Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VI Número LXXII Octubre 2018

 

La sibila de Magdala
Luciano Pérez

El cáliz llegó hasta Ciudad Satélite, ahí junto a la vieja Mexicópolis. Ya no había más que decir, puesto que el Código estaba descifrado. En adelante, en los hogares del mundo no se vería igual el cuadro de la Última Cena. Incluso, muchos padres de familia decidieron quitar para siempre del comedor la famosa escena pintada por Da Vinci.

¿A quién le interesa exhibir, donde come uno, algo que perdió ya su misterio? Ocurrió pues que el cáliz se trasladó a Satélite, en medio de fanfarrias planetarias y escatologías lunares.

El cáliz era una mujer, claro está, y erigió su torre en algún lugar de la frontera entre la capital y los mexiquenses, del lado de estos últimos. Torre a la cual llamó con el nombre de su lugar de origen, que era también casi su propio nombre: Magdala. Dentro de ahí procesaría y lanzaría al mundo sus oráculos sibilinos para los post-últimos días de la humanidad.

Después de todo, el Apocalipsis ya concluyó, y no resta más que interpretar lo que ha quedado, que en general es una continuación de los desastres. ¿Quién ganó la crucial batalla de Armagedón? Probablemente hubo un empate, y la Sibila de Magdala habrá de anunciarlo apenas alguien le plantee la pregunta.

Sin embargo, ésta no parece darse porque la gente sólo quiere saber si se casará o si ganará la lotería, pero nunca plantea cuestiones acerca del destino del mundo. Por eso nadie se dio cuenta del fin de éste, ocupados como estaban en la verificación del auto, en la declaración anual de impuestos, o en el llenado de una insólita solicitud de empleo, lista desde el origen para el pronto rechazo.

Magdalena, que (según dicen) alguna vez llevó dentro de sí la sangre de YA SABEN QUIÉN (esto es, que ella fue el cáliz a través del cual el Padre llegó a ser el Hijo, y luego el Nieto, mediante una confusa trama teológica), construyó su torre con restos de lo que fue el Cinema Satélite. Éste estaba abandonado desde mucho tiempo atrás, desde que por ahí se apareció la divina Coatlicue y se dedicó a asustar a todos cuantos acudían a ese cine.

Nadie quiso volver, pues la terrible mujer serpiente era implacable en su sed de sangre. Pero ella recientemente se había ido, en alguna ola de emigración hacia Arizona o California; no para buscar una “mejor manera de vivir”, que no es posible saber cuál es, sino para hacerles amarga la existencia a los gringos, que no hay nada mejor en la vida que perturbar a los herederos de la masonería washingtoniana. Es que hasta ahora han sido ellos los que han hecho penosa la vida de uno, y la Coatlicue nos vengará arrasándoles la tierra que se robaron.

La sibila colocó anuncios en los periódicos y también en la red, proclamando su negocio de “¡PROFECÍAS AL INSTANTE! Que ningún Código te apabulle, deja a Leonardo en paz. Acude conmigo y te sacaré de dudas, problemas, dilemas, etc. Con la Sibila de Magdala. Citas por magdasibil@yeahyeah.com, y acude a mi torre en Ciudad Satélite, fácil de avistar desde El Toreo”.

De Lindavista, de La Raza, de Tlatelolco, acudió la clientela. La torre de Magdala se veía como una construcción digna de las ilustraciones de las historias de Isaac Asimov y Robert A. Heinlein: entre torcida y aerodinámica, entre gothic-SF y post-apocaliptic style, la edificación impresionaba por su negrura y metía el miedo en algunos corazones, sobre todo en los de tipos (y tipas) que gustan de cometer abusos de autoridad, sea ésta política, administrativa, o (peor aún) literaria.

