Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año VII Número LXXIV Diciembre 2018

 

Más que un amigo
Servando Clemens

Arturo va saliendo de la oficina, y en ese momento, recibe una llamada de Francisco, su mejor amigo.
— ¿Dónde estás, Arturo?
— ¿Qué pasa? ¿Por qué gritas de esa manera?
— ¡Necesito que vengas a mi casa!

Francisco baja el tono de su voz
—. Es urgente, hermano.
—Pero dime qué pasa. —

Hace una pausa para despedirse de sus compañeros—. Me estás asustando.
—Ocurrió algo grave aquí.

Arturo sale del edificio, apresurado.
—Espérame —dice Arturo, mientras baja las escalinatas—, ya voy para tu casa.

Arturo aborda un taxi para llegar más rápido. Su móvil vuelve a sonar.
— ¿Ya vienes llegando, hermano?
—Sí, voy entrando a tu colonia, mantén la calma.

El taxista deja a Arturo en la entrada de la casa de Francisco. Arturo toca la puerta y ésta se abre de inmediato.
— ¡Entra! —grita Francisco—. ¡Qué nadie te vea!
— ¿Estás borracho? ¿No fuiste a trabajar?
—Asómate al cuarto de Betty. —Francisco se muerde las uñas.
— ¿Le pasó algo al bebé? —pregunta Arturo. Su rostro muestra preocupación.
—Con un demonio… sólo entra al puto cuarto.

Arturo entra corriendo a la habitación, y después cae de rodillas al ver el cuerpo de Betty, inerte y bañado de sangre, encima de la cama.
—No entiendo… —alcanza a balbucear Arturo, al borde de las lágrimas.
—La malagradecida me engañó. —Francisco golpea la pared con los puños—. No pude evitarlo. La maté de un balazo en el pecho.

Arturo se acerca al cuerpo de Betty y palpa su vientre, aún tibio.
—Francisco… ella tenía ocho meses de embarazo, estaba a punto de…
—Discutimos esta mañana —interrumpe Francisco—. Ella me dijo que yo no valía nada, que era el peor hombre del mundo, y que me engañaba con alguien mil veces mejor que yo.
—Pero estaba embarazada. —Los ojos de Arturo se inyectan de sangre—. No entiendo… esto no puede estar pasando.
—Ella me aseguró que se iba a ir con otro tipo... la perra se lo merecía.

Francisco cubre el cuerpo de su esposa con una sábana.
—Necesito que me ayudes a deshacerme del cuerpo —suplica Francisco.

Arturo le da la espalda y se limpia las lágrimas con las mangas de la camisa.
—No te merecías el amor de Betty.
—Ayúdame, hermano… necesitamos enterrar el cuerpo y limpiar la casa... después diré que se fue con otro sujeto.
— ¿Y la pistola?
— ¿Qué dices?
—Necesitamos esconder el arma… piensa.

Francisco saca la pistola de un cajón y se la da a Arturo.
—Ayúdame a envolver el cuerpo con las cobijas.
— ¿Ella no te dijo de quién era el bebé?
— ¿Qué te pasa, hermano? ¿Por qué me ves así?
—Eres un demente.
— ¡No! —grita Francisco.

Arturo descarga la pistola en el tórax de Francisco.
—Era mío —murmura Arturo—. Ese niño era mío. La semana entrante te lo diríamos, aunque sabíamos que no lo entenderías, porque eres un desquiciado.

Arturo se arrima a la cama, quita la sábana y se recuesta junto a Betty.
—Nosotros nos amábamos desde la primaria —masculla Arturo.

Su mirada se pierde en el techo
—Pero las cosas no se dieron en su momento… no sé por qué.

Francisco tuvo suerte… me fui a trabajar a otro país y…

Las sirenas de las patrullas empiezan a sonar. Alguien aporrea la puerta.
—Esto es una pesadilla —murmura Arturo—, al despertar todo será como antes.

Arturo se pone la pistola en el paladar, se dispara y dos hilos gruesos de sangre comienzan a correr por la comisura de sus labios.
Un par de policías entran a la habitación, apuntando con sus armas.
— ¡Dios santo! —exclama un policía.

Betty lanza un suspiro casi ahogado. Luego farfulla:
—Ayuda… por favor.

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