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Ciudad de México Año VI Número LXVIII Junio 2018

 

Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, 200 años
José Luis Barrera

A veces es imposible no utilizar la frase que en términos generales podría parecer un tanto conformista y retrógrada: “Todo tiempo pasado fue mejor”; y si bien no comulgo con esta frase popular de manera sentenciosa, en cuestión política vaya que es vigente, sólo basta ver el primer debate presidencial que presenciamos el pasado abril. Esto a comparación de los políticos de otros tiempos, hace evidente el porqué de tal aseveración. Y si comparamos con el personaje que nos corresponde celebrar a propósito de los doscientos años de su nacimiento, Ignacio Ramírez “El Nigromante”, la distancia entre éste y cualquier político de nuestros tiempos es abismal.

Juan Ignacio Paulino Ramírez Calzada, nació en San Miguel el Grande (hoy San Miguel Allende), Guanajuato, el 22 de junio de 1818, en la familia erigida por José Lino Ramírez y Ana María Guadalupe Sinforosa Calzada, ambos de origen mestizo. Inició sus estudios en Querétaro, ciudad natal de su padre, y en 1835 fue llevado al Colegio de San Gregorio, dirigido por el pedagogo liberal Juan Rodríguez Puebla en la Ciudad de México, donde estudió artes y en cuyas bibliotecas también leyó todo tipo de temas científicos, culturales, artísticos y políticos. En 1841 comenzó estudios en jurisprudencia y en 1845 obtuvo el grado de abogado en la Universidad Pontificia de México. Ingresó a los 18 años en la Academia Literaria de San Juan de Letrán, integrada por los hombres más ilustrados de la época.

“El Nigromante”, fue maestro, pensador, escritor, periodista y político por convicción, a quien se le podía acusar de lo que sea, menos falta de integridad. Un liberal que no se andaba con rodeos para expresar su pensamiento de manera abierta. Como cuando en 1836, en un México absolutamente mojigato, dijo en voz alta: “¡No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por si mismos!”, y después repetir “¡No hay Dios!”, en voz todavía más alzada, para despejar cualquier duda, ante el escándalo del público persignado, que no había escuchado nunca algo así. Y no sólo se refiere a la frase que fulminaba las creencias y los dioses, sino que fue pronunciado cuando al ingresar a la academia tenía que decir un discurso (que contenía dicha frase) ante varios notables.

Por supuesto que se desató el escándalo, y le dijeron de todo, se santiguaron en su presencia y muchos se apartaron. Pero no obstante su inquebrantable espíritu liberal e ilustrado que a tantos molestaba, el haber sido maestro de muchos maestros y el haber escrito tanto que no pudiera condensarse ni en 20 tomos, también provocaron que se dijera que usaba la sabiduría como la luz de una antorcha que, como un hechizo, mágicamente lo transformaba todo. Y fue por ello le llamaron “El Nigromante”.

Se inició en el periodismo al fundar en 1845, en la Ciudad de México, con Guillermo Prieto - recientemente homenajeado en esta revista - y Vicente Segura Argüelles, el diario Don Simplicio, en el cual aprovechaban el humor, para manejar cierta “jiribilla” con la que pretendían promover una reforma política, religiosa y política Sus colaboraciones se caracterizaban por ser encendidos artículos y agudos versos satíricos en donde censuraba sin cortapisa a los actos del gobierno conservador, lo que provocó que el periódico fuera suprimido y Ramírez encarcelado. Como siempre sucede con los personajes polémicos, Ignacio Ramírez tuvo muchos detractores, y a este respecto el propio Prieto se burlaba diciendo:

“Yo para hablar de Ignacio Ramírez necesito purificar mis labios, sacudir de mi sandalia el polvo de la Musa Callejera, y levantar mi espíritu a las alturas de los que conservan vivos los esplendores de Dios, los astros y los genios”.

En su incansable labor periodística escribió artículos de ideas reformistas, profundos ensayos, publicaciones científicas, al igual que literarias, así como teorías políticas y económicas. Pero también fundó otros periódicos más: Themis y Deucalión, donde publicó un artículo titulado "A los indios", que defendía a los indígenas y pugnaba por su libertad a rebelarse contra la explotación a que eran sometidos; El Demócrata, en los cuales defendía su causa, y que le impidió ser encarcelado por el artículo arriba mencionado; y El Clamor Progresista, en 1857, en compañía de Alfredo Bablot, con el que apoyaron la candidatura presidencial de Miguel Lerdo de Tejada.

En su vida política, fundó en 1846 el Club popular, en 1857, donde divulgó sus ideas liberales avanzadas, que por supuesto le valieron, como casi toda su vida, la prisión. Al obtener la libertad, el gobernador del estado de México, Francisco Modesto de Olaguíbel Martinón -que era admirador del talento de Ramírez- lo invitó para organizar su gobierno y éste se dedicó a trabajar día y noche en la reconstrucción administrativa y también en la defensa del territorio nacional invadido por los norteamericanos. Para predicar con el ejemplo, asistió con el gobernador a la batalla de Padierna y, no obstante los gastos que demandaba la guerra, restableció el Instituto Literario de Toluca, en donde, con la República libre de la invasión, fue catedrático de Derecho y de Literatura, pero a pesar de la irreprochable conducta de Ramírez en su vida íntima, los padres de familia, alarmados por sus ideas liberales, intrigaron hasta lograr su separación.

