Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VI Número LXVIII Junio 2018

 

Mazahuas en Germantown
Luciano Pérez

Los dioses aparecieron un día, de repente, ante la iglesia luterana, pero no se decidieron a entrar, sólo se asomaron, porque como comentarían entre sí: “No tiene caso, adentro no hay nadie, nada más una anciana ciega”. Siguieron su camino hacia la casa que los acogería, el Club de Mazahuas de Pueblo Alemán, donde se les recibió con entusiasmo y donde se les emborrachó cuanto antes.

“Los dioses de aquí no se aparecen por ningún lado, quisiéramos saludarlos”, dijeron los recién llegados, y el presidente del Club les explicó que en Pennsylvania no había idólatras, salvo los mazahuas que, como los presentes, aún querían a sus deidades y los estaban ahora agasajando. Les dijo que los nativos tenían un libro voluminoso, el cual leían constantemente y al cual se referían para cualquier caso o cosa, y que habían intentado convertir a algunos mazahuas, y algunos de éstos, por desgracia, eran ahora luteranos. Ante el gesto de preocupación de los dioses, el presidente aclaró que los devotos de Lutero se oponían más al Papa que a los diablos, así que nada había que temer. “No tenemos que ver con el Vaticano, así que hay paz”.

Rato después los dioses cayeron al suelo muy borrachos, mientras violines y guitarras acompañaban su sueño con rápidos acordes. El ruido era tan intenso, que algunos vecinos estaban temerosos y decían entre sí: “Los diablos están de fiesta”. Pero el pastor los tranquilizó, diciéndoles: “Mientras no haya Papa, nada puede afectar a la palabra de Dios”. Jesús mismo enfrentó al Diablo y todo concluyó bien. En cambio, frente al Papa no sería lo mismo, por ser un tipo marrullero y codicioso, muy difícil de vencer. Un tipo que ha dicho que él está por encima de la Biblia es capaz de todo.

A la mañana siguiente, que era domingo, despertaron los dioses, un poco adoloridos de la cabeza. Oyeron cánticos que procedían de la iglesia luterana, así que salieron del Club y se dirigieron hacia el recinto religioso, que estaba casi enfrente. Ahí entraron, y esta vez había más gente que ayer. En la puerta, un hombre alto y rubio les entregó un folleto, escrito mitad en alemán y mitad en inglés, que contenía los ritos del día. El hombre no sonrió, pero pareció sentirse satisfecho de que los mexicanos entrasen a adorar la Palabra.

Los dioses vieron y oyeron todo con asombro, aunque no entendían nada del carácter bilingüe de la ceremonia. Los cantos emitían un famoso salmo para los días difíciles, entonados por voces juveniles de chicos y chicas con mucho acné en la cara, lo cual a los mazahuas les pareció mal signo, o tal vez un castigo divino. Pero pronto su atención se dirigió hacia un señor llamado pastor que comenzó a hablar en voz alta con seria entonación, y sus primeras palabras fueron las del salmo cantado, que era el 23, y que decían: “Der Herr ist mein Hirte; mir wird nichts mangeln”. Tenía ante él un enorme libro, y los dioses se dieron cuenta de que ése era el mencionado por el presidente del Club Mazahua. Ese libro era adorado, era un dios, y un ejemplar más pequeño del mismo estaba en las manos de todos los presentes. Quedaron impresionados los dioses de ver cómo una deidad podía ser un libro, y decidieron salir de ahí, pues se sintieron incómodos, y no sabían qué pensar al respecto.

Platicaron entre ellos: “Un dios puede ser el cielo, puede ser el sol o la luna. Puede ser incluso un hombre, o una mujer. ¿Pero un libro? ¿En qué cabeza cabe?” Regresaron al Club, donde aún dormían todos los mazahuas, roncando estruendosamente y echados en el suelo, guitarras y violines a un lado. Los dioses llegaron a la conclusión de que sería conveniente regresar al Anáhuac, pues un lugar donde un dios es un libro puede ser arriesgado, porque la letra mata, y le sale acné en la cara a los jóvenes que creen en ella.

Se dirigieron hacia la estación de autobuses de Germantown, pagaron su pasaje y partieron hacia NY, donde tomaron un avión que los traería a México. Conversaron acerca de qué sería de los compatriotas que se quedarían en Pennsylvania, y decidieron que mientras siguieran siendo borrachos, el Libro no los afectaría. Pero si alguien intentaba quitarles la botella, así como el violín y la guitarra, para invitarlos a adorar al Libro, la tristeza de los dioses no conocería fin. Decidieron también que habría que tomar medidas para impedir que ese Libro llegase a las manos de la comunidad allá en el Anáhuac.

