Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VII Número LXXIII Noviembre 2018

 

I
Papá ríe cada vez que me ve llegar a su casa, y quitarme los zapatos para andar descalza desde la puerta de entrada hasta el eterno final de la casa: la cocina; sitio para confidencias, altar de revelaciones, secretos, refugio de lágrimas, depositaria de risas y canciones de cumpleaños, olores y sabores con reminiscencia de las recetas de una abuela que no conocí.

Alrededor de esa enorme mesa de madera dura, tan vieja como yo, con sillas incómodas pero que han aguantado todo tipo de pesos, y recibido todo tipo de accidentes, se han reunido diferentes generaciones. En su caso cuatro, en esa casa ya son cuatro las generaciones que alrededor de esa enorme mesa, se quitan los zapatos y andan descalzas.
Hoy, en casa de mis tías, acostada cual bulto despanzurrado, en el suelo fresco del cuarto de la televisión mientras el bochorno me adormece, veo desde el suelo, a través del bajo de la cortina que hace las veces de puerta, otra mesa, alrededor de la cual las hermanas Espínola, con los pies desnudos se mecen y refrescan, se vacilan y carcajean unas de otras; las voces suben con las risas, bajan con el chisme, oscilan entre la burla y la alegría, los tonos decrecen cuando hablan de una enfermedad o defunción y se elevan cuando es un chiste o un albur.

-Trae una cheva, y mi vaso helado, sobrina? dice tía Manuela. Tía Teody tuerce la boca en un mohín que va entre vergüenza, hastío y diversión, ríe entre dientes; tía Deysi sacude su cabeza coronada por cabellos blancos níveos, que demeritan el brillo jovencísimo de sus ojos verdes, y mi mamá con su mirada azul profunda, regañona y presumida a la vez, le grita: “¡Ya, gorda!, ¡deja de tomar!”
Estoy en casa de mis tías.

II
Recuerdo haber llegado a otra casa en el centro, calle 46; de puerta amplia, con un paño fijo con ventanas abatibles, y otra que da acceso a una amplia sala de pisos verdes, con esas losetas que formaban diseños como alfombras; paredes verdes y blancas, alternadas, junto a las cuales se arremolinaban los muebles de madera y bejuco trenzado; un sofá doble, dos sillones individuales y la mesita de centro sin cristal. Hay una pared que separa la sala del comedor, formando un tipo de estantería donde diferentes muñecos de porcelana, recuerdos de bautizo, bodas y quince años nos miran, y como niños nos atraen con su brillo platinado o satinado, llenos de escarchas y la eterna frase de “Recuerdo de mis XV años”, “Tere y José” (con dos corazones entrelazados). También está decorado con unas columnas blancas que aparentan sostener cada nivel, todo enlozado de azul.

El frescor de la casa me sorprende. Después de todo, la calle hierve en el calor de la ciudad. A mi alrededor localizo la fuente del frescor y descubro, al final del comedor, una puerta que revela una terraza frente al patio enorme, saturado de arboles, macetas, plantas tropicales, frutales y flores regionales.

En el patio de tierra roja vive un perro, que ladra furioso ante la invasión de su hogar por desconocidos, pero le marea la bienvenida que sus amas brindan a los recién llegados. No sabe si defenderse o rendirse a los visitantes. Nos mira, desconcertado, y se decanta por seguir su labor de vigilante: ladra tenuemente, como para que nadie le reproche faltar a su deber o ponerse agresivo.

