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Ciudad de México Año VII Número LXXIII Noviembre 2018

 

El león y la ninfa
Luciano Pérez

La ninfa Farmacia vio caer de la luna al león de Nemea. Cuanto antes procedió a buscar a la fiera, así que miró en estanques por si había caído al agua, y en los árboles, por si estaba colgado en ellos. Pero no lo halló. No supo qué más hacer, y regresó con sus hermanas ninfas para informarles de lo que vio.

Por supuesto que no le creyeron, porque ¿cómo un animal así pudo caer desde una altura tan grande? Y en todo caso, ¿qué hacía un león en la luna?
Farmacia no dijo más, pero continuó con su búsqueda. Preguntó a las ondinas, a las salamandras, e indagó entre los silfos, que son aéreos y algo pudieron haber visto.

Nada. Quizá todo fue una ilusión de los sentidos, pero Farmacia nunca tuvo problemas en sus ojos; no por nada llevaba ese nombre y podía curarse a sí misma, y curar a los demás. Tal vez por eso le preocupaba el león, quien pudo haberse lastimado en su caída y necesitaría de ayuda, de algún fármaco para su dolor.

En la noche, cuando los sonidos son más claros, aguzaba los oídos por si llegase a oír rugidos o gruñidos, o quejas. Nada. Entonces pensó: “¿cómo sé yo que es el león de Nemea? ¿Por qué no de otro lugar? ¿Es por su fama, que hasta juegos hay llamados nemeos, en honor de Hércules, que se supone acabó con el león y se vistió con la piel de éste?” No obstante ello, el corazón de Farmacia se aferraba a la idea, a la obsesión, de que el león caído de la luna no podía ser otro que el de Nemea.

En todo caso, Hércules pudo haber matado a otro león, confundiéndolo con el nemeo. Sin embargo, había otra cuestión más difícil de dilucidar: ¿cómo llegó el león a la luna? ¿De un salto alcanzó ese planeta? ¿Cómo pudo impulsarse para llegar tan lejos? O la luna bajó y la fiera no tuvo dificultad para subirse en ella. La búsqueda de Farmacia prosiguió. “Yo no soñé eso, pues lo más fácil sería decirlo así. Tampoco fue una droga, pues conozco todas, y no tomé alguna en algún momento, ni por descuido y menos por distracción”.

Sufría al pensar que el león ya hubiese muerto en medio de agudos dolores. Sufría, porque ella tenía el remedio para todo tipo de heridas, y no era justo que un león de tanto prestigio muriese sin haber sido atendido, o al menos que hubiese tenido la oportunidad de que se le ayudase, para enterrarlo quizá. Buscó, buscó y nada halló.

Entonces cambiaron los tiempos, los dioses se fueron del mundo, y los seres como Farmacia se vieron expuestos a denigrantes cacerías por parte de personas que enarbolaban una cruz. Farmacia no se dio abasto ayudando a su gente, a la cual se le acusaba de ser diabólica.

En condiciones así, ya ni siquiera cabía pensar en qué pasó con el león de Nemea, caído de la luna y sólo visto al parecer por la ninfa Farmacia. Oyó de quemas de libros sagrados, de libros poéticos, y supo que ahora había otro mayor riesgo: ya nadie conocería las viejas historias, y ni el león de Nemea ni Hércules, ya no digamos las ninfas y los elfos, serían recordados.

“La luna ya no es diosa, la luna se llenará de sangre en el día del juicio final”, llegó a oír de labios de unos hombres horribles que adoraban a un extraño dios que era tres dioses. Si ellos hallaran al león, lo matarían, pues no querían que nadie supiese más de los mitos de antes.

Farmacia lloraba por todo eso, y ahora estaba usando drogas para aliviar su dolor moral. Ello le provocó alucinaciones, de modo que creyó ver pastores que se quejaban amargamente de que se les hubiese usurpado su trabajo: “¡Se dicen pastores, pero no saben nada de cómo se cuida un rebaño!

Ni tienen alguien a quien entonarle églogas, alguien por quien el corazón pueda exclamar: ¡no me abandones, amor que lo vence todo! Pero el amor ya no vence nada, fue secuestrado por falsos cuidadores de ovejas, lobos que con máscaras de bondad matan cuerpos, que es peor que matar almas”. Quizá esto no fue alucinado, pero Farmacia ya no podía distinguir cuál era la realidad.

Todo esto la estaba agotando, y entonces supo que ahora todos los seres del mundo de ayer quedaban expuestos a la muerte, se dio cuenta que nada de ellos perduraría. Aparecieron entonces unos seres alados, que se decían ángeles, y que tocaban trompetas para anunciar el fin de todo y la llegada del nuevo reino. Hablaban entre ellos, y Farmacia alcanzó a oír algo acerca de un cordero místico. “¡Nuestro cordero es más fuerte que cualquier león! ¡Nuestro cordero acabó con el antiguo sistema de cosas!” Oh, si el león de Nemea hubiera sobrevivido a su caída de la luna, quizá pudiera capturar a ese cordero con sus garras y devorarlo.

Lo cual sucedió, pues un día los ángeles lloraban mucho, se lamentaban de que su cordero hubiese sido muerto por un león. Decían: “¡Seguro que fue aquel que se enfrentó a Hércules, y éste mintió al decir que lo había acabado! Ahora el león de Nemea mató nuestra esperanza…” Tal vez era otra alucinación, pero Farmacia, quien ya sentía morirse de poco a poco, pudo sonreír al saber que, después de todo, el ilustre león no había muerto, sino que, por el contrario, se atrevió a matar al cordero de esa gente adoradora de la cruz.

Oyó el réquiem que entonaban los ángeles: “Nuestro cordero místico ha muerto, el que quitaba los pecados del mundo. Alcanzó a quitarlos todos, pero sólo no pudo con el último que quedaba, un león que cayó de la luna para hacernos quedar en mal con todos aquellos a los que ya habíamos convencido de que nuestro Dios era implacable”. Farmacia falleció en paz.

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