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Ciudad de México Año VI Número LXVII Mayo 2018

 

Horacio Casarín, a 100 años de su nacimiento
José Luis Barrera

Horacio Casarín, el primer ídolo del futbol mexicano, jugó de 1936 a 1957, es decir que muchos de nosotros no lo vimos jugar y por eso recurrimos a la memoria documental para saber de ese gran jugador del que hablaban nuestros padres y nuestros abuelos. Y la imaginación juega un papel importante ya que no existen prácticamente videos de sus hazañas deportivas, si tomamos en cuenta que el primer partido televisado en México fue en 1956, un año antes de su retiro. Afortunadamente existen dos documentos fílmicos que nos revelan historias en la que aparece este delantero mexicano, de quien tanto se hablaba en aquellas épocas: Los hijos de don Venancio, de 1944, y su secuela, Los nietos de don Venancio, en 1946. Por supuesto que Casarín no tenía alguna noción actoral, pero con la actuación y dirección de Joaquín Pardavé, logran llevar a buen puerto la aparición en la pantalla de uno de los grandes del futbol mexicano.

En la primera se desentraña la vida de un comerciante de origen español viudo que tiene que educar a cinco hijos, entre los que se encuentra Casarín (bajo el nombre de Horacio Fernández) y que decide ser futbolista pese a la negativa del padre, quien no entiende la terquedad del hijo mencionando incluso la famosa frase: “Bueno… ¿qué tiene ese maldito juego que enloquece a todo mundo?”

Y en la segunda don Venancio Fernández decide regresar a su tierra dejando a cargo de su negocio a su hijo mayor, quien por negligencia lo pierde en un incendio que obliga a regresar al padre. En esta película Horacio Fernández ya es futbolista y se contrata con un equipo internacional para, junto con sus otros hermanos, reconstruir el negocio de su padre. En la trama se difunde la falsa noticia que Horacio Fernández se vendió a un equipo contrario para ganar dinero extra jugando mal. Pero al final se aclara que eso no es cierto. Casarín, quien jugó con el equipo de sus amores, el Necaxa; después, con el Atlante (con el que militaba al momento de la película), mencionó que recibió una paga de 125 mil pesos por filmar la primera de las dos películas.
Gracias a esa aparición cinematográfica de Casarín, no sólo pudimos conocer a este ídolo, sino el mítico Parque Asturias y el ambiente que se vivía en sus tribunas. Dicho parque, construido con madera y que albergaba hasta 30 mil personas, se encontraba en dónde se encuentra la tienda Comercial Mexicana sucursal Asturias, en el metro Chabacano. Justamente en este estadio se vivió uno de los pasajes más polémicos del futbol mexicano, a causa de la pasión que despertaba desde entonces este deporte: el 29 de marzo de 1939, se llevó a cabo el partido entre el local Asturias y el Necaxa de Horacio Casarín, equipos que lideraban el Campeonato de Liga 1938-1939. Y ante la consigna de detener al peligroso “Chamaco” Casarín, Carlos Laviada al inicio del partido comete una falta en la rodilla de aquél, y luego de que no pudieran neutralizarlo, ya que anotó el primer gol del partido, el “Negro León” comete otra artera falta contra el delantero; y ya para enardecer más a las tribunas, al minuto 20 el zaguero José Soto dejó fuera del juego a Casarín tras ir directo contra su rodilla. El público, encrespado, entonces comenzó a prender fogatas en las tribunas de sol. El partido, que terminó empatado a dos, gracias a un polémico penalti marcado por el entonces árbitro Fernando Marcos a favor del local, dejó sin posibilidades de coronarse al Necaxa, y el público terminó de prender las luminarias en las localidades de madera que se consumieron de manera inmediata, sin que pudieran hacer ya nada los bomberos, quienes además se encontraron sin agua en las bombas, y el Parque Asturias terminó así sus días, acabando de paso con los estadios de madera que eran muy comunes en la época.

Hoy en día se habla poco de Casarín, y sólo el gran comediante de estos tiempos. Andrés Bustamante, nos lo recordó con su personaje de nombre Horacio Cascarín, que aparecía en las cápsulas cómicas del programa de “Los protagonistas del Mundial”, liderado por José Ramón Fernández. Y a cien años de su nacimiento es poco probable que se le recuerde con bombo y platillo, pese a ser una piedra angular en la historia de nuestro balompié.