Un hombre ya viejo, grande, y de voz de trueno, está sentado en esa terraza. Sus manos enormes y su pecho amplio, los ojos cafés detrás de unos lentes de doble fondo; su altura inconmensurable para mis cinco años me aterra mientras lo veo erguirse y caminar hacia mi papá; le extiende la mano y lo atrae hacia él, abre los gruesos brazos para arroparlo en ellos. Su mano se dirige a mi cabeza, y escucho a mi papá decir: “Es tu abuelo, Don Ángel, ¡salúdalo!”
El Viejo saluda a mi mamá, quien lo abraza parándose de puntillas, y le entrega a mi hermanita de año y medio, cual ritual, para que la sostenga mientras ella va en busca de mi hermano, de tres, rubio de ojos azules como ella; mi hermanito seguía en la sala aterrado de encontrarse en un lugar extraño y frente a gente que no recuerda. El Viejo lo ha espantado tanto que se aferra a la puerta, sin atreverse a dar un paso más hacia adentro. Mamá va hacia él y lo eleva hasta la altura de los ojos del Viejo, quien entre risas alborozadas, en un tono de voz muy bajo, muy de hombre de campo le dice: “¿Dónde esta mi hijo?”. Ha empezado la relación Abuelo-Nieto, en la cual no cabe nadie más.

III
Mi papá dice que ese pie ancho y grueso, de uñas perfectas, arreglados por un manicure semanal, que calza zapatos de empeine bajo, número 6, son la causa de que él se haya casado con esa mujer de ojos azules y carcajada fácil.
Su cintura la abarcaba con las dos manos, y sin la cirugía de remoción de costillas que hizo famosa a Thalía en los 90`s. Sus piernas tan largas, como su 1.61 metros se lo permitían, sus caderas anchas remarcadas por esa cintura tan breve, tallo corto, pero bien plantado, boca breve pero respondona y sus ojos azules límpidos con un sinfín de miradas que iban desde lo furiosa hasta la burla, pasando por la felicidad y el amor que nunca aprendió a disimular. Las Espínola son famosas en el pueblo de donde procede su padre, todas son hermosas: “¡Ahí vienen las Espínola!”, cuenta papá que decían en la vaquería cuando primas y hermanas del clan se aproximaban. Había que obtener un turno para bailar con ellas; esas cinturas encorcetadas, esas caderas se menean con elegancia y ritmo al sonar de las cumbias y boleros de moda; solas o acompañadas, ellas bailan y sonríen disfrutando la fiesta, la música y la admiración que despiertan.

Cuenta mi papá que él no se acercó a ella. Primero enamoró a su mamá. Pues doña Manuela lideraba el grupo de muchachas; encabezaba el clan, caminando erguida, con el pecho generoso, el cabello prematuramente blanco pero lavado con agua de lluvia, refulgía con brillos de plata a la luz de las lámparas de la plaza. Su carcajada resuena hoy aún en la boca de mi madre, con mandíbula abierta, mostrando sus dientes completos y acompañados por la sonrisa implícita en sus ojos verde aceituna iguales hoy a los de mi tía Deysi y a los de mi hermana.
Después de meterse en la bolsa a la espléndida matriarca se atrevió a pedirle un baile a la hermana mayor, Deysi. Mi mamá de reojo veía al ropero alto, fornido, sonriente, y caballeroso que bailaba con su hermana, sin demostrar que le gustaba, simplemente lo ignoró y siguió bailando toda la noche. Ni un comentario sobre ese primer acercamiento. Papá cuenta que cuando la veía en la puerta de su casa, sentada en la mecedora junto a su madre, se acercaba a saludar a doña Manuela, mientras la orgullosa ojiazul se levantaba y se iba a la cocina, ignorando su voz y sus ojos miel que la seguían hasta el fogón. Pero él vio sus pies y se dijo: “Con ésta me voy a casar”.

