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Ciudad de México Año VII Número LXXIII Noviembre 2018

 

Los senderos de Ensenada
Adán Echeverría

Hay algo en Ensenada que ha hecho fuertes a las mujeres. El espíritu cucapá, el alma kiliwa, lo pai pai que tienen en los genes. En la neblina repta el monstruo que se devora la ciudad y moja las ropas, las pieles. Es la cercanía a la frontera, el aislamiento -u olvido- de la capital. O todo al mismo tiempo.

Las nieblas devoran los colores sumiendo al puerto en una atmósfera de ensueño; los calores aparecen a la mitad de octubre con polvos del desierto de Arizona de la condición Santana que tapa la nariz y enrojece la mirada. La voz de las rocas que no dejan de moverse por los cerros.

Los cuervos han mutado en gaviotas de graznar lastimoso salidos de algún cuento de terror. No sé que cosa sea, pero cada mujer que camina calles, avenidas, sube y baja cerros, se cuelga del patético transporte público, hace un alto en cada esquina, deja la mirada planear por las mostazas arenas de las playas, lo tiene.

Surge en la palabra de las mujeres que se han hecho madres y han construido una historia de éxito al paladear la libertad en la punta de sus vestidos, de sus zapatos. En la feminidad o el pundonor en que se miran conscientes y dispuestas a ir por más, las mujeres de Ensenada son diferentes. Alegres aún en la carencia, bravas con el silencio, imponentes en el deseo de libertad, de su interactuar con otras mujeres o con los personajes del sexo opuesto. Las mujeres de Ensenada no se achican.

Susana lo supo desde muy joven mientras corría la libertad de sus piernas en Isla de Cedros, mientras abandonaba los tenis para correr descalza y sin preocupaciones ni ataduras por las arenas; años después seguiría corriendo y caminando por todos los senderos de esta Baja California, con la cabellera metiéndose a la sal del ambiente, para que sus ojos inauguren paisajes, y levante los brazos como águila o dragón a punto de levantar el vuelo desde cualquier cumbre.

El desierto, el mar, la montaña, las rocas peladas, los viñedos, los aguajes, aquellos ranchos que la vieron conseguir ser quien sigue siendo. Susana, y sus cuatro hijos, cruzando la Baja California desde el Pacífico hasta el Mar de Cortés caminando, porque caminando es como se recorre esta tierra. Esta península tan singularmente plena de misiones, arenas, historias para perseguir el oro, la historia, la fama, la sobrevivencia.

Susana ya en el puerto de Ensenada desafiando la voz y la educación de aquel padre marinero, que desde Oaxaca había escapado puerto por puerto hasta encontrar a la chica de 14 años que decidió ser su esposa. Y es que los marinos, los vaqueros, los perseguidores de sueños entre el aguaje siempre se hacían viejos en la soledad del polvo hasta tener ‘algo’ con que atraer una familia y pedir matrimonio a una mujer hecha y derecha de 13 o 14 años.

Baja California se ha creado en esa diferencia de edades que fundaron poco a poco las familias. Él, vaquero, trabajador de rancho, católico, de 38 años; ella, natural de Manzanillo, Colima, edad 13 años; esto lo encuentras si revisas los compendios de matrimonios de las familias que fundaron Baja California: ellos de 30 o 40 años, lo menos; ellas de 13, 14 años, las más.

Los padres de Susana no iban a ser ajenos a esa tradición. Y formada la familia, fueron llegando de a poco los hijos. Susana la tercera de siete. Los años en Manzanillo fueron primicia, y el viaje a esta península donde habría que empezarlo todo.

Para Susana siempre ha sido empezar una y otra vez, qué importa, el cielo es siempre la meta de los sueños que se alcanzan con cada caminata, al perseguir la felicidad de manera constante y sin ambages; cada escalada le forja los muslos, las piernas, la espalda, los pechos, los hombros, en cada sendero se va comiendo la mente la distancia de reconocerse poderosa.

Una hembra en guerra para esta Ensenada que planta la huella en la arena, eleva la vista hacia el Pacífico, desafiante, y recibe al sol con la mirada dulcificada en la experiencia de haber conquistado una nueva ruta sobre las serranías.

Ahí estaba Susana lanzando suspiros por aquel chiquillo de secundaria que le robaba el aliento y tal vez la hacía babear como otras secundarianas. Susana supo que era como un trinar de pájaros, fuerte para cada herida en los pies descalzos, y no iba a tolerar la soberbia de nadie. Menos de un chiquillo con aires de vanidad sobrevaluada.

