesta a checos y eslovacos no fue tan dura como en otras partes, así que no fueron tocados por las destrucciones que estaban ocurriendo en Europa por la Segunda Guerra Mundial. Entonces a fines de 1944 los eslovacos se levantaron contra los alemanes, de los que habían sido aliados, pero fueron derrotados; sin embargo, la pronta irrupción del ejército ruso liberó a Eslovaquia. En cuanto a los checos, desde el principio de la ocupación tuvieron un gobierno en el exilio, en Londres, a cargo del presidente Edvard Benes, a quien los Aliados le prometieron que se volvería a instaurar la república checoeslovaca, con él a cargo. La Segunda Guerra había terminado el 8 de mayo de 1945, y las tropas alemanas seguían en Praga, sin nadie que les indicase qué hacer. Entonces ocurrió un levantamiento checo, cuya extrema violencia fue desatada no tanto contra el ejército alemán, que inició su retirada, sino contra los civiles germanos que desde generaciones atrás vivían en Bohemia. La llegada rusa estabilizó todo, y surgió de nuevo Checoeslovaquia, y se decidió que ahora sólo vivirían ahí checos y eslovacos, así que los alemanes fueron expulsados.

Sin embargo, los Aliados occidentales no pudieron evitar que se instaurase, oficialmente a partir de 1948, una república socialista en Checoeslovaquia, satélite de los soviéticos. Los rusos apoyaron a todos los gobiernos checoeslovacos, desde el de Klement Gottwald hasta el de Antonin Novotny, a lo largo de veinte años, y estuvieron contentos de tenerlos como leales amigos. Por eso cuando a principios de 1968 llegó un nuevo gobierno, encabezado por Alexander Dubcek (quien por cierto no era de origen checo, sino eslovaco), los rusos se mostraron preocupados, pues aunque Dubcek era, o decía ser, comunista, sus tendencias liberales provocaron desconfianza. Fue en abril de ese año (hace cinco décadas) que se inició lo que fue llamado como la “Primavera de Praga”, llamada así porque en esos meses de la estación primaveral, coincidiendo con la belleza de la estación, los checoeslovacos disfrutaron bajo Dubcek de un poco de libertad. Quizá no era tanta, pero para aquellos días en que en las naciones socialistas había mucha represión (también en las capitalistas, donde florecían movimientos estudiantiles por todos lados), sentirse un poco menos abrumado por la vigilancia del gobierno y de la policía fue bien recibido.

De alguna manera los estudiantes franceses, alemanes occidentales y estadounidenses vieron en la Primavera de Praga un ejemplo de que sería posible liberarse de regímenes caducos, y ya no sólo los de índole comunista, sino también de los capitalistas. Dubcek implantó en su país la libertad de prensa, el derecho a huelga, menos burocracia, menos totalitarismo, y aunque no dejó de ser socialista, Dubcek dijo que quería darle a la nación checoeslovaca “un socialismo con rostro humano”. Apenas era el inicio de algo, y de momento el premier soviético Brejnev no hizo nada, pero se mantuvo en alerta.

Todo fue que Dubcek decidió abrir su país al turismo occidental, para que Brejnev sintiese que había que dar ya un hasta aquí a las reformas de Dubcek, pues aquél vio en los turistas, sobre todo los de Alemania Occidental, espías y provocadores. Entonces el 20 de agosto de 1968 el ejército ruso entró en Praga y procedió a la ocupación de Checoeslovaquia. Por la televisión vimos cómo los estudiantes checos pintaban suásticas en los tanques rusos. Pero no hubo nada sangriento, a diferencia de lo sucedido en Hungría en 1956, y la Primavera de Praga quedó sin efecto, con Dubcek destituido del cargo de Presidente. Mucho de la atmósfera de estos días se refleja en las novelas de Milán Kundera.
A tantos años de distancia, y en el contexto de ese 1968 tan políticamente explosivo, la Primavera de Praga queda como uno de los primeros intentos modernos por lograr que una vida verdadera sea posible. Y ello fue así en los pocos meses que duró, y además decretado por un gobierno establecido. No pudo continuar porque la época no estaba madura para aceptar el que se viviese sin presiones, tanto políticas como económicas. El comunismo cerrado no lo permitía, y el capitalismo avariento tampoco.

En 1989, con la República Democrática Alemana en proceso de desintegración como consecuencia de la política aperturista del ruso Gorbachov, Checoeslovaquia se sintió en la necesidad de una libertad total, no modesta como la de Dubcek en 1968, sino por completo exenta de cualquier imposición. Fue llamada la Revolución de Terciopelo, y los checos tenían ahora otro líder carismático, el escritor Vaclav Havel. La gente salió a la calle a pedir su liberación, y lograron echar fuera a los viejos políticos socialistas. Dubcek reapareció, aunque no en primer plano, sino como un símbolo, en apoyo de Havel, quien a fines de 1989 fue nombrado presidente de Checoeslovaquia, el primero que no era de origen comunista desde 1948.

No bastaba, los eslovacos querían la independencia y lo lograron en enero de 1993. Los checos no se opusieron, pues reconocieron que no tenían ningún vínculo con Eslovaquia, y en esa misma fecha nació la República Checa. Por lo tanto, Checoeslovaquia, el país imaginario, desapareció, y ya no habría ningún problema, como el que tuve alguna vez con un amigo a principios de los ochentas. Este amigo escribió un cuento donde sus personajes bailaban una danza checoeslovaca. Le dije que eso no era posible, que sólo podían bailar una danza checa o una eslovaca. Se me quedó viendo como si yo hubiera enloquecido, tan arraigada estaba la idea de que Checoeslovaquia era un solo país, y que siempre había existido.

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