Obviamente, papá ya había leído “La buena tierra” de Pearl. S. Buck, premio Pulitzer en 1932. La alusión a los pies grandes lo encontré en el primer capítulo, años después cuando devoré su biblioteca: O-lan, esclava de ricos chinos prerrevolucionarios, se casa con Wang. Sus pies nunca han sido forrados, por lo que son anchos y gruesos, algo que él desprecia; pero son pies de una mujer que le da placer, hijos, suda con él en el campo y lo acompaña incansable a través de sus desgracias, hambrunas, desesperaciones, inundaciones y finalmente en su éxito como agricultor.
Mi padre, como pretendiente la sigue a las fiestas del barrio, se asoma a las de la colonia, va a los bailes populares donde sabe que mamá irá; bailan, platican y pronto se vuelve un invitado incómodo para Don Ángel que le invita al almuerzo, las cervezas y lo lleva a la vaquería donde irá toda la familia. Años después, tía Teody recuerda aquello entre risas, mientras ve al novio de mi hija colarse a todas las fiestas, en las comidas y en mi casa, y le dice a mi padre: “Ahí estás pagando lo que le hiciste pasar a mi papá”; ríe bajito, escondiendo los dientes con la mano, pero sus ojos muestran que se divierte y vuelve a ser la adolescente retraída que sólo miraba y no bailaba. Las historias se repiten.
La foto de bodas de mi mamá es la única que cuelga en la casa de mis tías. De cuatro hermanas sólo ella se ha casado. Se les ve al pie del altar con los vestidos estilo imperio, de moda en el 73, los peinados enlacados y altos, los párpados pintados de lila, a tono con el tono del vestido de cada dama; todas de largo, las dos hermanas y las tres cuñadas de mi mamá, miran fijamente a la cámara en poses estiradas y formales. Flanquean a los nuevos esposos: mi mamá delgada, y con su famosa cintura de la cual emerge una falda blanca y larga que cubre sus zapatos de satén blanco, el peto del vestido alto, cubriendo escote y brazos, su velo sostenido por una tiara de flores y su ramo de azahares, sostenida por el brazo de aquel ropero inmenso que es mi papá en ese entonces. Alto, robusto (su nombre iba a ser “Robustiano” cuando nació, por razones obvias relativas al tamaño); él viste de traje gris, camisa blanca con olanes, con corbata de moño, sonrisa de triunfo y guapo, feliz. En otra foto salen los novios con mi abuelo, Don Ángel, acompañado de su hija mayor; la matrona tenía unos meses de haber fallecido y por lo tanto no será inmortalizada en la foto de bodas de su hija, pero está presente en la mente de cada uno de los que posan.

IV
Mi papá vivía en la calle de atrás, la 48. Su mamá, Addy Lara es maestra y lo será por 40 años. Su papá es tornero y ha sido jubilado de la antigua Cordemex, pero pasa sus días en el taller del fondo de la casa, afilando cuchillos, diseñando pulseras, destapadores y pica-hielos de acero inoxidable, que luego vende en el mercado y regresa en bicicleta o caminando con la orden de frijol con puerco que compra ahí mismo con su marchanta.

Los cinco hijos de la pareja son blancos, las dos menores rubias y de ojos muy claros; mi papá y su hermana Yolanda de ojos y cabellos marrones; y mi tío Erick, el segundo, es delgado, claro de color y de unos ojos rasgados de color café claro, guapo y varonil, fue sin embargo enfermizo en su infancia. La maestra le ha prometido al Perpetuo Socorro su devoción cada tercer lunes de mes, por lo que recorre de rodillas el pasillo principal de la iglesia de San Cristóbal con su hijo menor en brazos, para que le concedan salud. El mayor, sano y rudo, como caballerito, la acompaña dos pasos atrás, mientras espera al final de la devoción, un dulce que le prometieron.

De pantalones cortos y botitas negras, se pasa las tardes después de la escuela, correteando por las calles sin asfaltar que rodean su cuadra; rodillas sucias, mocos en la cara, los bolsillos llenos de canicas, trompo, cuerda y tira hule; las lagartijas no se le resisten y los intercambios, a lo Tom Sawyer son la fuente de sus principales riquezas. Pero sobre todo abre los ojos y mira, ve a las parejas pasear del brazo, observa desde la calle, el porte de guaperas de barrio que tiene su papá; alto, delgado, pantalones de cintura, con cinturón angosto bien planchado, al estilo pachuco de Tin Tán, zapatos de dos colores, boleados y bien amarradas las agujetas, camisa de manga corta, dentro del pantalón, botones abrochados y el sombrero Panamá ladeado sobre el rostro. Largo y afilado, los rasgos bien definidos, el bigotito bien recortado al más puro estilo de Germán Valdés o Arturo de Córdova. Es un galanazo.