Incluso en una publicación de la revista Proceso de diciembre de 1994, se hace referencia a un libro embodegado, en el que Casarín cuenta su historia, dando testimonio de su tiempo. Un libro que, se dice en el artículo, cuenta con 34 capítulos, dos prólogos y un epílogo, así como un apéndice estadístico de sus goles y cerca de 100 fotografías. 1

En este libro mencionado, Casarín relata cuando tiene que dejar a su equipo más querido: “En 1942, por un lío sindical, un enajenado había matado al señor Fraser en su oficina. La Compañía de Luz no quería tener un cuadro profesional. Era el Necaxa el equipo de mis amores, pero tenía que vivir la realidad de mis nuevas responsabilidades”. En el libro se refiere por supuesto al ingeniero William H. Fraser, Gerente de la Compañía de Luz y Fuerza, quien el 21 de agosto de 1923 decide unir los equipos “Luz y Fuerza” y “Tranvías”. Pero la Federación no permitió que llevaran nombres de empresas privadas, por lo que adoptaron el nombre de Necaxa, en honor al río y a la presa Necaxa, los cuales generaban la energía distribuida por la empresa. Con el equipo llamado de los “Once Hermanos”, Casarín debutó el 9 de febrero de 1936, a los 17 años, en un partido contra el España, en donde le marcó al portero “Jorobado” Álvarez su primer gol de los 335 que anotó en su carrera, y de los cuales 238 fueron en la liga del futbol mexicano.

Esta situación dejó sin equipo al delantero, por lo que surgió una oferta simultanea de América y Atlante, decidiéndose por este segundo, ya que el general José Manuel Núñez, jerarca de ese equipo, no sólo le ofreció los 600 pesos que le pagaba el América, sino que le cumplió la promesa de conseguirle trabajo en el Banco de México, como se lo había solicitado el futbolista. Su debut con el equipo azulgrana fue el 28 de junio de 1942, en un partido de la Copa México, en el Parque Necaxa ante el América, al que le gana 5 a 3 con dos tantos del delantero, que llegaba en su mejor momento al llamado “equipo del pueblo”. Casarín de hecho estableció una de sus marcas que tardó años en romperse: más partidos consecutivos anotando, con 9 (empatada por varios delanteros en las décadas siguientes, pero sólo rota hasta la temporada 1994-1995, por François Omam-Biyik). En el Atlante consiguió 107 goles, sólo superado, hasta la década de los ochentas por Evanivaldo Castro “Cabinho”, quien lo desplazó del primer lugar que ostentó por tanto tiempo. En la temporada 1945-1946 integró la delantera más prolífica en la historia del futbol mexicano, alternando con Martí Vantolrá, Rafael Tico Meza, Angelillo Nicolau, entre otros, estableciendo la marca de 121 anotaciones en una temporada, 26 de ellos de Casarín.

En 1948 dejó al Atlante, no sin antes coronarse en la temporada 1946-1947 con este equipo, y se fue a probar suerte en la liga española, con los equipo Real Oviedo y Barcelona, equipos con los que duró poco tiempo, teniendo de hecho un problema contractual con el segundo, por lo que sólo pudo quedarse poco antes del inicio del torneo 1948-49, además de que solo jugó partidos ajenos a la Liga Española, (causa por la que no ha sido considerado en la lista de los jugadores que han militado en España).

Regresó a México para jugar con el equipo al que le anotó su primer gol, doce años atrás, el España, con el cual estuvo hasta 1950, año en que desapareció el equipo. Y en este mismo año pudo cumplir su sueño de jugar un Mundial de Futbol, el de Brasil, en donde por supuesto no le fue bien a México, aunque el mítico delantero (cuya exitosa carrera se topó con los doce años que no se celebró esta justa mundialista a causa de la Segunda Guerra Mundial) le quedó el consuelo de no haberse ido inédito en el único Mundial en el que pudo participar.

