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Ciudad de México Año VI Número LXVIII Junio 2018

 

A 175 años de la muerte de Hölderlin
Luciano Pérez
(Dedicado a José Vicente Anaya)

¿Cómo fue posible que dos tan altas sensibilidades poéticas como lo fueron Goethe y Schiller, no pudieran percatarse que frente a ellos tuvieron al más grande poeta alemán, uno de los más grandes a nivel universal, a Friedrich Hölderlin? Schiller quiso ayudarlo a encontrar trabajo y a publicar, pero no porque lo considerase un gran poeta, sino por tratarse de un paisano de Suabia. Goethe no tuvo ninguna intención de saber algo de él, que le pareció, en el mejor de los casos, un poeta menor. “El mundo no le conoció, vino a los suyos y los suyos no le recibieron” (Evangelio según San Juan 1: 10-11).

Hölderlin estuvo presente en uno de los momentos más insignes de la literatura alemana, y ésta ni lo vio ni lo reconoció. Fue porque él era muy diferente a todos los poetas de su tiempo, al ser autor de una lírica que expresaba palabras nunca antes dichas (quizá sólo en Grecia). Y él, que era todo luz, se sumergió en las tinieblas de la locura, adonde van los elegidos para que en el Hades reciban como recompensa su corona de sombra.
Nació el 20 de marzo de 1770, en Lauffen junto al río Neckar, en la Suabia que fue patria del ya mencionado Schiller, así como de los filósofos Hegel y Schelling, amigos de Hölderlin. El padre de éste, Heinrich Friedrich, falleció pronto, y la madre, Johanna Heyn, se volvió a casar, para quedar viuda de nuevo pocos años después. Le era claro a ella que su hijo tenía que ser párroco, así que hizo todo lo posible para que ingresara a un Seminario protestante, primero en el de Maulbronn y luego en el de Tubinga. Ahí estudió Hölderlin teología, con aplicación, aunque más por complacer a su madre que por convicción. Porque lo que a él le interesaba no era el cristianismo, sino los griegos.

El mundo pagano que pereció por obra de los emperadores Constantino, Teodosio y Justiniano no tendría por qué haber muerto del todo. Una porción de la vieja cultura (la mayor parte se perdió) pudo conservarse, casi por casualidad, pero al no ser cristiana quedó bajo estricta supervisión de la Iglesia, que sólo la permitía para fines puramente didácticos. Hasta que el Renacimiento la redescubrió, y a partir de aquí muchos poetas y estudiosos se dieron cuenta de que el mundo griego había sido lo más bello y lo mejor que hubo nunca, y que era el momento de revivirlo para crear una nueva vida cultural. Esto implicaba, por supuesto, deshacerse cuanto antes del cristianismo.
Schiller en su poema “Los dioses de Grecia” solicita el regreso de lo antiguo: “Hermoso mundo, ¿dónde estás? ¡Vuelve, amado apogeo de la naturaleza!” Y Goethe pensaba algo parecido, él que formalmente se presentaba como pagano y que rechazaba sin ninguna pena lo cristiano. Hölderlin iba más lejos que sus ilustres antecesores: no se trataba sólo de amar y adorar lo griego, sino de hacerlo actual. Alemania tenía que hacerse griega para cumplir su tarea de nación cultural, la única tarea efectiva que le estaba encomendada por el destino. Y si para esto era imprescindible cambiar todo en todas partes, entonces había que atreverse a lograrlo. La novela, en realidad poema en prosa, que escribió Hölderlin, “Hiperión”, apunta hacia eso. Lo primero por hacer era la liberación de la Grecia actual del dominio turco: “donde hay peligro, crece lo que nos salva”, dijo nuestro poeta en el himno “Patmos”.

Pero nada de ello podía ser posible si no hay el amor que nos guía y orienta. Es decir, el amor de mujer. No por ágape, sino por Eros. Es la fémina quien nos enseña, de ahí que Hölderlin llame Diótima a la personificación de su amada en “Hiperión”, en recuerdo de la misteriosa dama evocada en el Banquete platónico. Y aunque tuvo algunas otras a quienes amó, ninguna fue para nuestro poeta greco-alemán lo más alto como Susette Gontard, esposa de un rico burgués de Frankfurt en cuya casa el poeta entró como preceptor del hijo. Un amargo oficio este, pero ¿de qué otra manera hallar a la amada, si no es mediante alguna penalidad? Diótima estaba ahí, y había que entrar en contacto con ella. ¿Cuántas veces nos la hemos encontrado en Coacalco, en Tepito, en Yucatán? Diótima aparece, nos reconoce y la reconocemos, a esa “dorada luz del amor” que brilla en la noche de los muertos. Y es ella pues la que nos conduce hacia Grecia.

