Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VI Número LXIX Julio 2018

 

Al borde del abismo
F. Alberto González

Me había citado con un amigo en una cafetería, porque teníamos que hablar unos asuntos. Ordené café y esperé que llegara.

A los pocos minutos lo hizo. Nos saludamos, y encendí un cigarro mientras empezábamos nuestra plática. Le di un sorbo a mi café y empecé a fumar; en ese preciso instante sentí que en mi garganta se me había pegado un polvo muy fino que no pude quitar.

Tosí, tomé café, y no se me quitó. Mis pulmones estaban congestionados, y no funcionaban como debían. Con grandes dificultades para respirar, empecé a sentirme terriblemente mal, y le pedí a mi amigo me llevara inmediatamente a mi casa. Me preguntó:

¿No prefieres te lleve a la Cruz Roja ?, pero pensé que si me iba a morir prefería hacerlo en mi casa.
Al llegar casa, pude darme cuenta de que estaban mi madre y mi hermana, e inmediatamente les dije que me sentía muy enfermo, que me dieran una cobija y me tumbé en el sofá. Me sentía fatal, con accesos de tos, los pulmones congestionados, una inmensa debilidad y una sensación desconocida. En los últimos días, cuando fumaba, veía el humo del cigarro de color azul. Eso me causaba un temor, pero no puedo explicar por qué. Después de un rato, me sentí peor y caí súbitamente desvanecido en el sofá.

Ante mí apareció un gran pasillo, como si estuviera en un hospital, largo muy largo, quizás de 200 metros de largo. Completamente a obscuras me vi dentro del famoso "túnel". A lo lejos, al final una luz brillante, intensamente blanca; esa luz me cegaba. No me gustaba estar allí, quería salir como fuese de tal lugar. Comprendí que si no salía de allí, nunca iba a poder hacerlo, significaba la muerte. Supe que era la entrada hacia el “más allá”. Quería alcanzar la luz y empecé a correr a gran velocidad, como jamás me imaginé que pudiera hacerlo, como si fuese un atleta olímpico de alto rendimiento en una prueba de 100 metros planos. Me acerqué muy rápido. Justo, sólo antes de poder alcanzar tal resplandor, y después de una cantidad de tiempo que no puedo precisar, terminé abriendo los ojos. Sentí un grandísimo dolor, exactamente en el centro de mi cabeza.

Estuve una semana sumido en un sueño profundo, tendido sobre un sofá. Después del sexto o séptimo día vencí al inmenso mal que me había atacado. Perdí 14 kilos de peso y empecé a recuperarme. Había sufrido un paro respiratorio.
El dolor de cabeza permaneció casi dos meses; se fue diluyendo poco a poco. Mientras tanto, con una sensación de extrañeza empecé a notar que ciertos poderes mentales se habían despertado en mí. Podía predecir los actos de las personas, con total certeza.
Al paso de los meses, tales poderes fueron disminuyendo, pero yo jamás volví ser el mismo, había nacido de nuevo.

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