Para la temporada 1950-1951, Casarín regresa al Necaxa, que se reincorporó al futbol profesional en ese torneo, y culminó por única ocasión en su carrera como campeón de goleo, al anotar 17 goles en 21 partidos. En la temporada 1952-1953, en un movimiento muy común en aquella época, se incorporó como jugador y entrenador del Zacatepec con el que consigue el subcampeonato, debajo del Tampico, y debido a esta notable actuación, dirige a la Selección mexicana el 19 de julio de 1953 contra Haití, en partido correspondiente a la eliminatoria mundialista para Suiza 1954, encuentro celebrado en el Estadio de la Ciudad de los Deportes (hoy Estadio Azul, y que tiene sus días contados) y que concluyó con victoria mexicana de 8-0.

Regresa al Atlante en la temporada 1954-1955, en la que anota tres goles, teniendo un mal torneo. Después de varios años del primer intento de contratarlo, el América lo logra para la temporada 1955-1956, club en el que aportó una buena cuota de 13 goles. A los 35 años, es convocado por última vez a la Selección Nacional para participar en el II Campeonato Panamericano de Futbol a celebrarse en el Estadio Olímpico Universitario de la Ciudad de México. Alineó por última vez el 3 de marzo de 1956, enfrentando a Perú en la derrota 0-2 del equipo mexicano.

Se retiró en la temporada 1956-1957 jugando para Monterrey, equipo en el que marcó los cuatro últimos goles de su carrera, ante América, Cuautla FC, Tampico y el número 238 de su trayectoria al Irapuato el 18 de noviembre de 1956 en la derrota 2-3 de su equipo en el Estadio Revolución.

Como entrenador no le fue del todo mal. En 1977 acudió como director técnico, en dúo con Alfonso Portugal, al Campeonato Mundial Juvenil Túnez 1977, en que la selección sub-20 de México concluyó como subcampeón. Después reaparece en Primera División en la campaña 1978-1979 dirigiendo a Zacatepec, equipo al que llevó a disputar su primera liguilla luego de terminar en sexto lugar de la tabla general. A la siguiente temporada 1979-1980 dirigió diez partidos a Tecos de la UAG; para finalmente llegar en 1980-1981 al Atlante. En la temporada 1981-1982, logró el liderato general con los Potros de Hierro, producto de 21 victorias, 11 empates y 6 derrotas en 38 juegos para un total de 53 puntos. En dicha temporada dirigió a Cabinho cuando este logró romper la histórica marca como máximo goleador en la historia de la liga. Atlante llegó a la final, donde perdió en penales el título ante Tigres UANL en la cancha del Estadio Azteca. Dirigió un año más al Atlante; su último juego fue el 15 de mayo de 1983 perdiendo 0-3 ante Guadalajara en la vuelta de los cuartos de final de la liguilla de 1982-1983.

Horacio Casarín, quien nació hace cien años, el 25 de mayo de 1918, se casó en 1941 con la aficionada del Necaxa María Elena King con quien permaneció casado hasta el momento de su muerte el 10 de abril de 2005, después de 10 años de verse afectado por el Alzheimer.
En el libro antes mencionado, existe una parte en la que María Elena King relata que, cincuenta años después de casados, Horacio Casarín mantenía “una figura juvenil y atlética, un rostro lozano, sin arrugas, con ligeras manchas del sol que había recibido durante tantas jornadas deportivas. Solamente su cabello suave y rizado aún abundante, ahora casi totalmente blanco, mostraba su edad. Era para mí el mismo hombre guapo y atractivo que cuando lo conocí”.

Ahí mismo se encuentra esta última reflexión de Casarín: “Quisiera hacer más, eso sí, por el futbol de nuestro país, ahora que entra a una etapa decisiva para lograr la madurez de México. Si los últimos años de mi vida transcurren en la serenidad de mi hogar, viviendo y charlando con los amigos… podré decir que mi vida ha tenido una realización total. ¿Cuántos en la vida pueden presumir de haber hecho casi siempre lo que más les gustaba?”

(1) http://www.proceso.com.mx/291277/en-un-libro-embodegado-por-la-conade-horacio-casarin-cuenta-la-historia-de-su-vida-y-del-futbol-de-su-tiempo

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