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Ciudad de México Año VI Número LXXI Septiembre 2018

 

El asesinato del Zar y su familia, hace cien años
Loki Petersen

Se han cumplido cien años ya de uno de los episodios más sangrientos de la historia: el 16 de julio de 1918 el Zar Nicolás II y su familia fueron asesinados en un lejano lugar de los Urales, en Ekaterinburg (hoy Sverdlovsk, donde en 1960 fue derribado el avión estadounidense U-2). Si sólo hubiera sido ejecutado el monarca, esto no podría justificarse pero sí entenderse, dados el desprestigio y el odio que se habían acumulado contra la autocracia rusa entre quienes la sufrían, los trabajadores.

Sólo que todo esto fue más allá, y ni siquiera podemos decir que las cosas se salieron de control pues todo fue perfectamente planeado. Fue un suceso muy desagradable, pues además también fueron masacrados la Zarina Alejandra, las cuatro hijas (María, Olga, Tatiana y Anastasia), el hijo enfermo (Alexis); asimismo, el médico, el cocinero, un sirviente, la criada, y en el colmo de la crueldad el perro de la familia, Jimmie.

En febrero de 1917 ocurrió una revolución en San Petersburgo (o Petrogrado, luego Leningrado), la capital rusa, y de ello surgió un gobierno provisional, dirigido por Kerenski, y que se propuso primero que nada lograr la abdicación voluntaria del Zar. Una comitiva del nuevo régimen acudió al cuartel de Nicolás II, y se le planteó a éste la necesidad de que renunciara a gobernar.

El Zar dijo que lo haría, siempre y cuando se le prometiera que se continuaría la guerra contra Alemania, al lado de los Aliados. La comitiva de Kerenski le respondió que no había duda sobre eso, y el 15 de marzo el Zar firmó su abdicación, de lo que luego demasiado tarde se arrepentiría, pues no se arregló nada con eso. Creyó que así terminaría lo enconado del levantamiento de Petrogrado, y se reanudaría cuanto antes la lucha contra el Kaiser alemán Wilhelm II (quien era, por cierto, su primo).

Al principio abdicó a favor de su hijo Alexis, entonces de trece años. Sólo que había un grave problema: el muchacho estaba enfermo de hemofilia, una enfermedad heredada a través de su madre la Zarina Alejandra, y que procedía de la abuela de ésta, la reina Victoria de la Gran Bretaña

No había garantía de que pudiera vivir mucho, y aún si viviera más, no podría Alexis gobernar bajo el riesgo de esa incómoda enfermedad, con la cual un simple rasguño o golpe se convertía en una espantosa efusión de sangre. Por lo tanto, Nicolás II canceló esa firma, y en otro documento abdicó a favor de su hermano Miguel.

La comitiva regresó a Petrogrado con esta última firma, sólo para encontrarse con la airada oposición de la fracción bolchevique (el gobierno provisional estaba integrado por diversos partidos políticos), que exigía la completa abolición del zarismo. Por lo tanto, Miguel se vio obligado a abdicar también, esta vez en favor de nadie más.

El Zar y su familia fueron recluidos bajo la protección del gobierno provisional, en Tsrakoe Selo, una propiedad de Nicolás II. En principio, Kerenski pensaba así resguardar la seguridad del Zar, para que no cayese en manos de los violentos bolcheviques.

Lo que debió haber hecho fue haberlos enviado de inmediato fuera del país, pero esto dejó de ser factible cuando el gobierno inglés se negó a recibir al ex-Zar, a menos que los rusos pagasen los gastos de manutención.

En principio Kerenski aceptó, pero los bolcheviques se opusieron. El rey inglés, George V, primo del Zar, incluso se decía que parecían hermanos gemelos, no hizo nada en absoluto para rescatar a su pariente, por miedo al Parlamento, que se oponía a recibir a un autócrata exiliado, por muy aliado que fuese.

Los rusos lanzaron una ofensiva contra Alemania, que fracasó totalmente, y los soldados empezaron a desertar masivamente, uniéndose al bolchevismo. Y éste creció tanto que pudo armar su propia revolución en octubre de 1917, que echó fuera al gobierno de Kerenski. Éste, para, según él, darles mayor seguridad al Zar y su familia de que no fuesen alcanzados por la furia bolchevique, dispuso el traslado a Siberia.

