Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año VI Número LXVII Mayo 2018

 

Karl Marx, el Doctor Terror Rojo
(1818-1883)
Luciano Pérez

En el Londres de los años setenta del siglo XIX, se contaba que un tal Doctor Terror Rojo se comía a los niños. Y en ese mismo Londres, si alguien se atrasaba en el pago de la renta, la enojada dueña le echaba en cara al deudor el haberse vuelto marxista. Dos rostros del viejo alemán Karl Marx, quien había hecho de la capital inglesa su lugar de residencia desde 1849, y ahí moriría. Y así como su nombre provocaba pánico porque quería cambiar todo, derribar todo, para imponer el reino de los trabajadores, por otro lado Marx se llenaba de deudas, y lo acosaban el carnicero, el lechero, se atrasaba en la renta, y muchas veces tuvo que empeñar su traje para sacar adelante a la familia. Se cumplen doscientos años del nacimiento de este célebre hombre, que quiso cambiar para siempre la vida de la humanidad mediante la revolución proletaria y no pudo lograrlo.

Hay personajes históricos que son o totalmente amados, o totalmente odiados, y Marx fue uno de ellos. Erich Fromm, en su conocido libro “Marx y su concepto del hombre”, de 1961, nos da la imagen de un Marx humanista, quien por compasión hacia la humanidad se propuso liberarla de toda explotación y alienación. Sin embargo, Richard Wurmbrand, en “Marx, el profeta de la oscuridad”, de 1986, nos presenta a un Marx satanista, adorador de potencias oscuras e insondables, además de ser una persona egoísta, cruel y sin sentimientos. Sin duda, exageración por parte de ambos autores.

Karl Marx nació el 5 de mayo de 1818, como súbdito prusiano, en la ciudad más antigua de Alemania, Tréveris (Trier en alemán), por donde pasó Julio César, y la urbe que fundaron los romanos se llamó Augusta Treverorum, por los bárbaros tréveros que habitaban la región. Ubicada en el rico valle del Mosela, la ciudad llegó a ser sede de los arzobispos que fueron electores del Santo Imperio germánico.

Marx procedía de una familia judía que produjo muchos rabinos desde el siglo XVI. El apellido original de éstos era Mardochian, que se transformó en Markus, y se alemanizó como Marx. Heinrich, el padre del futuro revolucionario, ya no quiso ser rabino, pues no creía en Dios, y se hizo abogado, para lo cual tuvo que renunciar a su religión y convertirse al protestantismo. La madre de Marx, Henrietta Pressburg, era de origen holandés, y descendiente de rabinos de Bohemia.

Sus primeros estudios los hizo Marx en un colegio católico, y años después fue enviado por su padre a la universidad de Bonn para estudiar derecho. Sin embargo, más que a la escuela, Marx se dedicó a andar de juerga y a escribir poemas. Éstos eran de índole romántica, entonces en boga, y algunos fueron dedicados al Diablo, como uno que dice: “Los vapores infernales suben y llenan mi mente,/ hasta que enloquezco y mi corazón cambia por completo./ ¿Ves esta espada?/ Me la vendió el príncipe de las tinieblas./ Para mí marca el compás y da las señales,/ y cada vez con más osadía toco el baile de la muerte”. El padre de Marx estaba muy disgustado, pero el hijo decidió que no quería ya seguir con el derecho, y se fue a la universidad de Berlín, para estudiar filosofía.

En la capital prusiana se hizo hegeliano, influido por sus amigos Bruno Bauer y Moses Hess, y aprendió la dialéctica del maestro, esa arma mefistofélica donde se dan por buenas las contradicciones, que son las que hacen que la vida se desarrolle. Y a esto agregó su devoción por otro maestro, también hegeliano, Ludwig Feuerbach, para quien Dios era creación humana. Marx no dudó en hacerse materialista, y lo mostró así en su tesis doctoral escrita en 1840, “Diferencias de la filosofía de la naturaleza entre Demócrito y Epicuro”, donde estudia a los dos grandes materialistas griegos. Esta tesis no la presentó en Berlín, sino en la universidad de Jena, donde otorgaban pronto el título.

Ya como doctor en filosofía volvió a Tréveris, para casarse en 1842 con Jenny von Westphalen, una aristócrata prusiana que le había fascinado de años atrás. Esta boda no fue del agrado ni de la familia de él ni de la de ella. Y en ese mismo año obtuvo un empleo, como editor de “La Gaceta Renana”. Un trabajo difícil, no sólo porque la censura de las autoridades prusianas era agobiante, sino porque Marx publicaba textos de fuerte crítica a la situación política y económica. Fue precisamente ahí donde comenzó su interés por la economía.

Dos años después el periódico fue prohibido, y Marx tuvo que huir a París, porque en Alemania lo consideraron un peligro. Su vida en la capital francesa fue fructífera, porque trabó relación con otros emigrados alemanes, y de uno de ellos se hizo gran amigo, de Friedrich Engels. Hubo un intento por fundar una revista franco-alemana, que fracasó, pero lo esencial es que Marx se dedicó al estudio de la economía, y escribió unos textos que le aclararon las ideas, pero que no fueron publicados sino hasta mediados del siglo XX, los “Manuscritos Económico-Filosóficos”.

