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Ciudad de México Año VI Número LXXI Septiembre 2018

 

Juan José Arreola, de la aversión al gozo
A cien años de su natalicio

José Luis Barrera

Cuando era joven, me topaba frecuentemente con un programa en el que salía un viejito ridículo hablando con excesivos circunloquios de no sé qué temas. Nunca me quede a verlo, me parecía aburrido y demasiado pretencioso. La actuación -que para mí lo era-, de este personaje sonaba falsa y pretendía ponerle un estilo singular no del todo bien logrado.

En una de tantas ocasiones en que me topé con el programa, lo vi comiendo unos tacos y diciendo sobre la salsa: “ esta infusión de capsicum es un efluvio de sabor” y otras tantas palabras para decir que la salsa estaba sabrosa. Incluso Televisa (que era la empresa que transmitía este programa y que en otras tantas veces ha incursionado de manera poco venturosa en la cultura), lo puso a comentar futbol en el mundial de México 86, deporte que ni conocía el viejito y que utilizando ese lenguaje ya para mi conocido decía cuanto desatino puede decir alguien que ni sabe, ni disfruta de “el deporte de las patadas”; como solicitar que se expulsara a los porteros por agarrar el balón con la mano, lo cual iba en contra de su naturaleza de balón pie (football), como su traducción lo dice.

Debo decir que yo prefería los programas de Jorge Saldaña y en especial uno que se llamaba Sopa de letras, en el que se trataba del correcto uso del lenguaje y en el que conocí a un lingüista que a la postre sería uno de mis favoritos: Arrigo Coen. Saldaña, del que me gustaría hablar con más profusión en otro momento hacía televisión con contenido inteligente (muy ácido para mayor virtud), tomaba de sesgo la cultura y la entremezclaba con la programación comercial del entonces canal 13, y no la engolada versión cultural que por lo general ha tenido Televisa. El programa Aproximaciones, de Juan José Arreola, ha sido muchas veces alabado, pero debo decir que mi repulsión al concepto nunca me permitió verlo a detalle y saber del contenido del mismo, y por ende no puede ser una crítica objetiva.

En realidad la televisión, desde mi perspectiva personal, no le hizo ningún favor a Juan José Arreola. El colmo de ello fue su aparición en el programa nocturno de Verónica Castro, La movida, alternando con la cantante Thalía, en que esta última se molestó y mandó literalmente “por un tubo” al maestro, quien decía que “las notas graves eran las más bellas, ya que las demás eran estruendosas y lo estruendoso tenía como principio lo orgiástico”, al sentirse aludida dijo que no se metieran con su vida y para colmo la gente se le volteó al maestro para apoyar a la pseudo diva.

En realidad la obra literaria es mucho más importante de lo que yo -con esa imagen tan nefasta que conocí en primera instancia- me podría imaginar.

Cuando un primo me recomendó el libro de La feria, tomé el libro con cierto resquemor pensando que era un escritor menor y que me iba a topar con algo como lo que había visto en televisión, pero me topé con un escritor ágil, inteligente y de gran calidad, que me sorprendió y me atrapó desde el primer intento. Este libro me encantó por la inteligencia con que mueve las narraciones cortas, de la crónica de los usos y las costumbres de su ciudad natal, mezclando las injusticias de la que son objeto los pobladores y el fracaso de la Revolución Mexicana. Un libro que nos describe a la perfección la naturaleza festiva del mexicano no obstante las vicisitudes que pueda tener en su vida.

Comencé a saber que ese “viejito ridículo” que vi en televisión, nacido en Zapotlán el Grande (hoy Ciudad Guzmán) Jalisco, hace cien años (21 de septiembre de 1918), era un ensayista, narrador, poeta, traductor, corrector y editor autodidacta, que gracias a su enorme inquietud por conocer más, lo llevó a estudiar actuación en la Escuela de Actuación del INBA, y actuó bajo la dirección de Rodolfo Usigli y Xavier Villaurrutia. Incluso fue becado por el Instituto Francés de América Latina (IFAL) para estudiar en París declamación, técnicas de actuación y fue comparsa de la Comedia Francesa.