Y cuando llegaron aquí, algo había cambiado. No había alcohol ni violines ni guitarras para recibirlos por ningún lado. Una joven mazahua se acercó a los dioses, con un grueso libro en la mano, y les dijo: “Ya no serán ustedes como dioses, sino que se les enviará con Satanás al abismo donde pertenecen, pues ustedes han engañado al pueblo con el pecado de la idolatría”. Los dioses no podían creer lo que estaban oyendo, y tuvieron el impulso de arrebatarle el libro a la insolente, pero sólo la miraron a la cara muy fijamente, en busca del acné y no lo hallaron. Ella los vio con firmeza, pero se ablandó un poco al verlos desconcertados, así que continuó hablando: “Sin embargo, la Palabra nos enseña que todos pueden salvarse, incluso ustedes, así que si aceptan creer en Ella, serán perdonados”.

Y en ese instante, un anciano mazahua, abuelo de la chica, salió de algún lado y la regañó a ésta: “¡Qué anda usted molestando a los señores! Váyase de aquí con su libro y déjelos en paz, que son ellos quienes siempre nos han hecho fuertes”. Ella volvió a su severidad, y sólo abrió el volumen para señalar en él con el dedo índice de la mano derecha, y dijo flamígera: “¡El Señor es mi pastor, nada me faltará!”, las mismas palabras que inician el salmo 23 cantadas por el coro y dichas por el pastor allá en Germantown. La nieta se dio la vuelta y se fue, pero el abuelo se arrodilló ante los dioses, y llorando les pidió perdón por lo ocurrido.

Era obvio que el Libro había llegado también al Anáhuac, y no se podía evitar ya su propagación, pues en una casa se había abierto una iglesia para adorarlo, que por supuesto no tenía nada que ver con la otra iglesia, la del Papa, donde no se le prodigaba adoración al Libro sino a una Señora muy elegante, la cual parecía muy alejada de aquí, pues la figura que como estatua tenía más bien le daba un carácter etéreo. Las mujeres mazahuas no eran así, y hubiera sido mejor que la Señora fuese como ellas, pero el cura local no se había decidido a dar el paso hacia ello, y ahora con la difusión del Libro muy poca gente iba ya a las misas. Sin embargo, es cierto que ante árboles, cuevas, ríos, algunos mazahuas seguían venerando a sus deidades, llevando en secreto botellas, guitarras y violines.

Los dioses ya no estaban enojados, sino en todo caso resignados. Dijeron: “El Libro llegó, y así como llegó algún día se irá, porque nada es para siempre, y mucho menos nosotros, así que nos vamos”. Y desaparecieron del Anáhuac, ante la tristeza de los que aún creían en ellos. Y los que adoraban al Libro se sintieron felices, pues los diablos eran menos ahora. Pero el cura no se había rendido. Aunque sin pedir autorización de Roma (“en su momento el Santo Padre entenderá”, pensó él) mandó cambiar el rostro y el vestuario de la Señora, y la convirtió en una hermosa mazahua, y la sacó a pasear para que todos la vieran. La llevó ante árboles, cuevas y ríos, y mucha gente, con lágrimas en los ojos, bebiendo y tocando música, quiso seguirla. La guerra de la Mujer contra el Libro era un hecho.

¿Y los dioses? Volvieron a Germantown, al Club de Mazahuas de Pueblo Alemán, donde informaron a la comunidad emigrante sobre lo que estaba ocurriendo en el Anáhuac. Expresaron ellos: “Allá no nos quieren. Todo se decidirá entre la Mujer y el Libro, y no tenemos ninguna participación en ello”. Y buscaron un empleo para sentirse todavía útiles de alguna manera. Uno de ellos se hizo portero de un edificio tipo gótico llamado Meister Carolus Marxius, sede de una compañía de seguros y fianzas; y el otro cuidaba las plantas del jardín de una baronesa ciega de origen prusiano, expulsada en 1945 de su tierra natal. Expulsada como estos dioses, que se vieron obligados a emigrar mientras allá en su sitio de origen no hay todavía acuerdo sobre si la Mujer es diablo, o si el Libro exagera un poco. O un mucho.

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