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Ciudad de México Año VI Número LXVII Mayo 2018

 

Mayo 1968: los estudiantes en rebeldía
Loki Petersen

1968 fue un año de inquietud política en todo el mundo. Después de concluida la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos se auto-proclamaron como el país modelo, un ejemplo de democracia, libertad y progreso, que le hacía frente con firmeza a la amenaza soviética. Un ejemplo que debían seguir todos los pueblos amantes de la paz. Fue así que las naciones fuera del orbe ruso, las de Europa Occidental, el Japón, la India, Hispanoamérica (por supuesto México), fueron adquiriendo usos y costumbres propios de los estadounidenses, y mucha gente se tenía que sentir feliz y agradecida.

Veintitantos años después de concluido el conflicto mundial, y luego de la malhadada aventura estadounidense en Corea, y ahora en otra en Vietnam, los jóvenes de los Estados Unidos, acuciados por toda una serie de libertades que ya no tenían que ver con el ideario libertario adulto, comenzaron a manifestar su disgusto por la sociedad en la que vivían. El rock abrió las mentes, el sexo libre abrió los cuerpos, y los alucinógenos participaron de lo uno y de lo otro. Los adultos, por supuesto, no estaban de acuerdo con esa actitud juvenil, que destruía la moral establecida desde tiempos bíblicos. La vida, según el parecer de esta gente vieja, consistía en estudiar, recibirse, casarse, tener un buen empleo, procrear una familia, tener un coche o dos, hacer las compras en el almacén adecuado, vivir en un sitio cómodo con todos los aparatos eléctricos que hacen fácil la existencia. ¿Para qué rock, drogas y sexo?

La inconformidad, el desencanto, con eso que ya era llamada la sociedad de consumo, se incrementaron en el sector juvenil pensante, los estudiantes. Fueron éstos los que empezaron a darse cuenta de que no podía ser cierto que se vivía en el mejor de los mundos posibles. Y no era así, porque los adultos decían que vivir mejor consistía en creer en Dios, en la libre empresa, y por supuesto en la superioridad moral (y militar) estadounidense, necesaria ésta para enfrentar a los ateos de la URSS. ¿Para qué creó Dios el mundo, si no para que cada ser humano tuviera un coche, un refrigerador, un televisor? Pero entonces, ¿por qué había guerra en Vietnam, por qué se discriminaba a los negros, por qué había incluso muchos blancos en la pobreza?

Los jóvenes estadounidenses siempre habían vivido en medio del progreso, y ahora se rebelaban contra eso. Se hicieron hippies, oyeron rock, marcharon contra la guerra. Ahora bien, con los jóvenes europeos se dio el caso de que se les había impuesto el “modo de vida americano”, y había resentimiento contra ello, incluso entre los adultos. Francia, Alemania Occidental, la propia Gran Bretaña, se americanizaban, y no había manera de detenerlo.

Algunos teóricos marxistas habían reflexionado sobre todas estas cuestiones, y habían expuesto que esa sociedad “americanizada” no era algo bueno para la individualidad de la persona. Uno de ellos fue Herbert Marcuse, un antiguo discípulo de Heidegger, y que bien empapado de Hegel, Marx y Freud, publicó en 1964 “El hombre unidimensional”, un estudio sobre la sociedad estadounidense moderna, donde el tener es mayor que el ser; donde si todos usamos la mejor camisa, fumamos el mejor cigarrillo, y pensamos de la mejor manera (es decir, de acuerdo al progreso y la civilización), todos seremos uno y lo mismo, una sola dimensión. Ahí no tienen cabida la diferencia, la disidencia, y por eso el rock, las drogas y los hippies no podían participar en esa mejor vida. Marcuse apelaba a oponerse a esa sociedad unidmensional, a que nos empeñásemos en ser distintos, pues es la diferencia lo que hace agradable la existencia, y no es necesario tener coche ni televisor, pues los que los tienen están haciendo más ricos a los comerciantes.