Sin abandonar nunca su línea liberal desempeñó diversos cargos políticos: jefe político de Tlaxcala en 1848; en 1852, el general Plácido Vega que era gobernador de Sinaloa, promovió su candidatura a diputado federal por esta entidad, y luego Ramírez fue su secretario; pugnó con gran energía por la extinción de las alcabalas -un tipo de impuestos-, propuestas durante el gobierno de Pomposo Verdugo.

En 1853 se fue a radicar por un tiempo a la Ciudad de México, en donde ejerció como profesor en el Colegio Políglota. Como crítico severo de Antonio López de Santa Anna, estuvo once meses en prisión, la mayor parte de ese tiempo encadenado. Al triunfar la Revolución de Ayutla fue liberado y fungió como secretario personal de don Ignacio Comonfort, pero al advertir que éste falseaba sus principios liberales, renunció a su puesto para afiliarse con Benito Juárez, Melchor Ocampo y Guillermo Prieto en el partido liberal y combatir con su pluma al renegado.
Volvió a Sinaloa como juez civil, pero regresó a la capital del país como diputado por el Estado de México al Congreso Constituyente de 1856-1857, donde fue el más notable orador y una de las más grandes figuras del ala izquierda jacobina. También participó en la elaboración de las Leyes de Reforma, y fue uno de los liberales más puros. Al ser derrotados los conservadores, el presidente Benito Juárez lo nombró Secretario de Justicia e Instrucción Pública, cargo que desempeñó del 21 de enero al 9 de mayo de 1861. Durante su gestión creó la Biblioteca Nacional y unificó la educación primaria en el Distrito Federal y en los territorios federales.

Del 19 de marzo al 3 de abril de 1861, ocupó la Secretaría de Fomento y ahí asumió la responsabilidad de la exclaustración de las monjas; reformó la ley de hipotecas; hizo efectiva la independencia del Estado de la Iglesia; reformó el plan general de estudios; dotó con equipo los gabinetes del Colegio de Minería; seleccionó un excelente cuadro de profesores de la Academia de San Carlos; salvó cuadros de pintura que existían en los conventos, con los cuales formó una rica colección y formó una galería completa de pintores mexicanos; designó al pintor catalán Pelegrí Clavé, al arquitecto Xavier Cavallari y al escultor Felipe Sojo para que salvaran del Colegio de Tepotzotlán los tesoros de arte en arquitectura, pintura, tallado e incrustaciones que contenía aquel magnífico museo.

Sobre la honradez de Ramírez nadie ha podido dudar, pues cuando fue ministro pasaron por sus manos millones de pesos y nadie osó decir que se hubiera apropiado lo más mínimo de los tesoros que manejó. No tomó jamás ni un solo libro de los millares de volúmenes sacados de las bibliotecas de los conventos, ni una pieza de los centenares de cuadros extraídos de los claustros. No insinuó ni aceptó la menor recompensa por sus persecuciones y miserias que pasó por largos años, ni se adjudicó la más pequeña propiedad para pasar holgadamente el resto de sus días.

Entre sus obras más destacadas figuran: La lluvia de azogue, Observaciones de meteorología marina, Lecciones de literatura, El federalista, El monitor republicano y El siglo XIX, donde, además de tomar postura ante los conflictos militares y políticos más importantes de su tiempo, se ocupó de temas costumbristas y de la vida cotidiana. Y aquí una pequeña muestra del Ignacio Ramírez literato, que no se empaña con el brillo de su talento y integridad política.

Amor

¿Por qué, Amor, cuando expiro desarmado,
de mí te burlas? Llévate esa hermosa
doncel la tan ardiente y tan graciosa
que por mi oscuro asilo has asomado.

En tiempo más feliz, yo supe osado
extender mi palabra artificiosa
como una red, y en ella, temblorosa,
más de una de tus aves he cazado.

Hoy de mí mis rivales hacen juego,
cobardes atacándome en gavilla,
y libre yo mi presa al aire entrego.

Al inerme león el asno humilla...
Vuélveme, Amor, mi juventud, y luego
tú mismo a mi rivales acaudilla.


Soneto

Heme al fin en el antro de la muerte
do no vuelan las penas y dolores,
do no brillan los astros ni las flores,
donde no hay un recuerdo que despierte.

Si algún día natura se divierte
rompiendo de esta cárcel los horrores,
y sus soplos ardientes, erradores
sobre mi polvo desatado vierte,

yo, por la eternidad ya devorado,
¿gozaré si ese polvo es una rosa?,
¿gemiré si una sierpe en él anida?

Ni pesadillas me dará un cuidado,
ni espantará mi sueño voz odiosa,
ni todo un Dios me volverá a la vida.

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