Sus aportaciones a la cultura mexicana las hizo desde distintas trincheras: como corrector del Fondo de Cultura Económica (FCE), fundador de la Casa del Lago, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, jefe de circulación en El Occidental, coeditor de El Vigía, Eos y Pan; fundador y director de Mester y las colecciones editoriales de Los Presentes, Cuadernos y Libros de El Unicornio; así como fundador de diversos talleres literarios de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Instituto Politécnico Nacional (IPN), Departamento del Distrito Federal (DDF) y Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), dirigiendo también seminarios de escritores cubanos en la Casa de las Américas. En realidad Juan José Arreola fue quien creó los talleres literarios que permitían, no sólo a los estudiantes de Filosofía y Letras, incursionar y experimentar en la literatura, mejorando sus aptitudes. De estos talleres (hoy tan en boga, hasta para poner uñas postizas), son incontables los escritores que han sido moldeados, pero que por desgracia no ayudaron (como Arreola lo pretendía), para refrescar las baraja de escritores mexicanos, porque las altas esferas culturales de nuestro país sólo se lo van a permitir a unos cuantos consentidos del poder.

Continuando con su obra, debo decir que no menos impactante que La feria, me resultó muy agradable su incursión en la muy antigua y prolífica tradición literaria de su Bestiario, hablando por ejemplo del sapo:
“Salta de vez en cuando, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.”

O del Búho:
“Armonioso capitel de plumas labradas que apoya una metáfora griega; siniestro reloj de sombra que marca en el espíritu una hora de brujería medieval: 10 ésta es la imagen bifronte del ave que emprende el vuelo al atardecer y que es la mejor viñeta para los libros de filosofía occidental.”
Arreola, como tantos otros escribió sobre el ajedrez (juego que no entendería Thalía), con una asertividad en las palabras que definen de manera total este deporte de la mente. A mí se me quedó grabada justamente la descripción que hace de El Rey Negro:
“Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable que sacrificó su última torre para llevar un peón femenino hasta la séptima línea, frente al alfil y el caballo de las blancas.
Hablo desde mi base negra. Me tentó el demonio en la hora tórrida, cuando tuve por lo menos asegurado el empate. Soñé la coronación de una dama y caí en un error de principiante, en un doble jaque elemental...
Desde el principio jugué mal esta partida: debilidades en la apertura, cambio apresurado de piezas con clara desventaja... Después entregué la calidad para obtener un peón pasado: el de la dama. Después...
Ahora estoy solo y vago inútil por el tablero de blancas noches y de negros días, tratando de ocupar casillas centrales, esquivando el mate de alfil y caballo. Si mi adversario no lo efectúa en un cierto número de movimientos, la partida es tablas… “

Arreola me llevó desde la aversión de su imagen televisiva al gozo de su obra literaria, y no hay mejor homenaje que su propia obra, sin pretenciosas críticas literarias, que lo más que alabar su obra literaria, es un auto-halago del crítico, que aprovecha su falso homenaje para enaltecer su literatura, en largas disgregaciones de la grandeza del autor. No me parece correcto aprovecharse de la grandeza de un autor para tener los cinco warholianos minutos de fama, mejor nos quedamos con la presentación que hace de sí mismo el propio Arreola en De memoria y olvido:
“Yo, señores, soy de Zapotlán el Grande. Un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años. Pero nosotros seguimos siendo tan pueblo que todavía le decimos Zapotlán. Es un valle redondo de maíz, un circo de montañas sin más adorno que su buen temperamento, un cielo azul y una laguna que viene y se va como un delgado sueño. Desde mayo hasta diciembre, se ve la estatura pareja y creciente de las milpas. A veces le decimos Zapotlán de Orozco porque allí nació José Clemente, el de los pinceles violentos. Como paisano suyo, siento que nací al pie de un volcán.

A propósito de volcanes, la orografía de mi pueblo incluye otras dos cumbres, además del pintor: el Nevado que se llama de Colima, aunque todo él está en tierra de Jalisco. Apagado, el hielo en el invierno lo decora. Pero el otro está vivo. En 1912 nos cubrió de cenizas y los viejos recuerdan con pavor esta leve experiencia pompeyana: se hizo la noche en pleno día y todos creyeron en el Juicio Final. Para no ir más lejos, el año pasado estuvimos asustados con brotes de lava, rugidos y fumarolas. Atraídos por el fenómeno, los geólogos vinieron a saludarnos, nos tomaron la temperatura y el pulso, les invitamos una copa de ponche de granada y nos tranquilizaron en plan científico: esta bomba que tenemos bajo la almohada puede estallar tal vez hoy en la noche o un día cualquiera dentro de los próximos diez mil años.

