Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año VI Número LXXI Septiembre 2018

 

Dos fábulas religiosas
Luciano Pérez

1.- De la Creación
En el principio Yavé Santa, riéndose “¡Jo, jo, jo!”, creó cielos hechos de mermelada y una tierra por donde corrían ríos de sabor manzana y fresa. De los árboles colgaban bombones, y de las estrellas escurría rocío de chocolate. Nubes de helado estallaban y una deliciosa lluvia fría le daba a todo un sabor muy refrescante.

Fueron creados los animales, y entonces peces y aves, leones y toros, se complacían con todo lo dulce que hallaban por doquier, y Yavé Santa se reía con gran gusto por lo sabrosa que era su creación.

Pero según él, no era bueno que el mundo estuviera solo, y decidió crear un ser parecido a él mismo, a Yavé Santa, dotado de una gran barriga y con cabellos y barba blancos como el azúcar de los pasteles, que también abundaban en esta maravillosa tierra. Y así el hombre llegó a ser, con gafas y todo, incluso con un costal en la mano para llenarlo de regalos.

Y, por supuesto, vestido de rojo. Sin embargo, se quejó ante Yavé Santa, porque ¿a quién le daría tantos obsequios? Y he aquí que la mujer llegó a la vida, también gorda y de pelo blanco, para que fuese compañera del hombre en la tarea de complacerse con toda la dulzura que había disponible para ellos, y para regalarse el uno al otro deliciosas cosas.

Pero la envidia, que a veces obliga a emprender trabajos que de otra manera no se harían, llenó el corazón de una serpiente color limón, que rápido se había hecho sabia gracias a comer chocolate con almendras, ya que éstas son buenas para el cerebro.

Ella quería que a la pareja de viejos y gordos se les echase de aquí, nada más que por el gusto de meter bulla en este mundo ideal.

Se le acercó a la mujer y le dijo: “¿No te das cuenta, señora, que no todo puede ser dulce en la vida? ¿Que hace falta en ésta un elemento de amargura?” La anciana se quedó sorprendida de oír eso, pero sin perder su aplomo risueño, le contestó así: “¿Y cómo puede haber amargura, si todos los árboles están llenos de ricos bombones?” La astuta serpiente le replicó:

“¿No te das cuenta de que Yavé Santa así lo quiere? Porque si gustan ustedes de lo amargo se harán diferentes, y ya no habrá necesidad de que sean gordos y viejos como él. Sino que el conocer lo amargo de la vida los hará delgados y jóvenes, y verán todo con otros ojos”.

La anciana obesa se quedó callada por un rato, y luego preguntó: “¿Y qué hemos de hacer mi marido y yo entonces?” La serpiente sacó como por arte mágica una barra de chocolate amargo, y se la dio a la mujer, explicándole así: “Esto tendrá un sabor diferente para ustedes.

Prueben y coman de él”. Ella tomó el regalo y no vio más a la figura color limón. Fue con su marido, le contó lo que vio y qué le había dicho, y entonces el gordo, sin pensarlo más, partió el chocolate y le dio una mitad a su mujer, que se la comió de inmediato, y luego él se comió la otra mitad. Entonces fue que se les abrieron los ojos y se fueron a esconder, pues se dieron cuenta que eran viejos y gordos.

Yavé Santa los estuvo buscando: “¿Dónde están, dónde se han metido?”, decía sin dejar de reírse con su “¡Jo, jo,jo!” característico. Entonces salieron, y el hombre le hizo saber, con mucha amargura, que no estaban conformes con haber sido creados a imagen y semejanza de Yavé Santa. “Porque aunque todo es aquí dulce, no podemos ser más ágiles por estar gordos, y no todo lo podemos ver porque nos falla la vista por la vejez”, dijo.

El creador, sin perder el buen humor, le contestó: “Puesto que han probado lo amargo, ahora ya saben que no todo es dulzura. Por lo tanto, ya no es posible que vivan aquí, así que se irán exiliados a un país donde el hambre los pondrá flacos, y conocerás lo que es ser joven y tener carencias de todo tipo”. Entonces un ángel, con cara de serpiente por cierto, llegó con una espada y les señaló a los dos viejos y gordos el camino hacia afuera. Una vez hecho así, el ángel le dijo a Yavé Santa: “¿no hubiera sido mejor que vivieran en la dulzura toda su vida? ¿Así como tú, que eres gordo, viejo y feliz?” El otro respondió: “¿Y tú cómo sabes si soy feliz?” “Por la manera en que te ríes”. “Oh, mi risa es un desahogo. Ellos, los hechos a mi imagen y semejanza, han conocido la amargura, y conocerán más todavía. Pero la juventud los mantendrá a dieta y dispuestos a todo, y hallarán que en lo amargo hay una dulzura que yo ni me imagino siquiera”.

El ángel, quitándose la peluca blonda y el traje blanco y volviendo a ser la serpiente color limón, prudente a la vez que envidiosa, dijo: “Bueno, basta con que te decidas y comas uno de mis chocolates amargos”. Riéndose estruendosamente, Yavé Santa exclamó: “Crees que puedes tentarme. Pero ya estoy demasiado viejo para querer conocer el bien y el mal. Supongo que quizá he perdido la razón, y por eso quise crear un mundo siempre dulce. ¡Jo, jo, jo!”

 

2.- Dama Nueve
Quizá se hizo teóloga para, como Beatriz, conducirme hacia la bienaventuranza. Se inscribió en una universidad que es luz de las gentes. Pero ella sabe que yo no quiero luz, porque me pone ciego. Es la oscuridad mi ambiente predilecto, más bien el que no tuve por menos que elegir, dado que la luz fue expropiada por el verbo encarnado, del cual nadie quiero saber.

No obstante, mi amiga teóloga, como dama nueva, como dama nueve, quiso que hiciera de lado a los poetas paganos, para que la siguiese hacia donde el amor que mueve y conmueve a las estrellas reside. Sólo que yo no entiendo el amor como agape, sino como eros, y quiero ser un Pan para esta otra Beatriz, tocándole con mi siringa unos aires pastoriles que aniquilen por completo las pretensiones del verbo lumínico. Porque quien sigue a Pan se encanta y vive en su propio paradiso de ninfas y de sátiros, que se unen las unas con los otros para procrear monstruos.

Deseo que la teóloga me diga que Dios es eros, que quiso que nos juntemos carne contra carne, para que haya nuevos mitos, y por tanto asumamos nuevas metamorfosis. Yo ya soy Pan, y ahora falta que mi amiga se convierta en algo, en alguien. Pero hasta su lejana Ecatepec no he de ir: que ella venga a mí al Edén tepitense, entre perros mordiéndose la cola y gatos orinando territorios. Mi siringa está lista, para hacerle olvidar a la teóloga los tercetos de la bienaventuranza, y para que baile conmigo el ¡Evohé! de los diablos.

Regresar