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Ciudad de México Año VI Número LXVI Abril 2018

 

Tres del reino celestial
Luciano Pérez

1.- La vida nueva de Betty

El poeta hubiera querido que Betty lo llevase al Paradiso, pero eso jamás pudo ser. Sin embargo, ella sí que llevó a otros ahí, aunque éstos no se hubieran enterado que ese bienaventurado lugar se llamaba así. Por supuesto, Betty tampoco sabía que su tarea, por el nombre que ella tenía, implicase conducir a jardínes, a paraísos, porque no conocía que encarnaba la vida nueva, que el poeta vio en Betty desde que se la presentaron en un lugar lejano. Un lugar que era, por cierto, como un Inferno, lleno de delincuencia y de caos, donde Betty vivía muy a gusto desde que nació en esos círculos del averno llamados Ecatepec, Coacalco, Tultitlán, Tultepec...

Al poeta se le hacía difícil ir a visitar al objeto de su devoción, pero tenía que hacerlo. Llegaba allá contento de haber sobrevivido a los constantes asaltos en el transporte, todo para que viese a su dama abrazada con otro, u otros; y a él, el poeta, ella sólo le decía: "¡Eres mi amigo! ¿No es cierto que nuestra amistad es lo más grande?" Él pensaba lo contrario, pero no se lo dijo: "No, Betty, amistad quiere decir amor, y los amigos se aman, se quieren, se besan, se estrujan, se aprietan, se muerden el uno al otro, se despedazan". Quizá, pero eso para ella no sería amistad, sino noviazgo, así que Betty se mordía con sus novios a fondo.
Por lo tanto, ¿qué vida nueva era posible aquí? ¿Cómo lograr que Betty llevase al poeta al Paradiso, si era obvio que ella estaba feliz entre seres putrefactos y abominables, a los que ella llamaba novios? El poeta sufría mucho, y llenaba cuadernos y cuadernos con palabras llenas de mística y desaliento, porque Betty se negaba a conducirlo ante Aquel que mueve el sol y las estrellas.
Un día que hubo una comida con los padres de Betty, y el poeta fue invitado (otra vez el viaje a los círculos del Inferno), él aprovechó para platicar un poco más con ella, pues no había por el momento algún novio de cola con punta de flecha ante la vista. Le dijo: "Betty, estoy escribiendo algo sobre ti". Y ella respondió: "Cuando lo termines me lo enseñas". "¿Lo leerás?" "No me gusta leer, pero haré el intento". "De ti he dicho lo mejor que se ha dicho nunca". "¿Ah, sí? ¿Cómo qué?" "Que tú me llevas al Paradiso". "What???" "A un jardín llamado el Cielo, donde Dios y sus ángeles te han encumbrado como la fémina perfecta, por la cual yo me hago justo, bueno y feliz, por gracia de lo que tú significas en mi vida, que es nueva desde que te vi". "Muy bonito, pero no entendí nada". "No te preocupes, es toda una comedia, y se llama divina". "¿Ah, sí? Entonces hará reír mucho". "¿Por qué, crees que no gustará?" "No digo eso, sino que, como dices que es comedia, toda comedia es cómica, por más divina que pretenda ser".

2.- Los dioses felices

Los sátiros sabían perfectamente que los únicos seres felices y dichosos son los dioses, y tan lo saben que su propio patrón, Bacchus, es el más feliz de todos. Pero él quiso que los humanos compartiesen un poco de esa felicidad, aunque no fuese ésta del tipo inmortal que caracteriza a lo divino. Con el vino, se puede ser feliz un poco, y sólo mientras se beba. Pero también los sátiros entendían, alguien se los había comentado, que se puede ser feliz negando el que haya un Dios, y no hay por qué no pueda dársele estatus de divino a quien así piensa.
Sin embargo, el viejo Sileno dijo que, respecto a eso último, había que preguntarle al propio Bacchus, para mayor seguridad. Porque los sátiros construyen monumentos para cada uno de los dioses felices, como testimonio de la bienaventuranza de aquellos que, dichosos, no necesitan ocuparse de los humanos. Y no obstante, los sátiros saben que es necesario rendirles un homenaje, y así las estatuas de todos los seres divinos están alineadas en un jardín para su respectivo culto, y Bacchus las había aprobado. Sobre todo le gustó su propia imagen de mármol, porque aparecía embriagado y risueño, abrazado de su hermosa Ariadna, la cual olvidó todas las lágrimas derramadas en la isla de Naxos.
Y un día que Bacchus vino a admirarse a sí mismo, Sileno le salió al paso y le preguntó si también quien niega que hay un solo Dios puede ser feliz. Se daba por entendido que el que niega a un Dios es para afirmar que hay dioses, como Epicuro. Bacchus contestó que Epicuro era un dios, y que merecía una estatua. Sileno, entonces, sacó otro caso, el de aquel que niega a Dios, y por lo tanto también a los dioses. Bacchus no vaciló: "Es un dios. ¡Erijan su estatua!" Karl Marx se había ganado un lugar entre los felices. Quedaba otro caso más, el de alguien que dijo que no hay Dios ni hay dioses, pero que alguna vez los hubo y se murieron todos; que entonces sólo cabía escribir Ditirambos y que esta era toda la felicidad. Bacchus, muy contento, exclamó: "¡Ese es mejor que los otros dos dioses! ¡Una estatua!" Sileno le dijo que no sabían quién era, ni cómo era. Un tanto impaciente por irse ya a su felicidad, Bacchus dispuso: "Hagan una imagen igual como la mía, sólo le ponen anteojos de miope y un bigote muy grande y grueso".
Por lo tanto, tres dioses muertos, y que ya no sabían nada de nada, valen más que todos los dioses que viven, todavía, en su eterna bienaventuranza.

3.- Tumbas en las estrellas

Cuando los seres mitológicos mueren, son sepultados en las estrellas, y cada uno es identificado por su respectiva lápida. Los marcianos, que en sus constantes viajes por el espacio han visitado el cementerio mítico, se entretienen mucho leyendo las lápidas. Por supuesto que no lo pueden hacer por sí mismos, sino que llevan consigo dos aparatos: uno que es traductor, para que les diga lo que dicen los letreros luctuosos, y otro hermenéutico, para que les explique lo que significan.
Una vez leyeron una lápida que decía: "Fui sátiro, hijo de las ninfas, y compuse Ditirambos para la güera Gladys, la tepiteña". El aparato traductor les dio a saber lo que refería el texto, pero como los marcianos no entendieron nada, acudieron al aparato hermenéutico, el cual les explicó lo siguiente: "Los sátiros eran seres feos, es decir, gordos y borrachos; las ninfas, mujeres muy hermosas, fueron sus madres. Por eso se acabaron los seres míticos, porque los seres bellos parieron seres feos. Los Ditirambos eran canciones de briagos e irrresponsables. No sé qué es "la güera Gladys" ni "la tepiteña", me es ilegible por completo".
Los marcianos estaban asombrados, y uno de ellos le preguntó al aparato: "¿Y qué quiere decir feo?" El aparato tosió, y contestó: "De acuerdo a mi información, feo es equivalente a un marciano que anda indagando lo que no le importa". Los marcianos se rieron, y se dijeron unos a otros: "¡Somos sátiros, hagamos Ditirambos!" Bebieron, se emborracharon y se pusieron a cantar palabras que no entendían, pero que quizá intuían lo que significaban: "¡La güera Gladys, la tepiteña!" Pero ya no nacería ningún sátiro más...

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