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Ciudad de México Año VI Número LXIX Julio 2018

 

Ingmar Bergman, el retratista interior del ser humano
José Luis Barrera

Hablar de Ingmar Bergman no es nada sencillo, ya que este director y guionista cinematográfico hace un cine personalista que a la vez nos confronta con la misma historia y con nuestra propia naturaleza humana.

En sí su producción se podría dividir en tres periodos creativos: el primero hasta 1950, de un cine con una profunda influencia del impresionismo naturalista; uno segundo con historias claramente pesimistas pero que no carecen de una felicidad, aunque siempre como un pequeño oasis en medio de todas las inclemencias de la vida; y el tercero, que es el que le da una mayor trascendencia a su obra, ya que es un trabajo mucho más complejo y profundo.

Los que conocemos la obra de Ingmar Bergman, sin lugar a dudas hemos de referir a lo sumo Fresas silvestres (Smultronstället, 1957) y Fanny y Alexander (Fanny och Alexander, 1982), y ya con un poco de mayor conocimiento, Escenas de un Matrimonio (Scener ut ett äktenskap, 1973) y El séptimo sello (Det Sjunde inseglet. 1956). Y sólo unos cuantos hablarán de alguna o algunas otras.

A motu proprio, he de decir que la primera película que conocí -y que en sí pertenece a la tercera época que menciono-, me dejó verdaderamente afectado por la historia intimista de los dos hermanos que tienen que irse a vivir con su madre a Uppsala, en una vieja, oscura y rigurosa casa perteneciente al obispo Vergerus, a causa de la muerte de su padre (un director de teatro que sucumbe en un ensayo de la obra Hamlet de Shakespeare). Allí viven situaciones tormentosas: intolerancias, humillaciones, y traiciones, sin que en ningún momento pierdan su esencia infantil, lo que los lleva a escaparse del lugar en medio de una confusión. El ambiente sombrío, de verdad mueve sentimientos no necesariamente agradables y deja una extraña sensación al término del filme. Esta fue la última película dirigida por el artista, para dedicarse de lleno al teatro, labor que nunca abandonó, y con ella cerró con broche de oro su carrera ganando el Globo de Oro, así como el Óscar a la mejor película extranjera.

Esta película la vi cuando trabajé en un cineclub donde programé la retrospectiva del autor, que algunos años después tuve oportunidad de disfrutar en la Cineteca Nacional (por supuesto con más recursos y con un programa más extenso).

En aquel ciclo, por supuesto estaban programadas las antes mencionadas, y otra que me proveyó El Museo de Culturas Populares (quienes me apoyaban con el material en 18 mm. para las proyecciones). Se trataba de El rostro, (Ansiktet, 1958) -la única incursión del autor en el cine de misterio mezclado con humor negro-, una inquietante película sobre una compañía teatral ambulante llamada Teatro Magnético y Terapéutico de M Vogler que tiene que pernoctar en una turbadora mansión, pues al parecer uno de sus miembros parece estar muerto. En esta obra predomina el lenguaje simbólico y se muestra un magistral uso del close up, por parte del director, en donde la reiterada utilización de esta técnica cinematográfica en los rostros de sus actores es en sí un acercamiento un tanto incomodo que hace crecer la tensión y el espectador puede ver y prácticamente sentir toda una serie de momentos de crisis existencial, mientras el sujeto se ve reducido a ojos, pelo, nariz, boca y piel.

Este experimento bergmaniano, me retrocedía a mis años infantiles en que me quedaba viendo a detalle las caras de mis familiares, hasta que en tan profunda disección terminaba por desconocer sus facciones. Tal vez por eso la fascinación por la película. Con ella obtiene el premio Bafta, y aunque no fue tan popular ni tan bien considerada por la crítica es uno de los titulares más reivindicados por el propio Bergman ya maduro y por su consumado admirador, Woody Allen.

