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Ciudad de México Año VII Número LXXIII Noviembre 2018

 

Cien años del fin de la Primera Guerra Mundial
Loki Petersen

La guerra que terminaría con todas las guerras, iniciada en agosto de 1914, concluyó hace cien años el 11 de noviembre de 1918. Millones de seres humanos habían perecido, y hubo la convicción universal de que jamás volviese a ocurrir un conflicto así, tan sangriento y sobre todo tan inútil.

Los alemanes nunca lograron su objetivo de llegar a París (lo habían hecho exitosamente en 1871 y de nuevo lo harían en 1940), ni tampoco conquistaron la parte de Bélgica que les faltaba, y se vieron obligados a cuatro largos años de pocos avances en una desgastadora guerra de trincheras. Los Aliados (ingleses y franceses) también sufrieron mucho, pero se sostuvieron, y a veces avanzaban, para luego volver a retroceder. En el este los rusos nunca pudieron lograr gran cosa, pues alemanes y austriacos no les permitían ganar nada.

1918 fue el año decisivo, cuando en marzo se lanzó una ofensiva alemana total en el oeste, acuciada por la llegada de refuerzos del frente ruso, dado que Rusia se retiró del conflicto por iniciativa del nuevo gobierno bolchevique, que tenía prisa por firmar la paz con Alemania.

Una vez hecho así, gran cantidad de tropas germanas fueron enviadas a Occidente, y el general Erich Ludendorff, cerebro estratégico alemán (su jefe superior era el mariscal Paul von Hindenburg, pero fue Ludendorff quien realmente hacía todo), ordenó la ofensiva, que en los primeros días logró avanzar, y los Aliados huyeron de sus posiciones en el río Somme.

La intención de Ludendorff era dar un gran golpe antes de que los estadounidenses pudieran intervenir.

Los Aliados necesitaban con urgencia que las tropas de los Estados Unidos, que ya habían llegado y seguían llegando a Francia, se integrasen cuanto antes a la lucha. Sólo que venían mal entrenadas, y se necesitaba un poco de tiempo para ponerlas en forma. Su jefe era el general John Pershing, aquel que en 1916 había perseguido a Villa en Chihuahua para atraparlo, sin hallarlo nunca.

Mientras tanto los alemanes avanzaron sobre el Somme durante marzo, abril y mayo, y utilizaron una nueva técnica de combate, la de las tropas de asalto; esto es, ya no quedarse dentro de una trinchera, sino salir a campo abierto y lanzarse con rapidez hacia las posiciones enemigas de retaguardia, sin equipo pesado, sólo con una ametralladora ligera y granadas.

El primer plan de Ludendorff era atacar en el Somme para atraer hacia aquí el mayor número de tropas aliadas, para luego dar un golpe mortal hacia el norte, en Flandes. Eran los mismos campos de batalla desde hace cuatro años, pero esta vez no habría situaciones estáticas, sino movimiento. Lanzarse al asalto, tal era la consigna alemana.

Pero el éxito que se estaba logrando con esto hizo que Ludendorff considerase avanzar hacia París, o hacerles pensar a los Aliados que esto es lo que se estaba haciendo. Él sabía que Alemania ya no podía ganar la guerra, dado el gran desgaste sufrido por la lucha en dos frentes, y tampoco la guerra submarina (en la que tantas esperanzas se habían puesto en 1917) podía lograr ya nada; sin embargo, se podía ocupar el mayor territorio francés posible para unos mejores términos cuando hubiese negociaciones de paz.

Así que de marzo a mayo de 1918 los alemanes atacaron con todo, incluyendo aviones, que cada vez se utilizaban más por todos los contendientes. Fue en abril que el as de la aviación germana, el barón rojo Manfred von Richthofen, perdió la vida al ser derribado.

Las bajas eran muchas por ambos lados, pero hubo un factor inesperado que hizo que se incrementarán más: la gripe española, o influenza, que hizo grandes estragos. A principios de junio el ataque alemán se detuvo, no era posible avanzar más. Ingleses y franceses también estaban exhaustos de tanto ceder terreno y a la vez resistir. Pero por fin se presentaron en el campo de batalla los tan ansiados refuerzos estadounidenses.