Entre sus primeros clientes estuvo la Chica Murciélago, pesarosa por el regreso de su enemigo de siempre, el violento criminal conocido como La Polilla. El cual ya no sólo la acosaba sexualmente, sino que pretendía involucrarla en un descabellado choque de trenes, programado para ocurrir en Cuetzalan, previo pago de cheques de la oficina de recursos financieros.

La chica, opaca tras de sus lentes, quería saber acerca del futuro de esta situación. La Sibila, en el enrevesado lenguaje propio de los oráculos, le dijo la respuesta extraída de la computadora: “Hay polillas que necesitan del vapor para consumirse, pero tú has perdido a tus amigos”. Eso fue todo, y la muchacha no se sintió bien, pero de todos modos le pagó a la Magdalena con billetes del Banco de Gotham City.

Otro cliente fue Archie, quien ya estaba harto de la arrogancia y la presuntuosidad de Verónica. Ésta no cesaba de humillarlo, de maltratarlo, y aún así no se decidía él por Betty. “Después de todo, necesito asegurar mi porvenir, y éste sólo puede ser con Verónica, por sus vastos medios monetarios.

¿Qué opina el oráculo?” Y la Sibila, haciendo algunos pases mágicos sobre su computadora, vio en pantalla resplandecer la respuesta para el eterno joven de Riversdale: “Verónica quedará gorda y preñada, pero su respiración cesa a cada instante”.

Archie pagó con billetes que tenían la cara del borracho general y presidente Ulises Grant, aunque no le quedó muy claro el significado de la profecía. Magdalena le dijo: “Es mejor que no entiendas lo que el oráculo te dice. No lo soportarías”. Esto conformó un poco al pecoso estudiante, que en vez del usual texto de álgebra llevaba en la mano el Manual de la perfecta perra, vivo retrato de Verónica Lloyd.

Alice Maravillas entró a la torre cantando MI-RE-DO y DO-RE-MI. La osteoporosis la había atrapado al fin, pero jamás paró de fumar, empeñada en ser feliz luego de su traumático rompimiento con el Sombrerero Loco. Lo que ella quiso preguntarle a la Sibila fue muy directo: “¡Hey, Malena! ¿Realmente traías la Sangre Real o Grial dentro de ti?”

La computadora casi sacó humo ante tal pregunta, pero en la pantalla se vio la respuesta, luego de algunos pases ratonescos: “No hay más Nazareth, ni nunca lo hubo. Tan sólo la caída del planeta Venus es real”. Eso fue todo. Alice pagó con cacao de Antequera y se retiró, contenta. El té se había terminado y era tiempo de comprar otro.

La Sibila no le miente a nadie. Quizá deja al final más dudas que al principio, pero esta es una impresión engañosa. El oráculo no se equivoca. Magdalena sigue siendo el cáliz, pero no el que se piensa. Da Vinci dio a saber una cena que nunca pudo ocurrir, pero en recompensa pintó a una dama que sonríe desde el otro lado, como diciéndonos: “No había cáliz en la mesa, porque Magdalena ya no estaba. Dejen de todos modos que San Juan siga ahí, porque sin él no hay Apocalipsis”.

Y la torre de Magdala se levanta sobre Ciudad Satélite, señalando que el futuro no existe ni existió. Lennon no sólo dijo que los Beatles fueron más famosos que Cristo, sino también después señaló que ni siquiera había que creer en ellos.

Así con Magdalena, a quien Cristo le sacó siete demonios, pero le dejó en resguardo otro, el de su resurrección mediante la carne. Sin embargo, el hecho de resucitar él nunca podrá ser, porque ya sólo cuenta el tiempo de lo que no es Cristo.

Tal vez porque este último jamás fue bien visto por Coatlicue, de hecho por ninguna diosa. Y si acaso hubiere alguna descendencia por vía exclusiva de la Magdalena, en realidad no importa por cuál intervención masculina, porque sólo la línea materna cuenta.

Si hay rey, será por Magdalena y no por YA SABEN QUIÉN. Que el cáliz pase, entonces, como la Sibila quiera.

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