Los jóvenes que leyeron a Marcuse, tanto en los Estados Unidos como en Europa Occidental, quedaron impactados, y eso los llevó a estudiar a Marx, y a sentirse seducidos por personajes como Mao y el Che. Quizá había algo de esnobismo en ello, pero de esas lecturas surgió el lema que la juventud rebelde de 1968 gritaba en sus reuniones y asambleas, las tres M que significaban la protesta ante la sociedad conformista en la que habían crecido: MARX-MAO-MARCUSE.

En Francia, lugar de vieja estirpe revolucionaria, se fue gestando un movimiento en la Sorbona de París y en otras escuelas superiores. Los estudiantes empezaron por sentirse inconformes con los reglamentos y normas universitarios, que sentían opresivos. Los franceses habían tenido en años recientes sus propios Vietnam, como producto de los afanes coloniales del gobierno francés: uno la guerra de Indochina (de Vietnam en realidad, conflicto que le heredaron a los estadounidenses) y el otro la guerra de Argel, en contra de las cuales muchos franceses habían protestado. Y luego de ya no estar tampoco de acuerdo con los programas de estudio, ni con los métodos tradicionales de enseñanza, que pedían suprimir, pasaron los estudiantes a cuestionar la vida y la existencia de la clase media. Había que cambiarlo todo, había que pedir incluso lo imposible, así que dejaron de ir a clases y en mayo de 1968 salieron a las calles a gritar sus consignas contra el orden burgués.

Las autoridades no estaban dispuestas a escucharlos, menos que ninguno el presidente Charles de Gaulle, representante de una generación vieja, que se había dejado vencer por los alemanes y que sólo pudo levantarse con ayuda de los americanos. De Gaulle envió la fuerza policiaca contra los estudiantes, pero éstos fueron apoyados por la clase trabajadora, que también se puso en huelga no sólo en solidaridad con los estudiantes sino también para protestar por sus condiciones laborales. Estudiantes y trabajadores levantaron barricadas en las calles para oponerse a la represión, como en los viejos tiempos de la Comuna parisiense de 1871.

Y aunque el Partido Comunista Francés se puso de parte del movimiento estudiantil y obrero, no se atrevió a asumir el liderazgo del mismo, quizá porque no sabía cómo, o tal vez no recibió autorización de Moscú a ese respecto. Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir anduvieron repartiendo panfletos por las calles, en apoyo a estudiantes y obreros, que la estaban armando en grande. De Gaulle ya estaba asustado. Ese fue el Mayo de París de 1968.

El presidente francés (a diferencia del mexicano unos meses después) se dio cuenta que no podía enviar al ejército ni dar la orden de tirar a matar. Por lo tanto, decidió ceder a la mayoría de las demandas estudiantiles y obreras. Para los estudiantes, considerar cambios a la reglamentación universitaria, mayor libertad de expresión, y menos rigor en la enseñanza; esto último llevaría a replantear los programas de estudio, lo que llevaría a la supresión de materias obsoletas. Para los obreros, mejores condiciones salariales y de otra índole. Las barricadas fueron quitadas, y hubo elecciones, que De Gaulle perdió.

Una vez más, no se dio la revolución tan largamente anhelada por los marxistas clásicos. Estudiantes y obreros obtuvieron, en cierta manera, lo que querían, y no vieron necesidad de llevar el conflicto más allá. Por supuesto que lo que De Gaulle más temía era, como muchos mandatarios occidentales de ese tiempo (incluyendo a Gustavo Díaz Ordaz), que los rusos intervinieran a favor de los estudiantes rebeldes. Pero la URSS tenía su propios problemas en Checoeslovaquia, por esos mismos días, donde un grupo de “traidores” estaba implantando reformas sin el permiso soviético. Quizá en el fondo los estudiantes franceses no se sintieron satisfechos, y hubieran querido en verdad cambiarlo todo a fondo, la vida y la existencia, terminar con la sumisión a vivir como estadounidenses. Si De Gaulle se hubiera puesto firme, quién sabe qué hubiera pasado. De alguna manera lo que pasó en este mayo parisiense de hace cincuenta años influyó en el conflicto estudiantil mexicano de dos meses después, que concluiría de manera tan trágica.

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