Los marines yanquis recibieron su bautismo de fuego en Belleau Wood, donde los veteranos alemanes los hicieron pedazos. Sólo que los Estados Unidos contaban con dos sólidas ventajas: su potencial humano, y además que sus tropas no estaban fatigadas. La infantería americana fue aprendiendo sobre la marcha, y en agosto Pershing lanzó un ataque contra St. Mihiel, pese a las dudas del comandante supremo aliado, el mariscal francés Ferdinand Foch.

En adelante, los pocos meses de guerra que faltaban fueron un encuentro entre unos fuertes Estados Unidos y una cansada Alemania. Los alemanes perdieron St. Mihiel en septiembre, y fueron empujados hacia atrás, hacia el bosque de Argonne. Aquí los americanos se lanzaron con toda su energía, pero la lluvia y una tenaz resistencia germana los detuvieron en Montfaucon.

Enojado, Pershing destituyó a sus comandantes y puso a otros, para que a principios de octubre se realizase otro ataque, esta vez de manera más exitosa. Los americanos llegaron al río Mosa, y el plan de Pershing era apoderarse de la ciudad de Sedán, en otro ataque que fue efectuado a principios de noviembre. Entonces ocurrió algo extraño durante esta ofensiva: los estadounidenses se dieron cuenta de que los alemanes ya no resistían, que preferían retirarse, o se rendían. En efecto, algo había ocurrido.

Octubre de 1918 fue un mes de tremendos acontecimientos. Bulgaria, aliado de Alemania, decidió hacer la paz. Turquía, otro aliado alemán, fue duramente derrotado en Palestina (aquí fue vital la intervención del famoso inglés Lawrence de Arabia) y ante la perspectiva de perder su imperio, que se extendía hasfa Persia y Mesopotamia, se vería en la necesidad de rendirse también.

Y el país por el cual la guerra se había iniciado y para cuyo apoyo Alemania tuvo que involucrarse, el Imperio de Austria-Hungría, decidió que ya era demasiado, que no podía seguir luchando; el emperador Carlos abdicó, y llegó un gobierno civil a hacerse cargo y entrar en negociaciones con los Aliados. Y en Alemania misma el hambre y la influenza se extendían entre la población; entonces los marineros de la Flota Imperial alemana se sublevaron y exigieron que se le pusiese fin a la guerra. Este mismo sentimiento se apoderó de los soldados.

Hindenburg y Ludendorff le hicieron ver al Kaiser la necesidad de negociar la paz, y podía hacerse de manera ventajosa puesto que el ejército alemán no había sido totalmente derrotado y ocupaba partes de Francia y de Bélgica.

Así que un enviado diplomático alemán, el secretario de Estado von Erzberger, entró en contacto con el mariscal Foch, y éste estuvo de acuerdo.

Sin embargo, los alemanes querían que la paz se diese según el plan del presidente estadounidense Woodrow Wilson, sin rencores ni venganzas. Pero Foch quiso que se firmase bajo los términos franceses, que eran duros para Alemania. Al enviado no le quedó más remedio que firmar el armisticio, y a partir de las once de la mañana del once de noviembre de 1918, cesó la lucha.

Los alemanes tuvieron que retirarse cuanto antes del territorio que ocupaban y volver a su país, donde ya el Kaiser Wilhelm II había abdicado y se estaba organizando una república, la cual tendría que lidiar con las exigencias de Francia, que quería ocupar el Rhin y recibir mucho dinero como compensación. Las fuerzas armadas alemanas tenían que ser desmovilizadas y reducir su fuerza al mínimo.

La industria pesada se reduciría también. Pronto Gran Bretaña e incluso los Estados Unidos apoyarían esto, en las conversaciones que en 1919 se realizarían en Versalles. Si se hubiese seguido el plan original de Wilson, de perdonar y olvidar, todo hubiese sido mejor para el mundo. Pero los Aliados querían venganza, acabar económicamente con Alemania, y esto sembró la semilla para un conflicto todavía más grande y devastador y que sería conocido como la Segunda Guerra Mundial.

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