Precisamente cerca del lugar donde nació Rasputín, el extravagante monje que tanto había influido en la vida de la Zarina Alejandra, hasta que fue asesinado. Nada podía evitar la fatalidad, pues Kerenski mismo tuvo que huir de Rusia para no ser ejecutado. La suerte de Nicolás II y los suyos estaba ahora en manos de sus más encarnizados enemigos.

La guardia que Kerenski había dispuesto para que cuidase al Zar, ahora fue sustituida por tropas bolcheviques, que sometieron a la familia a muchas humillaciones. Y la esperanza de que llegase un rescate de “rusos buenos” se fue apagando a medida que los meses transcurrían, siempre con la creciente incertidumbre de cuál sería el porvenir que se les deparaba por parte de los nuevos amos. Y éstos firmaron la paz con Alemania, para furia de Nicolás II, que se dio cuenta no sólo que su abdicación no había servido de nada, sino que ahora estaba metido en una trampa junto con su familia, encerrado en una fría casa siberiana.

 

Para el régimen de Lenin no cabía duda de qué había que hacer con el ex soberano ruso. En abril de 1918 fue trasladado éste con su esposa e hijos, y el poco personal que le permitieron tener (cocinero, un criado, una criada y un médico), a los Urales, a Ekaterinburg. El soviet local, formado por endurecidos obreros que habían sufrido amargas persecuciones y prisiones por parte del gobierno zarista, pedían que se les entregase el Zar para ajusticiarlo. Pero la policía secreta rusa, la Checa, hizo las cosas a su propia manera, por instrucciones superiores (es decir, de Lenin mismo, como Trotski lo relató después).

Nicolás II, ahora conocido como el ciudadano Romanov, sabía que algo había de ocurrirle a él, pero siempre creyó que su familia no sería perjudicada. El 4 de julio llegó Jacob Yurovski directamente de Moscú, al mando de un grupo de la Checa especialmente entrenado para ejecuciones. Ordenó buscar un lugar donde pudiesen hacerse desaparecer cadáveres, y fue hallada una mina. Mandó adquirir gasolina y ácido sulfúrico en gran cantidad. Había urgencia por acabar con el asunto, pues un ejército llamado blanco se había levantado contra la revolución roja, y en cualquier momento podría aparecer para rescatar al Romanov y darle el poder de nuevo.

Y entonces llegó la fatal noche del 16 de julio, cuando Yurovski entró con su grupo especial, armados con revólveres y rifles, a la casa donde estaba preso el Zar y los suyos. Aquél les dijo que bajasen todos al sótano, donde les sería tomada una fotografía. Así lo hicieron, Nicolás II cargando a su hijo Alexis, quien ya no podía caminar porque su enfermedad había empeorado, su esposa, la odiada alemana Alejandra, las cuatro hijas, y las cuatro personas que aún seguían sirviendo a la familia. Sorpresivamente, Yurovski le disparó en la cabeza al Zar, y los demás policías dispararon para acribillar a todos, incluyendo al perro Jimmie. La única que sobrevivió a la balacera, la criada, se echó a correr, y los asesinos la persiguieron y alcanzaron, y a bayonetazos acabaron con ella. Los cuerpos fueron llevados a la mina, despedazados, y se les roció el ácido y la gasolina para luego quemarlos.

¿Qué más cabe decir? Que durante años el régimen soviético prefirió hablar lo menos posible del asunto. Y cuando ese régimen terminó, se dio cauce a una dolorosa recuperación del recuerdo del Zar y los suyos, proceso que en agosto de 2000 culminó con la canonización oficial por parte de la Iglesia Ortodoxa Rusa de Nicolás II, Alejandra, María, Olga, Tatiana, Anastasia y Alexis como santos. En cuanto a Anastasia, se dijo que había sobrevivido, y que vivía en algún lugar de Europa, pero el examen científico de los restos dio como resultado que, en efecto, Anastasia estaba entre los ejecutados. Cien años han transcurrido de este triste hecho, y tengamos o no simpatía por la extinta URSS, sentimos que fue un crimen que no puede ser ocultado y que cabe siempre lamentar.

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