Yo soy el cuarto hijo de unos padres que tuvieron catorce y que viven todavía para contarlo, gracias a Dios. Como ustedes ven, no soy un niño consentido. Arreolas y Zúñigas disputan en mi alma como perros su antigua querella doméstica de incrédulos y devotos. Unos y otros parecen unirse allá muy lejos en común origen vascongado. Pero mestizos a buena hora, en sus venas circulan sin discordia las sangres que hicieron a México, junto con la de una monja francesa que les entró quién sabe por dónde. Hay historias de familia que más valía no contar porque mi apellido se pierde o se gana bíblicamente entre los sefarditas de España. Nadie sabe si don Juan Abad, mi bisabuelo, se puso el Arreola para borrar una última fama de converso (Abad, de abba, que es padre en arameo). No se preocupen, no voy a plantar aquí un árbol genealógico ni a tender la arteria que me traiga la sangre plebeya desde el copista del Cid, o el nombre de la espuria Torre de Quevedo. Pero hay nobleza en mi palabra. Palabra de honor. Procedo en línea recta de dos antiquísimos linajes: soy herrero por parte de madre y carpintero a título paterno. De allí mi pasión artesanal por el lenguaje. Nací el año de 1918, en el estrago de la gripa española, día de San Mateo Evangelista y Santa Ifigenia Virgen, entre pollos, puercos, chivos, guajolotes, vacas, burros y caballos. Di los primeros pasos seguido precisamente por un borrego negro que se salió del corral. Tal es el antecedente de la angustia duradera que da color a mi vida, que concreta en mí el aura neurótica que envuelve a toda la familia y que por fortuna o desgracia no ha llegado a resolverse nunca en la epilepsia o la locura. Todavía este mal borrego negro me persigue y siento que mis pasos tiemblan como los del troglodita perseguido por una bestia mitológica.

Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. No pude seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo contar: mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la Revolución Cristera. Cerradas las iglesias y los colegios religiosos, yo, sobrino de señores curas y de monjas escondidas, no debía ingresar a las aulas oficiales so pena de herejía. Mi padre, un hombre que siempre sabe hallarle salida a los callejones que no la tienen, en vez de enviarme a un seminario clandestino o a una escuela del gobierno, me puso sencillamente a trabajar. Y así, a los doce años de edad entré como aprendiz al taller de don José María Silva, maestro encuadernador, y luego a la imprenta del Chepo Gutiérrez. De allí nace el gran amor que tengo a los libros en cuanto objetos manuales. El otro, el amor a los textos, había nacido antes por obra de un maestro de primaria a quien rindo homenaje: gracias a José Ernesto Aceves supe que había poetas en el mundo, además de comerciantes, pequeños industriales y agricultores. Aquí debo una aclaración: mi padre, que sabe de todo, le ha hecho al comercio, a la industria y a la agricultura (siempre en pequeño) pero ha fracasado en todo: tiene alma de poeta.

Soy autodidacto, es cierto. Pero a los doce años y en Zapotlán el Grande leí a Baudelaire, a Walt Whitman y a los principales fundadores de mi estilo: Papini y Marcel Schwob, junto con medio centenar de otros nombres más y menos ilustres... Y oía canciones y los dichos populares y me gustaba mucho la conversación de la gente de campo.
Desde 1930 hasta la fecha he desempeñado más de veinte oficios y empleos diferentes... He sido vendedor ambulante y periodista; mozo de cuerda y cobrador de banco. Impresor, comediante y panadero. Lo que ustedes quieran.
Sería injusto si no mencionara aquí al hombre que me cambió la vida. Louis Jouvet, a quien conocí a su paso por Guadalajara, me llevó a París hace veinticinco años. Ese viaje es un sueño que en vano trataría de revivir; pisé las tablas de la Comedia Francesa: esclavo desnudo en las galeras de Antonio y Cleopatra, bajo las órdenes de Jean Louis Barrault y a los pies de Marie Bell.

A mi vuelta de Francia, el Fondo de Cultura Económica me acogió en su departamento técnico gracias a los buenos oficios de Antonio Alatorre, que me hizo pasar por filólogo y gramático. Después de tres años de corregir pruebas de imprenta, traducciones y originales, pasé a figurar en el catálogo de autores (“Varia invención” apareció en Tezontle, 1949). Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka. Desconfío de casi toda la literatura contemporánea. Vivo rodeado por sombras clásicas y benévolas que protegen mi sueño de escritor. Pero también por los jóvenes que harán la nueva literatura mexicana: en ellos delego la tarea que no he podido realizar. Para facilitarla, les cuento todos los días lo que aprendí en las pocas horas en que mi boca estuvo gobernada por el otro. Lo que oí, un solo instante, a través de la zarza ardiente.”
JUAN JOSÉ ARREOLA

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