Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VI Número LXVII Mayo 2018

 

Estocolmo síndrome
Adán Echeverría

Yo la golpeaba tanto, la sobajaba y estropeaba tanto, que por eso mantuvimos una relación durante poco más de diez años, a pesar de que yo era casado. Los primeros cinco años apenas le dedicaba algunas horas entre semana (los ‘findes’ eran para mis hijos), siempre fue así mientras vivimos en la misma ciudad. Lo más que alcanzaba a brindarle eran algunos días para irnos a la playa, siempre que ella hubiera cobrado su quincena.

Con la tristeza que causa el desprecio terminó por huir de mí (como tantas veces lo intentara), para vivir cinco años “alejada” en el Distrito Federal. Sin embargo, apenas llegó a la gran ciudad, habló para darme su dirección y pudiera yo buscarla cuando lo deseara.

Durante esos años venía a mí de vacaciones, o me compraba los boletos de avión para ir a verla. Cuando la tenía conmigo, lo primero era arrancarla a sus amigos, teniéndola siempre al alcance de mi brazo y de la vista. Momentos que aprovechaba para morderle las caderas y grabarle bien las uñas en la espalda. Cuántas cicatrices le he hecho.

Al divorciarme decidí perderla para siempre en mi violencia; apenas le conté que estaba solo, que era libre, suplicó que la dejara volver conmigo: “Lo merezco”, dijo, “merezco que me dejes vivir a tu lado”. Acepté y renunció a su plaza en un puesto federal para venirse de inmediato. Nos gastamos rápido el dinero de su liquidación.

La obligué a que se casara conmigo (hacerla mi tercera esposa, con el fin de dominarla socialmente); y no le permitía que invitara a su familia a nuestra casa, ni la dejaba ir a visitarlos.

Era de ley que estuviera desnuda día y noche por la casa sin importar el clima. Debía estar dispuesta para cuando yo requiriera usarla sexualmente. No era una delicia su cuerpo, así que pronto me aburrió y le ayudé a conseguir empleo, para sacarla a la calle y que me dejara a solas en la casa. Necesitaba que se pudiera mantener por ella misma y claro, que ganara dinero mientras yo me dedicaba a escribir.

Seguí golpeándola cotidianamente, y para hacerla sentir peor, y amarrarla para siempre a mí, la embaracé. "Jamás te salvarás, me llevarás en tus adentros". Me divertía pegarle a su panzota de embarazada con la idea de lastimar a la bebita que ahí crecía. Pero a pesar de los golpes, la beba nació hermosa, sana, pero tan similar a ella que no pude tolerar esa repetición, y al nacer, las corrí a ambas de la casa.

Fuera ya de mi vida, decidí seguir pasándole dinero para su manutención y la de la niña. De vez en cuando me portaba amable y le arreglaba la casa podándole el jardín, con el fin de aprovechar cada minuto para, dormida la nena, meterme entre sus piernas y celebrar en silencio el “siempre serás mía”, mientras le llenaba de insomnio el sexo.

No soportaba sus lagrimitas ni la imagen de madre sumisa en que quería convertirse. "Una buena madre es la que se rompe el lomo por el padre de su hija", le dije en la entrada de mi casa cuando volvió suplicante.

De nuevo conmigo, perfeccioné el arte de lastimarla. El pasó de los años a mi lado le fue desfigurando el rostro. Jamás pudo recuperar su caminar de pantera blanca y una ligera cojera le quedó en las piernas. Para que el maltrato se notara poco le compraba maquillajes, cremas, y en la calle o frente a las personas tenía que usar lentes oscuros. Era tan débil, tan… femenina.

Tres veces intenté tramitar el divorcio para dejarla ir, pero ella estaba desquiciada, no sabía qué hacer con su vida, y ahora que tenía a mi beba entre sus brazos, recordándole nuestra historia, dijo que lo peor había pasado. Comenzó a espantarme.

Un día, por descuido, encontró a su madre al ir de compras, y se las llevaron. Pensé que al fin había logrado librarme de ella, necesitaba encontrar la paz tan necesaria. Pero no, a los pocos meses volvió a casa. Sacó a golpes a la mujer que tenía entre las piernas. Me arrancó la ropa y me lamió, chupó, y mordió por todo el cuerpo. "Jamás vas a librarte de nosotras", dijo, y colgó de nuevo su ropa en mi ropero.

Sigo persiguiendo la idea de que alguna vez volveré a tenerla doblegada y a mis pies. Espero alguna vez poder presumirles el acta del divorcio, si ella no les enseña antes el mío de defunción.

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