Por presiones de Prusia, el gobierno francés expulsó en 1845 a Marx, quien tuvo que irse a Bruselas, donde junto con Engels escribió dos libros, uno que fue publicado, “La Sagrada Familia” (donde ataca a sus viejos amigos hegelianos, con los que se había peleado), y otro que no apareció, “La ideología alemana” (donde es expuesto por primera vez el materialismo histórico). Polemizó fuertemente con el filósofo francés Proudhon, y publicó “Miseria de la filosofía” para atacarlo. En 1848, en los inicios de la revolución de ese año, regresó a Alemania y en Colonia editó junto con Engels “La Nueva Gaceta Renana”. Marx creyó que el momento histórico del cambio había llegado, y publicó su famoso “Manifiesto Comunista”, que señala que la historia de la humanidad es una constante lucha de clases, que sólo concluirá con la victoria de la clase proletaria sobre la clase burguesa.

La revolución de 1848 fracasó un año después, y Marx y Engels tuvieron que cerrar el periódico y salir de Alemania, esta vez para siempre. Engels se trasladó a Manchester, para hacerse cargo de un negocio que su padre tenía ahí, y Marx a Londres, de donde ya no saldría. La familia Marx vivió una existencia llena de apuros económicos, sobre todo porque Jenny, la esposa de Marx, no quería perder sus aires aristocráticos y gastaba de más. Tuvieron tres hijas: Laura, Eleanor y Jenny, pero hubo otros hijos, todos muertos en la infancia, y el más sentido por Marx fue su hijo Edgar. Todo hubiera sido peor, de no ser por la ayuda que Engels proporcionó, a propósito de que tenía un empleo, mientras que Marx ya no tuvo nunca uno. Con esa ayuda, Engels logró que su amigo se dedicase a escribir.

En esos años de pobreza londinense, Marx quiso redactar una obra económica fundamental, para lo cual casi diario visitaba la biblioteca del Museo Británico, para documentarse. En 1857 publicó un adelanto, la “Contribución a la crítica de la economía política”, que ya delineaba lo que después sería tratado con mayor detalle en “El Capital”, cuyo primer tomo apareció en 1867. Unos años antes, en 1864, ayudó a fundar la Internacional Comunista, que agrupaba distintas organizaciones obreras de Europa.

Fue emocionante para Marx crear la Internacional, pero también desesperante, pues muchos obreros creían que esa organización buscaba mejorar las condiciones laborales, mientras que para Marx y Engels el objetivo único era hacer la revolución que liberase al mundo del capitalismo. Este malentendido ha continuado hasta nuestra época. Por lo general el trabajador sólo se interesa por lo que a él le concierne, y lo demás no suele llamarle la atención.

Cuando en 1870 llegó la guerra de Francia contra Prusia, Marx creyó que los trabajadores se levantarían en todas partes contra sus opresores. La Comuna que se fundó en París en 1871 dio esperanzas para eso, pero fue aplastada: Prusia ganó la guerra, y se convirtió en el Reich alemán que unificó la nación germana; los conservadores franceses acabaron brutalmente con la Comuna y recuperaron París. Y la Internacional, fue suprimida.

Los tomos 2 y 3 de “El Capital” aparecieron luego de muerto Marx, en 1885 y 1894. Un libro que no es fácil de leer, tan lleno de datos minuciosamente estudiados por su autor, de fórmulas matemáticas, de estadísticas, un análisis muy completo del capitalismo de la segunda mitad del siglo XIX, visto desde el lugar mismo donde comenzó la Revolución Industrial, en Inglaterra. Tampoco le fue fácil a Marx escribirlo, por problemas económicos (quizá por eso entendía mucho de ello), pues a veces tardaba en llegar la ayuda de Engels y no había qué comer en la casa, lo que obligaba a Marx a escribir artículos para periódicos, que le quitaban tiempo para su obra. Pero también por la salud, pues nuestro homenajeado estaba enfermo de todo: del hígado, del corazón, del estómago, de la piel...

Cuando en 1881 falleció su esposa, Marx se derrumbó. Acudió a balnearios de Bohemia y Renania para buscar alivio a sus males físicos, pero no sirvió de mucho. El 17 de marzo de 1883 el Doctor Terror Rojo murió, y fue sepultado en el cementerio Highgate de Londres. Los niños londinenses pudieron dormir tranquilos. Y el marxismo ya no fue un pretexto para no pagar la renta, sino que se convirtió en una de las doctrinas políticas y socio-económicas más influyentes y discutidas del siglo veinte. Fue puesto en práctica por la Revolución soviética y por muchos países, con resultados que fueron considerados maravillosos por algunos y vistos con repugnancia por otros.

En el siglo XXI, con el fin de la URSS y la imposición de la globalización a nivel mundial, el marxismo recibió un fuerte golpe a su prestigio. Hoy el capitalismo, a diferencia de lo que creía Marx, que se iría destruyendo por sus contradicciones y por el esfuerzo revolucionario de los proletarios, está más fuerte que nunca. De hecho ya no hay proletarios. Por supuesto que la explotación sigue existiendo, pero los explotados no quieren liberarse, sino al contrario: anhelan irse a los Estados Unidos para ser explotados más y mejor. ¿Qué falló? La dialéctica. Marx pensaba que ésta señalaba de manera incontrovertible el fin del capitalismo. Sin embargo, la dialéctica, que es proteica y voluble, no se ocupa de profecías, sino de que todo fluya sin razón. La dialéctica, simplemente, se ríe de todos nosotros...

Regresar