- Dice Ramón que si quieres ir al parque con él. Supe que se te va a declarar sólo para demostrar a todos que te estás cagando por ser su novia.

Susana apretando la mandíbula lo supo; pero qué pendejo. Y paseó la vista por la plaza cívica del colegio: “¡Hey tú, Julián!”, llamó al chico que siempre quería acompañarla a su casa, y a quien mantenía a distancia.

“¿Sabes por qué no te dejo acompañarme a casa?” Julián no supo cómo se había vuelto la presa.

-¿Porque no te intereso? ?, contestó dudoso el chamaco.
- No, tonto. Porque no eres mi novio...? Susana hizo una pausa para cederle la palabra.
- Si quieres podemos serlo.
- Seamos novios entonces. Ahora tú ? le dijo a su amiga?, dile a aquel pendejo de Ramón que no se atreva a pedirme algo porque tengo novio.

Así comenzó Susana la relación de noviazgo con el chico que terminó por darle cuatro hijos. Para Susana los niños son el único amor, como caminar y caminar siempre por los senderos de Ensenada, el territorio municipal más grande de México, del mundo. En cada caminata siente cómo van cayendo de sus músculos aquellos problemas, las venganzas, rencores que se le cuelgan todos los días. A los 45 años no le quedaba duda. Caminar era pensar. Caminar era desestrezarse. Era espacio para el silencio propio, para concentrarse en sí misma. Donde todo lo demás no tenía cabida, ni una voz, ni un recuerdo, sólo ella y la mirada hacia adelante.

Las tristezas no hacen mella en Susana. Lo sabe. Lo descubrió poco a poco mientras iba creciendo su cuerpo y su cabeza iba llenándose de esas pequeñas, a veces trágicas experiencias. Julián que quiere estar siempre a su lado. Julián que quiere que deje de estudiar. Julián que quiere entrar a la misma escuela que ella. Julián que abandona la escuela y le pide a ella que abandone también, que cómo va a seguir estudiando si Julián puede hacerse cargo de su chica. Y aquella insistencia, y el sexo con los rebotes y roces de semen sobre las pieles, todo termina en un agotador espacio para los vómitos, las náuseas y enfrentarse ahora a sus padres, sola y sin Julián.

- Le diré a tus padres que nos casaremos. Me pondré a trabajar y todo arreglado. No te preocupes, cuidaré de ti.
Susana le miraba aquel rostro de ‘niñoquenosabepensar’; y se dejó conducir con los ojos bien abiertos, el vientre creciendo bajo sus manos, y la sonrisa quieta, detenida entre las comisuras de sus labios, esperando el momento de ternura que siempre llegaba bajo la regadera, en que ella a solas, podía hablar con el pequeño feto: “Estaré para ti”, prometió. Sus padres que no la aceptan, los suegros están dispuestos a recibirla sin problema, y deciden ayudarla con la niña que ahora es una pequeña boca de sonrisas, acuerdan que Susana continúe estudiando. Así Julián haya dicho que estudiando no se consigue nada en la frontera donde sólo hay que ser inteligente para ganar dólares.

Los días han quedado en esa casa de los suegros, meses y meses de soledad. Julián diciendo: “No puedo Susana, soy demasiado joven para amarrarme a una mujer y una hija”. Susana que se dobla en el dolor de sentirse tonta por descubrir que no hay vuelta atrás. “Haz lo que quieras, Julián”. Fue el golpe del macho sobre la mesa. Y la mujer ensenadense, y la mexicana, y la mujer en toda época y en todo tiempo, y todo sitio, mirando las estrellas para saber que los universos han crecido con ellas. La tierra sigue poblándose, y los gritos y los partos, los besos y los gemidos, los orgasmos quedan. Aquellos machos continuarán vagando en otros cuerpos, en otras heridas, en los silencios húmedos de cada pubis mientras la vitalidad está en aquellos senos que amamantan.

Susana camina por todos los terrenos y colinas de esta ciudad, entrena, se pone a punto para caminar por la península que le ofrece playa, atardeceres, cumbres, acantilados, nieve. Todo cae poco a poco en los ojos de Susana, y Susana sabe que en sus poco más de 40 años la vida ha sido buena; siempre ha sido buena, porque las desgracias apenas son las pocas o muchas experiencias que le han formado el carácter. A ratos trota un poco, y sabe que las cosas que no necesita seguirán cayendo en cada recorrido mientras ella siga caminando y construyéndose.

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