No podía omitir en el ciclo, por supuesto, El séptimo sello -que junto con la anterior pertenece al segundo periodo-, y que trata de una historia apocalíptica en donde Antonius Blok, un caballero medieval que regresa de las cruzadas acompañado de su escudero, encuentra que la peste incurable está asolando todo el territorio. De pronto la Muerte se le presenta al caballero, quien aboga por un plazo más de vida, no por el temor a morir sino porque considera que le falta mayor conocimiento. La muerte entonces le propone jugar un partida de ajedrez con ella. A decir del propio autor, el caballero quiere saber el secreto, y romper el séptimo sello, que de acuerdo al Apocalípsis, cierra el rollo que Dios tiene en su mano en el Día del Juicio Final. El tema y las características técnicas (específicamente el expresionismo), así como la partida de ajedrez y las connotaciones bíblicas, conjugadas de manera genial, hace de esta película una de las obras fundamentales en la historia de la cinematografía universal.

Por supuesto que también proyecté Fresas salvajes. Esta es la historia del médico Isak Borg, quien el día anterior a su investidura como Doctor Honoris Causa, siente la necesidad de analizar su vida. Entonces, acompañado por la esposa de su único hijo, emprende un viaje en automóvil desde Estocolmo a Luna; durante el trayecto visita la casa en la que pasó su niñez y asiste como espectador a varios episodios acontecidos a lo largo de su vida, y encuentra cierto paralelismo con la vida de su hijo con su esposa, y la que el mismo Borg vivió con quien fue su mujer.

Este recorrido por el pasado incluye en el presente. Estas son de las películas que tiene uno que ver sin distracciones, porque en cualquier momento se queda uno atrapado en el pasado o en presente sin poder seguir el “hilo” de la trama.

Cerraba este ciclo una película que no encontré en el formato de 18 mm. y tuve que comprarla VHS, para reproducirla en video y así no faltara Gritos y Susurros (Viskningar och rop 1972). El punto de partida de este filme es la agonía de una mujer ante sus dos hermanas y su sirvienta. María y Agnes que se citan en la vieja mansión familiar tras ser avisadas por el médico de la grave situación de la tercera de ellas. Pero esa base sencilla y lineal se ve interrumpida por una serie de secuencias que en parte consisten en recuerdos de las protagonistas y en parte representan fantasías que sintetizan sus más profundas angustias y temores, además de una común incapacidad de expresar afecto. Cabe decir que pocas veces, en la historia del cine, el primer plano ha sido utilizado con tanta concentración dramática, gracias a la elocuencia de un elenco prodigioso y un director detallista y genial.

Ingmar Bergman nació en Uppsala, el 14 de julio de 1918, hace cien años y falleció el 30 de julio de 2007, apenas cumplidos sus 89 años de edad, en Farö, ambas en Suecia. Como dato curioso, cabe señalar que en alguna ocasión el autor dijo con ironía: “Espero nunca ser tan viejo como para volverme religioso”, y llegó a viejo y no se volvió religioso, aunque en su filmografía uno de los temas recurrentes es el conflicto entre el hombre que deja de creer y el entorno de la culpa. Siendo hijo de Erik Bergman, un severo pastor luterano, el realizador parece plasmar los traumas de una presencia divina, más asociada con la amenaza que con la esperanza.

En la época de la Segunda Guerra Mundial, Ingmar ya distanciado de su familia, inició su carrera en el Teatro de la Ópera Real de Estocolmo, y concibe su primer guión cinematográfico en 1944 a partir de un cuento suyo. La película se llamó Tortura (Hets), la cual fue dirigida por el director sueco Alf Sjöber. Ahí comienza una de las más brillantes carreras en la industria del cine. Su primer reconocimiento internacional lo obtiene por Sommarlek (cuya traducción varía: en España se llamó Juegos de verano y en Argentina y Uruguay, Juventud divino tesoro). Es justamente en este último país, en dónde obtiene el premio del Festival de Cine de Punta del Este en 1952.

Como ya decía antes, hay gente que nunca ha oído hablar de Ingmar Bergman, y los que reconocemos su obra difícilmente habremos visto más de cinco o seis, y básicamente porque no es un autor comercial y por lo tanto sus películas son difíciles de conseguir.

Se dice que es un cine difícil y complicado, pero la verdad es que lo que hizo Bergman fue retratar al ser humano desde adentro, con todos sus temores, dudas y traumas, y por ello resulta difícil, porque siempre lo es entender la profundidad de la naturaleza humana. Pero con sentido crítico no resulta un cine que no se pueda entender, sin pretender que haya lugares comunes ni fórmulas de fácil digestión cognitiva. En general, el cine de Bergman no permite distracciones del espectador.

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