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Ciudad de México Año VI Número LXIX Julio 2018

 

Poseidón sin alegoría
Luciano Pérez

Poseidón llegó hasta la mera Amecameca, para visitar el sitio donde la monja Joan Agnes habitó de niña. Ahí, al pie de los volcanes, el dios meditó en la alegoría del Marqués de la Laguna, virrey llegado a Nueva España y loado por la monja de Amecameca en un océano de colores, una prosa que elogió la feliz entrada a la ciudad del nuevo gobernante, en un arco triunfal que se erigió en la Catedral Metropolitana. Pero no fue sólo por eso que el eximio griego vino acá, sino que algún oráculo le dio a entender que, donde otrora hubo Marqués de la Laguna, ahora habría un Marqués del (nuevo) Aeropuerto. Entonces pasó por Amecameca para ver si escuchaba del fantasma de Joan Agnes para que éste le dijera cuál era la verdad sobre eso.

Pero la monja no se manifestó, pues su esqueleto se encontraba en la capital mexicana. Poseidón, aunque sabio, no podía conocer la existencia de un claustro jerónimo donde yacía enterrada la monja. Los dioses de la antigüedad no pueden entrar a lugares así, impregnados estos últimos de ese olor que expulsó la belleza de Europa para imponer la iglesia de los presuntos pe(s)cadores. Sin embargo, el dios griego decidió de todos modos ir a Mexicópolis, donde alguien podría informarle acerca de ese Marqués del Aeropuerto. Qué mejor que seguir con la mirada a los aviones que llegaban a la ciudad, para orientarse hacia donde se ubicaba, por ahora, el aeropuerto viejo.

Las viejas deidades reconocen a sus iguales y semejantes, y así fue que en plena Colonia Moctezuma, ya cerca de la terminal aérea, Tezcatlipoca le salió al encuentro a Poseidón, y abrazándolo le dijo: “Te conozco bien, lo inundas todo y también eres creador de terremotos; aquí ocurren de éstos mucho, en honor a ti seguramente”. Poseidón se alegró de ver a otro dios, y abrazando a su vez al nahua le respondió: “Sí, también supe que mis terremotos han llegado acá. Pero antes que todo soy del mar, y he oído que donde alguna vez hubo un gran lago, el cual fue infamemente desecado hace mucho tiempo, están construyendo un nuevo aeropuerto”.

Tezcatlipoca invitó a Poseidón a subir juntos a lo alto del Cerro del Peñón. Aquél dijo: “no saben lo que hacen, como cuando fue muerto Adonis. En efecto, construyen ese aeropuerto sobre lo que abajo sigue siendo agua. Ignoran que la ciudad está destinada a volver a ser parte de tus dominios, oh Poseidón”.

Y éste contestó: “Sé que una monja le dio la bienvenida a un Marqués de la Laguna que gobernó aquí. Pero, ¿qué hay del Marqués del Aeropuerto, de este nuevo que están haciendo?”

Tezcatlipoca, sonriendo con ironía, dijo: “Oh, es el hombre más rico de este que alguna vez fue mi país. Él es un Pluto ciego al que se le inundará de todo a todo su nuevo aeropuerto. Argumenta que si no se hace éste, ya no será posible ningún progreso, ningún desarrollo, y el futuro de México corre un gran riesgo”.

Poseidón exclamó: “¡Malas palabras son esas! La Edad de Oro fue hace mucho, y nunca más habrá otra. Por lo tanto, no existen ni el progreso ni el desarrollo, no se va hacia ningún lado ya”. Y Tezcatlipoca: “Quizá Pluto lo sabe, pero con tal de ser más rico esta dispuesto a que la ciudad se hunda antes del tiempo previsto por las Moiras”.

Poseidón se sintió enojado, como en los tiempos de Troya, o como cuando perdió Atenas ante Palas. “¡Cómo quisiera ahogar a ese Marqués del Aeropuerto, ensartarlo con mi tridente. ¿Dónde podemos hallarlo?” Y Tezcatlipoca respondió: “Eso será muy difícil, porque Pluto anda por todo el mundo gastando dinero y creando empleos para esclavos. Pero ya que estás aquí, ¿por qué no provocas un terremoto y que se hunda ya, ahora mismo, todo ese proyecto aeroportuario?”

El griego dijo: “En verdad que es un ciego Pluto el tal Marqués, cualquiera puede ver que esta nueva construcción está condenada a irse abajo. No tardará eso en suceder, amigo nahua, las Moiras son implacables. No necesito hacer nada”.

El dios del mar se despidió de Tezcatlipoca, y al volver hacia el Mediterráneo, portando el estandarte azul de la caballería naval, pensaba. “Después de todo, los aviones son como peces, vuelan dentro del agua, o mejor dicho, nadan en lo alto del aire. La monja lo definió bien cuando dijo que su México fue 'sobre las ondas fabricada'. Y por su devoción hacia Egipto, ella dijo que mi madre fue Isis, y que por eso era yo sabio, al tener tan egregia madre.

Como todas las diosas se llaman, a final de cuentas, Isis, según señalan unos viejos misterios, es posible... Pero de Isis supe que antes fue llamada Io, y que con cuernos de luna anduvo errante viajando, perseguida por una mosca, y desde el Cáucaso fue a dar hasta Egipto, que es donde más la quieren y la aman. ¿Es mi madre?

Toda diosa puede serlo, así mis barbas blancas se remojen en el mar. Ahora bien, si soy sabio, por eso sé que el mundo es agua, y donde hay tierra hay terremotos, y que México esta expuesto a eso. 'Porque agua eres y en agua te convertirás'. Que no haya más, pues, marqueses de la Laguna ni del nuevo Aeropuerto, sino que yo mismo,

Poseidón, sin ninguna alegoría, tomaré posesión de México como uno de mis más preciados dominios acuáticos. Como lo fue siempre, hasta que llegó el capitán Cortés.

Así que ya no será el tiempo de ingeniosos desagües ni de proyectos aeroportuarios para el progreso y el desarrollo. ¡Alista tu barco negro, amigo Tezcatlipoca, para que naveguemos juntos desde Xochimilco hasta Chiconautla!”

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