Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VI Número LXXII Octubre 2018

 

México 1968
Luciano Pérez

En octubre de 2018 se cumplen cincuenta años de que aconteció uno de los episodios más oscuros y cruentos de nuestra historia nacional. El 2 de octubre de 1968 un gobierno empeñado en presentar ante el mundo “el mejor rostro del país”, mediante la celebración de los Juegos Olímpicos en México, decidió aniquilar violentamente el movimiento estudiantil que surgió en ese año para cuestionar la falta de democracia y de libertades. Oficialmente las había éstas, porque el régimen lo proclamaba así. Pero la verdad es que no se toleraba ninguna disidencia, ninguna voz crítica, ninguna expresión que pusiese en peligro “los logros de la Revolución Mexicana”. Esa revolución que hizo ricos a los jerarcas priístas, y luego éstos renunciaron a ella para convertirse al neoliberalismo y hacerse todavía más ricos.

La conmemoración de los cincuenta años del movimiento estudiantil se ha reducido, como otras conmemoraciones, a los ámbitos académicos, donde unos pocos especialistas exponen ante otros especialistas lo que pasó, y el público no se entera de nada. Pero lo que ocurrió en ese año debiera ser materia de primordial atención para todos los mexicanos. Sólo que éstos parecen más interesados en el mundo de mentiras de la televisión y de los celulares. Hay aplicaciones para todo, menos para explicar el porqué de los sangrientos hechos de Tlatelolco. Vayamos pues a ellos.

En 1964 el presidente Adolfo López Mateos, antes de dejar la presidencia, luego de las Olimpiadas que hubo ese año en Tokio, se aseguró de que a México le correspondiese la organización de las siguientes Olimpiadas, precisamente para 1968. El gobierno del nuevo presidente, Gustavo Díaz Ordaz, tuvo la tarea de construir estadios, albercas, pistas, y la Villa Olímpica, además de organizar una Olimpiada cultural, con eventos artísticos de buen nivel.

Había que mostrarle al mundo que México no sólo ya formaba parte de las naciones modernas, sino también que los mexicanos eran generosos y felices. Los deportistas y artistas que vinieran de sus países a participar, quedarían satisfechos por el recibimiento que se les ofrecería. Y así, luego de cuatro años de preparación, llegó 1968, el año clave para que no hubiese duda de que nuestra nación ya no era de bárbaros como en los tiempos de Villa, Huerta y Obregón.
Todo parecía bien calculado y controlado.

Se supo de los disturbios estudiantiles que hubo en mayo de ese año en París, y en otras partes de Europa y los Estados Unidos. Los jóvenes estaban exigiendo cambios, y los estudiantes mexicanos deben haberse enterado de ello. Entonces el 22 de julio de 1968 hubo un confuso suceso en pleno centro de la ciudad de México, cuando estudiantes de la vocacional 5 del Politécnico se enfrentaron a los de la preparatoria particular Isaac Ochoterena, ubicada ésta en Pino Suárez. No está muy claro el porqué del enfrentamiento, pero el Cuerpo de Granaderos (la policía encargada de la represión), llamados así por lanzar granadas lacrimógenas (lo habían hecho en años pasados contra ferrocarrileros, maestros, médicos y otros revoltosos), intervino para imponer el orden.

Los granaderos se condujeron de una manera tan brutal, que lo único que lograron fue que los estudiantes se unieran para protestar contra esa conducta, así que el 26 de agosto se realizó una manifestación en el Zócalo, y hubo de nuevo otra gran golpiza. Entonces el 27 la UNAM y el IPN pararon clases, en protesta contra la represión.

El número de descontentos crecía más y más, y pronto la policía del DF no fue suficiente para controlar la situación, así que tuvo que ser enviado el ejército, el cual estrenó su poderío bélico con un tiro de bazuca que derribó la añeja puerta de San Ildefonso, sede de la Preparatoria Uno de la UNAM y lugar históricamente ilustre, la noche del 29 de julio.