Mira cómo los ojos de su mamá, la maestra, lo siguen mientras se dirige al mercado; seguro irá con sus amigos por una cerveza y a jugar. Mujer enamorada perdonará y pagará muchos años las deudas de juego, por un tiempo, hasta que la bolsa y el corazón se cierren a ese galán y lo destierren a su taller del patio, desde donde compartirán una vida en común que dejará de serlo por razones que sólo a las parejas conciernen.

Mi padre mira y escucha las historias del vecino, único hijo varón de un líder de los camioneros. La familia rica del barrio. Maestro solterón, por alguna razón de desacuerdos con el padre es refundido en un manicomio porfiriano, que en ese entonces estaba situado enfrente del zoológico de la ciudad, con sus amplios jardines donde los “loquitos” pasean y toman el sol, y son parte del espectáculo que los meridanos “disfrutan” los domingos. Ahí lo ha visto extendiendo las manos hacia él, con los ojos desorbitados mientras le dice: “¡Tito, mira lo que me ha hecho mi papá! ¡Yo no estoy loco!”

Observa igual al estudiante de medicina que vive en la esquina de la 46 (aún no conoce a mi mamá), que presionado para convertirse en el primer médico de la familia, y salir de la pobreza del rumbo, se desvela a base de pastillas para no dormir, y café; se acostumbra a los estupefacientes de la época y se convierte en un zombi a quien la fiebre cerebral le roba los sueños y lo convierte en el paria del rumbo, sin título y con el remanente del sueño de ser médico.
Escucha a los obreros, al tortillero, al de la tienda, comparte con los niños del rumbo el gusto por las estampitas, las canicas y las historietas. El inicio de la televisión a colores lo encuentra pagando cinco centavos para ver una caricatura en la sala de algún vecino afortunado, acompañado de una gelatina de centavo o palomitas calientes de dos. Los libros lo acompañaban en su formación, mientras conocía a Verne y a Conan Doyle, Herman Melville y Pearl S. Buck, Emilio Salgari, Rudyard Kipling y L. May Alcott. El cine lo vio crecer mientras se sentaba en la oscuridad con su mamá y sus hermanos a ver a Montgomery Cliff, John Ford y John Wayne, Peter O´Toole y Omar Shariff. La vida era simple y feliz, mientras correteaba entre los charcos, con los demás niños; aunque las imágenes que sus grandes ojos cafés registraban, y en la mente forjaban ya la personalidad de un niño que más adelante se fijaría en los pies de la vecina que se convertiría en mi mamá.

V
Papá Pancho era el dueño de la cantina “Addy Yolanda” en la esquina de la cuarenta y seis con setenta y tres. El edificio de techos altos, pintado de blanco con bordes rojos alrededor de ventanas y puertas, lleva al frente el nombre de su primera hija. La casona ha sido construida después de muchos años arduos de trabajo manual de todos tipos: desde niño voceador en las esquinas, bolero en la plaza grande, obrero, empleado de tiendas y mesero en una cafetería cercana a la misma plaza grande (zócalo en otras ciudades).

