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Ciudad de México Año VI Número LXXII Octubre 2018

 

Con tres años de edad, octubre de 1968.
La génesis de la rabia
José Luis Barrera

En aquel entonces, cuando el conflicto terminaba de manera tan abrupta, contaba con escasos tres años recién cumplidos. Su cumpleaños se había celebrado menos de un mes antes y por lo tanto no se enteraba del mundo, porque su mundo era la casa donde vivía. De hecho, hoy en día, no tiene recuerdos claros de esa parte de su vida, pero tal vez tenía salidas con su mamá al mercado, al doctor y a visitar esporádicamente a su familia.

Se puede decir que por esa misma razón no fue partícipe de la algazara de las Olimpiadas (el primer gran evento de índole mundial que organizaba nuestro empobrecido país), pero tampoco tuvo consciencia de los terribles sucesos que se presentaron unos días antes de que comenzara la justa deportiva.

Y es que en esa etapa de la vida a lo más que se llega es a los berrinches, y ni por asomo se sabe lo que será la rabia, la impotencia, y el dolor de ver las injusticias sociales. Para un niño de esa edad, no existe más sociedad que la familia y el único motivo de queja es tener hambre.

Con el tiempo, ese niño sin consciencia de los sucesos del mundo comienza a escuchar pláticas de los adultos, de cosas que no comprende pero que desearía comprender. Escucha de un tal Gustavo Díaz Ordaz, y no es una plática suave, es álgida y polémica. No falta quien, a disgusto de la mayoría, lo defienda, pero en general nadie tiene una buena opinión de él. Ese nombre se queda guardado, y aunque no lo investiga de inmediato, porque su mente está centrada en los juegos, en otro momento volverá a escuchar ese nombre y comenzará a tener mayor información que seguirá rondando en la mente.

Ese niño entra a la escuela, y en la clase de historia algún maestro menciona de una matanza y vuelve a escuchar el nombre que se le había quedado guardado, hace conexiones de la información que va almacenando y empieza a tener noción de los acontecimientos de cuando tenía tres años. Pero aún no le da rabia, aún tiene demasiada protección familiar como para preocuparse de los demás. Un niño siempre será egocentrista; así lo hace la familia, porque todo se centra en él y nada más que en él. Los juegos seguirán siendo su meta en la vida.

Con los años, comienza a sufrir las abyecciones humanas en su propia vida y el entorno familiar ya no le puede mantener el mundo ideal que le inventaron para no amargarlo tan joven. Y cuando se empieza a hacer patente la rebeldía, primero contra la familia y luego contra la sociedad, ya comprende por qué los adultos, principalmente su papá, hablaban con rabia (comienza a entender esta misma) de los hechos acontecidos el 2 de octubre de 1968, cuando él sólo tenía tres años. Los juegos infantiles dejaron de ser su vida y practicando algunos deportes aprende que la vida es ganar y perder. Y comienza a saber que en la vida no se pierde de manera exclusiva en el deporte y aprende el dolor de perder a un ser querido. El pollito que murió cuando tenía 6 años, y por el que lloró amargamente, fue su primer encuentro con la muerte, pero nunca por su mente pasó la idea que podía morir alguna de las personas que lo rodean. Su primer familiar que se le muere es un tío al que quería mucho por simpático y bonachón, y por supuesto le llora incluso más que al pollito. La vida de nuevo le demuestra que siempre habrá motivos más grandes por los que sufrir.

Sabiendo lo que es la muerte, la matanza del 68, ya no puede pasar desapercibida ante sus ojos. Comienza a tomar conciencia de la terrible realidad del mundo y de su país, de los años que los gobiernos han sobajado al pueblo y lo han empobrecido. La rebeldía no es ahora una posibilidad, es ahora una responsabilidad. La sangre le “comienza a hervir” cuando se adentra en los acontecimientos de aquel 2 de octubre y la rabia ahora si se hace presente. El nombre de Gustavo Díaz Ordaz ahora ya le da más sentido y se suma al odio generalizado por este ex presidente. Los documentales, los libros y las películas de las que fue sacando información le dan un motivo más para aborrecer a quienes fraguaron un ataque tan brutal.

La injusticia social es un término que no lo sacará jamás de su lenguaje y ya tiene memoria de los acontecimientos que no vivió, o de los que no tuvo conciencia en su momento. Su padre, que fue un estudiante rebelde, al que incluso lo expulsaron de la universidad por protestar (otro hecho que se le agrega a su almanaque de injusticias), se encarga de hacerlo a la vez rebelde, tal vez sin pretenderlo. Las pláticas del padre lo hacen seguir aumentando su rabia, y sigue investigando más de esta parte oscura de la historia nacional.

El CCH, es la incubadora perfecta para irle haciendo crecer su rebeldía y activismo. Si bien no fue participe del Movimiento Estudiantil del 68, este es un motor para participar en los movimientos estudiantiles y magisteriales de los años ochentas. Las manifestaciones multitudinarias y las consignas gritadas con ese gran coro le harán un “nudo en la garganta” (porque muchos años atrás aprendió a no llorar). Se emociona, creyendo que por fin se hará justicia con tanta gente en las calles. Cree que la cruenta matanza ordenada por las cúpulas del poder no quedarán impunes si se sigue protestando.

En la universidad, estudiando agronomía, conoce de las injusticias a los campesinos y sigue en el activismo. Participa en una huelga que no tenía mucho sentido pero que forma parte de sus aprendizajes. De vuelta a las calles vuelve a oír las mismas consignas que le acompañaban en su época ceceachera, y siente que estás ya carecen de sentido. Comienza a sentir decepción de la protesta social, que no ha logrado ningún cambio fundamental, pero nunca perderá la rabia.

De adulto se aleja de las marchas y casi por completo del activismo, se escuda en la cultura que cree una trinchera más adecuada para seguir cultivando la rabia. Eventualmente acude a las marchas y se entusiasma encontrarse con viejos conocidos de la resistencia social que no han perdido el entusiasmo como él. Ahí ve a Gabino Palomares y a Rafael Mendoza y se recuerda de la casi extinta canción de protesta, y regresa a su casa a escuchar a Gabino, a Rafael, pero también a José de Molina, y se le vuelve a hacer un “nudo en la garganta”. Y como nunca vuelve a recordar los hechos del aquel 1968, cuando era un niño.

Le conmueve saber de la organización perfecta en la marcha del silencio, que dicen los que lo vieron que era más imponente que los gritos. Ese silencio que no era otra cosa que la rabia contenida, la protesta severa desde las entrañas, pero que ahora salía por los ojos enardecidos de los manifestantes. Le conmueven las manifestaciones de apoyo por parte de la sociedad a este movimiento y le vuelve a dar rabia el nombre de Gustavo Díaz Ordaz. Guarda un minuto de silencio por los miles de jóvenes que creyeron que cambiarían las cosas, y que hoy están muertos, que murieron violentamente a manos de palurdos militares mandados por el gobierno.

Vuelve a recordar toda la información acumulada de estos hechos y la rabia no deja de fluir. No fue sólo la matanza, sino la persecución de que fueron objeto, las miles de vejaciones, y las maniqueas noticias oficialistas que satanizaban a los estudiantes y ocultaban la terrible matanza con que culminó una protesta pacífica. Esto no dejará de causarle indignación tal vez por el resto de su vida.

Yo soy el otrora niño y hoy adulto que ha perdido la esperanza de justicia social, ese que es muy posible que no vuelva a los mítines, pero que nunca dejará de tener rabia por tanta injusticia, ni por aquél dos de octubre, que no lo olvida

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