Los soldados desalojaron ese edificio, y luego se fueron contra la Vocacional 5 en la Ciudadela. Al día siguiente el rector Javier Barros Sierra mandó izar en CU la bandera nacional a media asta, y el primero de agosto hubo una manifestación de duelo. El 2 de agosto se creó el Consejo Nacional de Huelga (CNH), integrado por estudiantes y maestros, cuyos nombres nunca serían olvidados: Heberto Castillo, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, Marcelino Perelló, Gilberto Guevara Niebla, Luis González de Alba, Eli de Gortari, Eduardo Valle, y muchos otros más. También se creó una sección de cultura, encabezada por José Revueltas, Carlos Monsiváis y Sergio Mondragón.

Dos días después el CNH hizo público un pliego petitorio, dirigido al gobierno, donde se le pide el cambio de los jefes policiacos que ordenaron la brutal acción de los granaderos, y se exige se indemnice a las víctimas de los actos represivos.

En este contexto ya no sólo se daba la celebración de los Juegos Olímpicos, sino también la lucha por la sucesión presidencial, de tal modo que en las alturas había dos grupos que se enfrentaban: el del secretario de Gobernación, Luis Echeverría, quien quería ser el próximo presidente, y el del secretario de la Defensa, Marcelino García Barragán, que apoyaba al general Alfonso Corona del Rosal, entonces Jefe del Departamento del Distrito Federal, como candidato.

Díaz Ordaz se encontraba en medio y tendría en su momento que tomar la decisión por alguno. De lo que estaban convencidos todos ellos era de que el movimiento estudiantil tenía que ser una conjura comunista para desestabilizar al país y ponerlo en mal en vista de los próximos Juegos. Entre tanto, continuaba la revuelta, y cinco mil estudiantes se fueron a sentar al Zócalo como protesta. El pliego petitorio, por supuesto, jamás fue respondido por la autoridad. El 28 de agosto el ejército desocupó el Zócalo, y el primero de septiembre Díaz Ordaz presentó su informe de gobierno, donde ofrece su mano a los estudiantes, pero sólo eran palabras. “Esa mano necesita la prueba de la parafina”, comentaron aquéllos.

El 13 de septiembre se realizó la manifestación del silencio, en la cual cerca de 25 mil estudiantes y maestros caminaron del Museo de Antropología hacia el Zócalo. A los pocos días, el 18, el ejército ocupó la Ciudad Universitaria, y el rector Barros Sierra renunció. El 23 también fueron ocupados el Casco de Santo Tomás y la Unidad Zacatenco, sedes de varias escuelas del Politécnico.

Los soldados, como los policías, se condujeron con violencia, y en el caso de CU entraron disparando, y tomando prisioneros; le dieron un balazo en la pierna al poeta Víctor Villela, quien iba bajando de un coche para dirigirse a su trabajo en la Coordinación de Humanidades. Ante ello, la poeta uruguaya Alcira Soust Scaffo, se la pasó encerrada en un baño, para no ser vista por los militares y probablemente balaceada; salió hasta que se fue el ejército, el 30 de septiembre.

Y ya nos acercamos al siniestro desenlace: la matanza del 2 de octubre. Para esto el autor del presente artículo se remite a sus propios recuerdos y al testimonio de familiares. Doce años tenía yo en 1968, y como Tepito, donde vivo, está muy cerca de Tlatelolco, esa tarde se veía pasar a mucha gente que atravesaba el barrio para dirigirse a la Plaza de las Tres Culturas para la gran manifestación programada por el CNH. Sólo faltaban doce días para el inicio de las Olimpiadas, así que el gobierno tenía prisa por resolver la situación. Por supuesto que no pretendía negociar alguna tregua con los huelguistas, sino que se resolvió algo más contundente. Luis Echeverría mismo tuvo la idea de lo que se haría, y su jefe Díaz Ordaz estuvo de acuerdo; García Barragán tuvo que aceptar también, pues su tropa tendría la tarea básica.