A veces llegan los días felices, y hay que vivirlos con intensidad. Hölderlin y Susette lo hicieron así durante algún tiempo, hasta que el marido de ella descubrió todo y despidió al preceptor. Aun así se vieron algunas veces más, y se escribieron apasionadamente. Y mientras él estaba en ese momento elaborando la mayor lírica alemana, le fue necesario encontrar algún trabajo. En aras de esto fue a dar a Burdeos, en Francia, en la casa del cónsul alemán ahí. Otra vez como preceptor. Sin embargo, algo inesperado ocurrió entonces: quizá los dioses se vuelven locos por la envidia que les tienen los humanos. La enfermedad llega y nos transforma en otro, y aquellos que nos vieron en mejores días, no nos estiman ya más, al no ser el que fuimos.

Hölderlin se transformó en Scardanelli. Con un poco de dinero que le ahorró su madre, y con la ayuda de su fiel amigo Isaac Sinclair, el más grande poeta fue puesto al cuidado de un zapatero, el señor Zimmer, quien tuvo el honor de que viviera en su casa, en una torre, aquel que fue “herido por la flecha de Apolo”. Fueron casi cuarenta años los que Hölderlin vivió en lo que es llamado locura por quienes no entienden que a veces es tan grande la estrechez, la miseria, que el poeta se ve obligado a vivir; y que sin embargo no tiene él más remedio que asumir, o no sería poeta. Después de todo, su riqueza está en otro lado: no en él mismo, sino en su obra. Y finalmente Scardanelli falleció el 7 de junio de 1843, hace 175 años.

Permaneció olvidado por largo tiempo, hasta que fue redescubierto, para los eruditos por Wilhelm Dilthey, y para nosotros por Friedrich Nietzsche. Este Nietzsche que también tendría un destino semejante al de su héroe. ¿Es acaso que hay que convertirse en Scardanelli para entender lo que realmente somos? En una situación así es cuando es más pertinente que nunca acudir al llamado de Grecia.

No podemos concluir sin dar una muestra del genio lírico y pro-helénico de nuestro poeta. De mi traducción, va un fragmento de una de sus mayores elegías, “Pan y vino”. Elegí el núcleo que me parece esencial de ésta, las partes 6 y 7 de la misma (consta de nueve). No las numeraré, para que fluyan las palabras...


* * * * *

Pan y vino (fragmento)
Así es el ser humano: si lo bueno le es dado porque un dios se lo trae,
no lo ve ni lo reconoce.
Pero como sufre, llama a lo que ama y entonces las palabras le crecen
como flores.
Sólo así se decide a honrar en serio a los dioses,
y en verdad proclama la alabanza hacia éstos.
Nada puede parecerle luz a quien no gusta de lo alto,
de lo etéreo que no se tantea en vano.
Así que para ser dignos de que se les presenten los celestiales,
los pueblos se han regido por orden de lo alto
y han construido templos y ciudades, firmes y nobles,
arriba de las costas.
Pero, ¿dónde están? ¿Dónde florecen las coronas de la fiesta?
Tebas y Atenas debilitadas, no se oyen más las armas en Olimpia,
ni el carro dorado que conduce a la batalla.
¿Ya no se coronan las naves corintias?
¿Por qué enmudecen los viejos y sacros teatros?
¿Por qué ya no alegra la danza sagrada?
¿Por qué ya no hay un dios que señale al hombre en la frente
y lo haga su favorito como en los tiempos de antes?
¡Amigo, es que hemos llegado demasiado tarde!
Es indudable que los dioses viven, pero están en otro mundo.
Ahí gozan sin fin y no les importa si vivimos.
¡Tanto nos aprecian los celestiales!
No siempre se puede llenar un frágil vaso,
sólo a veces logra el hombre soportar la plenitud divina.
La vida es un soñar con ellos. Pero el error ayuda,
y la oscuridad y la noche nos hacen fuertes
hasta que los héroes crezcan lo suficiente en sus cunas de bronce,
y con la fuerza en el corazón como si presintiesen a los celestiales,
y éstos como rayos llegan.
A veces pienso que es mejor dormir que estar sin compañía.
Y así esperar, y no hacer más que preguntarme, no sé,
¿para qué ser poetas en tiempo de miseria?
Pero es que los poetas son, dicen, como sacerdotes del dios del vino,
así que de tiempo en tiempo andan por la sagrada noche.

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