Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año VI Número LXVIII Junio 2018

 

Los reflejos del agua
Marta Aragón R.

A Lisandro le gustaba caminar bajo la arboleda que bordea el arroyo cristalino que baja de la cumbre de la sierra y va recorriendo aquellos pequeños claros de los espesos bosques de pinos y pinabetes en lo alto. Era maestro en la escuela que recién habían construido los progresivos y entusiastas docentes. El minúsculo pueblo se asentaba en las estribaciones de la Sierra Madre Occidental, a dos horas a pie, alcanzando la extensa cumbre poblada de profundos bosques de coníferas. El aire era húmedo y después del azul que inundaba la vista, el color predominante era el verde; aquel verde húmedo que mojaba los zapatos y el borde de los pantalones al caminar por aquellos sitios pedregosos y siempre humedecidos. Por miedo a destrozar el calzado, Lisandro optó por usar los huaraches de tres hilos con suela de neumático que utilizan los lugareños, y para guarecerse del sol portaba un sombrero de ala ancha.

Las sombras de los árboles eran espesas, el ambiente fresco y el canto del arroyo armonizaba con el variado trinar de los pájaros. El joven observaba sin prisas y con deleite todo lo que le rodeaba: los viejos troncos añosos de raíces como venas saltadas sobre la piel arenosa; las hojas, su tamaño, color y forma; los arbustos, yerbas, pastos y malezas; los insectos y pájaros; el agua cristalina, las rocas, arena, y el cielo azul velado de largas nubes blancas que, plácidas, flotan sobre la gigantesca mole de un cerro que se alza por el lado oriental empequeñeciendo al panorama. “Todo se repite”, se decía a sí mismo, “como salido de un mismo principio de función y forma que da origen a la existencia”.

Esto pensaba cuando. con ojos y dedos inquisidores y curiosos, abrió una flor que cortó en el camino. “Es como entrar en la intimidad de una mujer, explorarla y descubrir sus misterios. El pistilo se yergue suculento invitando a penetrar sus profundidades”. Olió la flor y dejó que el sutil aroma lo inundara por completo. Una vaga inquietud se instaló en su pecho y detuvo la marcha para sentarse sobre una piedra que apresaba un charco de agua cristalina y tranquila. Observó los guijarros policromos bajo del agua y cómo en la superficie se refleja la tupida fronda de un árbol. Todo es bello: el reflejo del árbol, el cielo y el murmullo del agua que se despeña rumbo a la costa. Se quedó sin pensamientos y dejó que sus sentidos percibieran aquel instante único.

Entrecerró los ojos para inhalar el aire húmedo y al abrirlos se encontró con ella que estaba dentro del agua, con la cara blanca y los largos cabellos flotantes. Lo miraba con ojos curiosos y límpidos, la boca le sonríe haciendo movimientos como de pez al formar burbujas. Lisandro quedó petrificado.
¿De dónde había salido aquella mujer de ojos lánguidos y anhelantes?

Con un movimiento apenas perceptible le enseña su cuerpo boca arriba, blanco y desnudo, de pechos como porcelana fina y los muslos abiertos a la hermosa flor con pétalos color rosa, donde el pistilo sobresale carnoso y tierno, la corola sedosa muestra su intimidad que emerge del agua al alcance del maestro rural. Lisandro extiende los dedos y toca con timidez los pétalos aterciopelados; con reverencia acaricia el pistilo que responde al roce como si tuviera vida propia. El agua estremece y de los árboles llueven hojas y flores. Los pájaros cantan y una parvada de pericos pasó volando arriba de su sueño. Cuando el escándalo diluye, el espejo del agua está quieto y diáfano, en su interior se contempla el lecho de guijarros multicolores. ¿La mujer? Ha desaparecido.

Esa noche tarda en dormirse, ha tomado una taza de café cosechado de la huerta tapiada de María Quintero. Hasta él llega el rumor del arroyo que pasa unos metros abajo de la casa, y en medio de la voz del agua escucha la risa cristalina que se vuelve arrullo. La mujer vuelve a salir del agua, blanca y desnuda, y extiende su cuerpo sobre las rocas. Abre los muslos para mostrar la encarnada flor que le invita. Ella lo mira y se toca los pechos mientras su boquita es un pececillo dentro del agua; extiende los brazos como una invitación para que Lisandro entre en ellos. La risa húmeda reverbera en sus oídos y sus dientecillos lo mordisquean juguetones. Lisandro se deja llevar por las intenciones de aquella mujer cuyo cuerpo se entibia al sol. Ella lo va enroscando en un abrazo que lo abarca entero, y el maestro se introduce a los jardines de la mujer de porcelana líquida y risa cantarina, para descubrir los misterios del agua, de las rocas, y recorrer el paraíso.

Lo despertó la campana de la iglesia que llamaba a misa de ocho, y como siempre, Lisandro se negó al rito dominical al que asiste el pueblo entero. Se fue a caminar al arroyo con la esperanza de ver a la mujer del agua; estaba convencido de que se trataba de una visión por efecto de la naturaleza. Su búsqueda fue en vano. El arroyo le muestra su forma imperturbable, rumores y transparencias ordinarias, y así pasó mucho tiempo: ningún nuevo encuentro con ella.

—Maestro, usted está igual que María la del Cielo, quien tampoco se para nunca en la iglesia.
—¿Quién? No la conozco.
—Ojalá no vaya encontrarse con ella. Dicen que es bruja; y como a usted le encanta andar por los arroyos y cerros. No vaya a topársela un día de estos.

Lisandro siguió sus andanzas por los alrededores sin parar en la iglesia ni una sola vez. A la mujer del arroyo no volvió a verla. A veces la amaba en sueños; pero la fue olvidando con el tiempo. Un domingo se fue a uno más de sus acostumbrados paseos. Transitó por callejones y luego de tropezarse con vacas y becerros que eran movidos para la ordeña, con dos o tres vecinos que lo saludaron levantando el sombrero, Lisandro llegó al arroyo de La Estancia por el camino real que conducía a la cumbre de la Sierra.

Había una pequeña casa de adobe sin enjarrar y techo de tejas. Le contaron que allí vivía María la del Cielo, quien leía el porvenir con la baraja española. Tocó a la puerta, pero la vieja no estaba. La puerta se abrió dejando pasar un silencio abrumador. Lisandro siguió hasta llegar al arroyo para bañarse en sus pozas, y buscar orquídeas sobre las rocas musgosas. Una mujer camina entre la maleza. Va vestida de blanco y lleva una canasta llena de orquídeas. Es joven y muy blanca, de piel aduraznada. Ella lo mira con ojos anhelantes y límpidos. Le ofrece una orquídea de color vivo, y una sonrisa que parece la boquita de un pez haciendo burbujas adentro del agua.

Regresar