Miraba yo pasar muchedumbres hacia Tlatelolco, y ahí iba mi tío el artista plástico Carlos García, quien portaba con orgullo un gran retrato del Che Guevara. Pero el que años después sería mi cuñado, el soldado Rubén Aguilar, encuadrado en el Batallón Olimpia, avanzaba con éste también hacia Tlatelolco. A las cinco de la tarde toda la gente llenaba la Plaza, ubicada entre el edificio Chihuahua, la iglesia de Santiago y las ruinas arqueológicas. Se iniciaba el mitin, cuando de algún lado fueron disparadas al cielo unas luces, la señal para que el Olimpia entrase en acción. Rubén Aguilar y sus compañeros del batallón recibieron la orden de lanzarse sobre la gente, a carga de bayoneta. Entonces se desató el pánico, pues los soldados comenzaron a disparar. En Tepito vimos cómo se desbordaba la gente desde Tlatelolco, corrían y lloraban. No sabíamos qué pasaba, pero muchos de los que huían gritaban confusamente que estaban matando a todos. El cielo se llenó de helicópteros.
Carlos García soltó el retrato del Che y corrió hacia el Chihuahua, donde algunos vecinos estaban dejando entrar a los que escapaban. Ahí pudo esconderse hasta que pasó todo. Otros no tuvieron la misma suerte, pues los soldados entraron a diversos departamentos a buscar “comunistas”, y a los que hallaban se los llevaron para matarlos. No cabe duda que el destino de México como “nación moderna” estaba en juego esa tarde, y el gobierno quiso dar un golpe definitivo. Lo fue. Se acabó el movimiento, muchos fueron a dar a la cárcel (Revueltas y Heberto Castillo entre ellos, durante largos años); otros huyeron del país (Mondragón, sobre el que había una orden de aprehensión, fue a dar hasta el Japón, donde se encontraría con el budismo, al que se convirtió); y todos quedaron asustados ante la magnitud de la violencia. Y por supuesto, muchos murieron, no se sabe cuántos porque sus cuerpos fueron hechos desaparecer.

La noche cayó, y en Tepito el aire olía mucho, no sé por qué, a amoniaco. Y por las calles del barrio pasó gran cantidad de transportes militares y policiacos, en camino hacia Tlatelolco. Por lo tanto, los Juegos se celebrarían con tranquilidad para los gobernantes. Y la jugada de Luis Echeverría fue perfecta: sobre el ejército cayó la culpa de lo sucedido, y los generales Corona del Rosal y García Barragán quedaron fuera de la sucesión presidencial. Aquél fue en 1969 el candidato del PRI a la presidencia de México, y adoptó una actitud presuntamente crítica contra Díaz Ordaz durante su campaña electoral, incluso habló mal del ejército. García Barragán exigió que no se permitiera que Echeverría llegase a la presidencia, y Díaz Ordaz lo pensó, y estuvo a punto de hacer algo, pero al final no hizo nada y en 1970 Echeverría se convirtió en presidente de México.

El 12 de octubre de 1968 los Juegos Olímpicos iniciaron con una fastuosa ceremonia en el estadio de CU, ahora llamado Olímpico. Ese mismo día fue la primera transmisión para televisores a color, que muchos mexicanos adquirieron “para disfrutar los Juegos”. Y éstos se desarrollaron exitosamente, y la gente pareció olvidar lo ocurrido en Tlatelolco, embobada como estaba con las hazañas de las gimnastas rusas y checas, y todos los chamacos emularon la hazaña del sargento Pedraza en el atletismo, imitando cómo corrió, haciendo gestos de mentadas al llegar en segundo lugar a la meta. Y la medalla de oro del Tibio Muñoz en la natación...

Se dice que en 1968 nació el México moderno. En realidad ya había nacido éste dos años antes. Lo que sí hubo fue un cambio de actitud. Se supo que había que hacer algo para, en algún momento, echar fuera a un régimen priísta que había reprimido a los estudiantes de modo tan atroz. No inmediatamente, sino que sería un trabajo a largo plazo. Ya no se podría castigar a los responsables de lo ocurrido, pero se podría impedir que gobiernos que seguían encuadrados en el logo de ese mismo PRI que apoyó en todo a Díaz Ordaz y a Echeverría, continuase en el poder. El PRI nunca hizo ningún acto de contrición por lo ocurrido, y más bien procuró silenciar lo ocurrido esa infausta tarde en Tlatelolco, a través de todos sus presidentes, desde Echeverría hasta Peña Nieto. No sólo mucha gente desapareció, sino asimismo gran parte de la documentación referente a aquellos meses difíciles. Ya se han ido muriendo muchos de los que participaron en el movimiento, quedan algunos viejos con sus recuerdos, si bien algunos no quieren saber del asunto. Las nuevas generaciones no parecen interesadas con lo ocurrido, pero en el inconsciente colectivo nacional quedó presente que el PRI había aplaudido la matanza, y por lo tanto ese partido, tarde que temprano, tendría que irse.

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