Procedente de un pueblito del interior de Yucatán, ha llegado con su mamá huyendo de una pobreza que no dejaba lugar a dudas de que su futuro no pasaría de los 10 años. Pobres y sin acceso a escuela ni salud, ha visto como la salud de su mamá se deteriora y desde muy niño toma actitud de Hombre de la Casa, consiguiendo trabajos remunerados y aprendiendo de lo que escucha en el café mientras bolea el calzado de los señores; mientras vende sus periódicos ha aprendido a leer autodidácticamente; su visión a futuro y su empeño por salir adelante lo lleva a exigirle a sus sentidos, más de lo que cualquier otro hace. Escucha, ve, memoriza, aprende. Pronto empieza a utilizar sus pocos ahorros en comprar libros que devora y de los cuales más tarde extraerá los nombres que le adjudica a cada uno de los hijos: Lino, Wilmer Elderly, Addy Olga Yolanda, Francisco (como él), Nara Karelia, Sheyla Rubí.

Al crecer se vuelve un hombre alto y fibroso, de mirada dura e implacable; sus manos fuertes y prestas a empuñarse son temidas en el mercado. En la cantina nadie se atreve a pelear frente a él ni contra él, saben que saldrán perdiendo. Dicen que su padre fue un soldado de esos que cayeron por aquí con el General Cepeda Peraza, dicen que era rubio y alto, dicen que venía de México, se dicen muchas cosas; lo cierto es que él solo lleva el apellido de su mamá y con mucho orgullo: Lara.

Mientras meserea en el café del centro, siendo joven, ve pasar a diario a dos jóvenes hermanas, estudiantes o profesoras. Rumbo a la Normal Superior, caminan diariamente de lunes a viernes, juntas, delgadas, bajitas, tienen los ojos claros y la piel blanca, pasan cubriéndose del sol con sendas sombrillas, caminan sin mirar a su alrededor, sin coquetear y sin perder el paso, cruzan la puerta de la cafetería el tiempo suficiente para que un cruce de miradas, les diga a la hermana mayor y al futuro Don Pancho Lara, que su destino empieza ahí.

No sería fácil convencer al papá de la próxima profesora Aída Peregrina de que autorice a ese pretendiente; después de todo, ella tiene dos apellidos, es estudiada y hermosa, niña de sus ojos con un futuro promisorio, seguramente puede conseguir todavía un buen partido, no ese mesero casi analfabeto que ahora se le acerca con tan buen porte y tan seguro de sí pese a ser un don nadie. Sin embargo basta ver la mirada clara de su hija, bebiendo los vientos por ese bribón, no hay nada que le pueda negar. La boda se realizará.

Los hijos fueron llegando uno a uno. Don Pancho ha conseguido a base de esfuerzo y trabajo duro, una casa amplia, tiene un negocio y le va bien. Ya es Don y la gente lo respeta, le piden consejo, le piden prestado dinero, es una referencia su nombre, su palabra tiene peso. Su esposa sigue trabajando, es maestra y cubre horarios por la mañana en una escuela primaria cercana a su casa. Un criado la acompaña con una sombrilla para que no se asolee ni cargue su bolsa; tiene niñera para sus hijos, muchacha de servicio para que aseen, laven, cocinen, planchen y almidonen las camisas del señor y de los jóvenes, alguna que otra atenderá a los hombres de la casa, incidentalmente.

Doña Peregrina no ve esas cosas, ella será siempre una niña bien de su casa, una maestra de profesión y esposa modelo; no juzga al marido, siempre lo respeta, acoge a uno que otro ahijado de él, y a alguno de las muchachas del aseo, sin preguntar nada o sin expresarlo en público. La parejas en aquel tiempo, sólo hablaban de sus cosas en el cuarto, a puerta cerrada, sin testigos; los pleitos y reconciliaciones solo quedarían en nuestra imaginación. Don Pancho será víctima de la diabetes y de su terquedad para confiar en los médicos; yo lo conocí sentado en su silla de ruedas, sin piernas ya, pero fornido aún y con una voz espectacular que hacía más creíble la visión de hombre hecho a sí mismo que me contó papá. Mamá Aída vivirá hasta los 101 años, en la misma casa donde creció a sus hijos y que su marido construyó para ella.

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