Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VI Número LXVIII Junio 2018

 

Dos relatos
Rocío Prieto Valdivia
(Mexicali, B.C., 1974, Promotora de Lectura)

1.- La mascota de mi hijo

El día que Rulo llegó a nuestro hogar, mi hijo de tres años lo veía con recelo porque en un dos por tres esa bola peluda se había apoderado de su rincón favorito, dejando pelos por donde pasaba. Hasta tenía un plato especial, cosa que a mi pequeño hombre del espacio no le hacía ninguna gracia; el día que Rulo mordió su astronauta favorito fue el acabóse. El pobre perro asustado se fue a esconder bajo las faldas de mamá Chanita, y ella gustosa se imaginó que papá Pantaleón, le acariciaba las piernas. Aquel roce le recordó el día en el río, cuando él la hizo suya por vez primera; sus grandes enaguas se teñían de carmesí, sus pechitos rosados se abrieron cual capullitos de alelíes en primavera; el abuelo ya le había puesto el ojo esa tarde de mayo en la plazeta del centro artesanal, donde mi abuela vendía sus servilletas bordadas, algunas con canastas de frutas y otras con pajarillos de colores. Ella, con sus grandes ojos color topacio, era la sensación del lugar, y todos los mozuelos estaban locos por la hembra más linda del pueblo; pero fue aquel soldado que parecía salido del ejército trigarante quien con su uniforme impecable y su caballerosidad conquistaría a la abuela.
Mi hijo dio un grito: “¡Rulo, has masticado a mi astronauta! Y un balde de agua fría hizo que mamá Chanita despertara del letargo en el cual estaba inmersa. A paso lento se levantó de la silla; caminó un par de pasos, cogió la fotografía de mi abuelo, y se sentó en la buhardilla de la casa. Corrí para sentarme a su lado, me gustaba escuchar las historias de mi abuelo Pantaleón.
Mi hijo terminó por aceptar a Rulo. Años más tarde mamá Chanita se durmió, y no despertó más; dejó una carta en la que pidió disculpas a papá Pantaleón por haber gozado las lamidas de Rulo en su muslo izquierdo.


2.- Esa blusa de flores

Hoy por la mañana Pepe el Toro había reencarnado en Georgina.
Sin darse cuenta, de su viejo ropero habían salido unos jeans de vestir, la blusa a rayas con bolsas a los lados, ese par de botas negras a media pantorrilla. Dobló su pantalón dentro de la bota, según, para verse más sexi. La pendeja jamás se vio al espejo. De sexi no tenía ni el trasero de limón chupado que enfundó tras una ardua batalla en sus jeans. Su blusa de rayas la hacían parecer un salvavidas exótico o una dona rayada por un chiquillo travieso.

Minutos más tarde, mientras pasaba por una acera cercana a la tienda de ropa donde solía comprar siempre, ese albañil cabrón le gritó: “¡Torito!” Gina volteó al aparador junto al que caminaba para ver ese cuadro grotesco. Apresuró la marcha y entró a la tienda. Tomó esa blusa de flores, y salió de nuevo a la calle, cual canasta en primavera.

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